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David Ferrer

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David Ferrer


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12/01/2022

Frente a los catastrofistas de uno y otro signo, los negacionistas de una y otra cosa o los predicadores de cualquier tertulia, tarima o parroquia, lo cierto es que el mundo marcha y 2022 promete ser un año mejor. Cualquier año hacia delante siempre reluce. El año viejo es un contenedor de frases vacías y promesas incumplidas pero la vida te proporciona siempre un nuevo transporte y una selección de papeleras y contenedores donde depositar lo que nos va sobrando, que no es poco. Los nuevos filósofos nos amonestan de continuo y nos invitan a prescindir de las cosas, que es precisamente a lo que más apego tiene uno. Si el poeta Rafael Morales viviera ahora, seguro que tendría que precisar algo más su célebre soneto acerca del cubo de la basura, en cuyo desarrollo, si los endecasílabos se lo permitieran, debería indicar de forma clara si se trata de un recipiente de color azul, amarillo o verde.
Igual que los cementerios son espacios paralelos y equiparables a la ciudad de los vivos, con sus zonas ricas, pobres, sus nichos y sus mausoleos decadentes, conviene de vez en cuando hacer turismo de contenedor y observar lo que va depositándose en sus alrededores. Las cajas de gambas y langostinos congelados se han mezclado en este inicio de 2022 con los enormes empaquetados de purificadores de aire que, por lo que parece, no han cumplido mucho su función. Así que hemos despedido el año con los guirlaches inmasticables del alcalde de Madrid, las bobadas nacionales rancias del portavoz de vox o los polvorones insípidos del ministro de consumo. En sus respectivas casas o despachos parece que no se ha purificado mucho el aire, así que quizá deberían comprar un modelo nuevo. Pasada la época de los juguetes sexuales, las cajitas de test de antígenos han venido a satisfacer la curiosidad y el entusiasmo de las redes sociales como si de un nuevo test de embarazo se tratara. Y la prueba de que el mundo va mejor radica en que esas mismas redes han compartido con divertimento cada positivo, mientras que en el año anterior, un velo ominoso, de luto o de silencio culpable, cubría y ocultaba con peligrosidad y nocturnidad cada contagio.
Los contenedores nos han mostrado con generosidad los desperdicios, rebosantes de cajas, lazos, papeles brillantes y adornos, porque la predicción del desabastecimiento finalmente nunca se cumplió. Tampoco los apagones, así que en la era de la domótica y el control de la casa desde el smartphone, volvieron al trastero o al punto de reciclaje los infiernillos, las mantas, las cajas de linternas y los termos. Quizá esos políticos, de uno y de otro extremo que añoran esos viejos particulares paraísos que nunca existieron, deberían reciclarse o almacenarse en el trastero, al igual que las obsoletas figuras de los museos de cera.
Y lo mismo con la inocentada de Mañueco, que tal vez sea eso, una figura de cera. No sé por qué al hablar de basura y de contenedores me ha venido a la cabeza lo del voto y la urna y me he acordado de que hay elecciones en breve. Menuda broma infinita, qué desperdicio.