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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Inflando el globito

10/06/2022

Cuentan las viejas crónicas de la República de Weimar que, tras la Gran Guerra, la inflación llegó a tales niveles que un día un trabajador, al cobrar su sueldo semanal en su maleta —sí, la cantidad de billetes necesarios requería una— se la dejó olvidada, y al volver descubrió que se la habían robado. La maleta, claro, los billetes los dejaron, total, ¿para qué? El dinero perdió todo valor, una barra de pan costaba cientos de miles de millones de marcos, los precios se actualizaban casi cada hora.
La inflación nació al mismo tiempo que se inventó el dinero. El concepto de «pagar» por algo creó a su vez un nuevo bien, el dinero mismo, que empezó a tener su propio valor, abundancia o escasez. Tener 50 euros solo significa tener lo que con ellos podamos comprar ahora; no tenemos esos euros, tenemos la confianza de la gente en cambiar bienes tangibles por algo ficticio llamado así con lo que a su vez esperan conseguir otros. No tienen siquiera respaldo, ha desaparecido de ellos el famoso: «El Banco de España pagará al portador 1 000 pesetas», herencia de los tiempos en los que la peseta todavía guardaba cierta conexión con montones de oro o plata guardados en los sótanos de la entidad. La inflación es consustancial al crecimiento, pero en ciertos casos puede volverse enfermedad silenciosa de la economía, como dicen de la diabetes. Pocas cosas hay inmutables con el paso del tiempo, solo se me ocurren Nadal en Roland Garros o Jordi Hurtado.
A iguales bienes, cuanto más dinero hay, menos vale; hacen falta más billetes para comprar lo mismo. Y por otro lado, cuantos menos bienes haya, más sube su precio. En estos días estamos asistiendo a la tormenta perfecta, mezclados el riego de dinero que los bancos centrales hicieron para reactivar la economía tras el parón del Covid —parte del manguerazo son los Next Generation, que van a conseguir cosas tan chulas para el posicionamiento estratégico de nuestra ciudad como las escaleras mecánicas— con la guerra de Ucrania, el freno de China y la carestía de materias primas. La gente se lanza loca a comprar pisos, trigo o rollos de papel higiénico, al precio que sea, por si se acaban o por si mañana valen más que hoy. Y en ese comprar compulsivo echan gasolina —con veinte céntimos de descuento— a la hoguera del problema, exigiendo luego incrementos salariales para apagarla que no son sino más leña. Hay dinero para todo, menos para pagar a camareros o contratar médicos de atención primaria. Ni para los que carecen de ahorros o acceso al crédito, los grupos más pobres, que son a los que más afecta la enfermedad inflacionaria.
Habrá que hilar muy fino para encontrar una medicina que combine cierta paz social —es llenar más las maletas de billetes desde el sector público— con aquello para lo que muy pocos políticos están preparados: el recorte en el gasto, la presión fiscal y la contención salarial, sinónimo de pérdida de poder adquisitivo. Hacerlo, y convencer a la gente de que hay que hacerlo, es algo difícil en tiempos de paz —la guerra es en Ucrania, no aquí— y ya ni les cuento en época de elecciones, que hay unas cuantas hasta finales del 2023. Agárrense, antes de lograr explotar el globo vienen curvas, y muchas.