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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Cordones y líneas

06/05/2022

Cada vez que alguien dice «cordón sanitario» muere un gatito. Un tierno e inocente felino pasa a mejor vida, víctima de nuestra afición por la exageración, por el absoluto antes que por la gradación de grises. Vivimos una época en la que cada partido moderado de nuestro espectro se ve obligado a alcanzar acuerdos con extremistas –lo califican de sentido de estado– mientras al mismo tiempo acusan esquizofrénicamente al otro de traspasar líneas rojas, otro gatito se nos va.
La democracia –el peor de los sistemas políticos salvo todos los demás que hemos intentado, decía Churchill– conlleva entre sus servidumbres acoger a una plétora de ideas y actitudes variopintas y radicales, interesadas incluso en acabar con acuerdos o derechos existentes y chocando con lo que otros grupos sociales consideran como moralmente aceptable. Es el precio a pagar a cambio de poder dar voz y representación a todos. Y también, por qué no, es la forma en que el propio sistema se regenera: los extremismos aportan sal y pimienta a las estructuras caducas, haciendo que todo vuelva a empezar para seguir siendo igual, moderándose a su vez en el proceso.
Si perseguir o silenciar por la fuerza una visión política es malo –cuarenta años de franquismo nos lo enseñaron– peor es su demonización, ese «meapilismo» de inmutables ideas y conceptos, de beatos escandalizados ante los que no comulgan con su credo. Tal rechazo lo suelen lideran aquellos a los que les da igual cualquier consideración moral, capaces de pactar con Satanás si es necesario y que reclaman cordones y líneas, más gatitos la diñan, para soliviantar a sus hordas de hemipléjicos–orteguianamente entendido– seguidores.
Grabar marca de Caín o estrella de David en frente ajena, tachando a actores del sistema electoral de antidemocráticos, es cruel paradoja. Lo democrático es defender el derecho a la expresión incluso de aquellos a los que no querríamos oír. La ley de partidos políticos, así como nuestros tribunales, son los que dictan quién está autorizado o no a concurrir a los comicios, los que marcan los límites y defensas del sistema, y no las creencias de los que beben del cáliz de la verdad o presumen de pureza de sangre. Tristes los que ponen a su Dios o a su ideario como testigos, Escarlatas O'Haras, de que no volverán a pactar con unos u otros, para luego, a lo Rhett Butler, cuando los suyos lo hacen, justificarlo con un: «Francamente, querida, me importa un bledo».
Soy consciente de que por escribir esto me caerá el sambenito del blanqueo, por no mencionar el insoportable estigma que implica parecer equidistante. Si no estás conmigo estás contra la Verdad y la Fe, dicen los repartidores de carnés democráticos que con lamentable falta de talante habitan derecha e izquierda. Yo no busco reivindicar o apoyar idea alguna, ni mucho menos encalarla o justificarla gracias a otras. Solo quiero superar la dialéctica de los clichés, los cordones y las líneas y entrar en la de los datos y argumentos, sin amanerados aspavientos. Háganme caso: cuando el cuerpo les pida ponerse estupendos expulsando a gente del sistema, cuenten hasta diez, respiren y váyanse a dar un paseo. Los gatitos que salvarán la vida se lo agradecerán.