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Personajes con historia - Imilce

Princesa íbera y esposa de Aníbal


Antonio Pérez Henares - 29/11/2021

Si hay un tiempo desconocido de nuestra Historia es el previo al establecimiento de los romanos en el territorio. Lo que afecta a las tribus y etnias que entonces poblaban la Península queda envuelto en un velo de leyendas tanto en el centro y en el sur iberos como en el brumoso norte céltico. Tengo para mí que, y especialmente en el caso íbero, ese velo está a punto de rasgarse y que va a surgir antes nuestros ojos, de hecho ya lo está haciendo, una impactante civilización, una cultura, unos territorios y unos personajes que van a apasionarnos. Y no es para menos pues los que de vez en cuando emergen y restallan con increíble brillo, resultan ya fascinantes. 

No eran tan solo unos simples y silvestres comedores de bellotas, aunque las aprovecharan, ni errantes nómadas que dejaban tan solo la efímera huella de sus tiendas. No. La geografía de un extensísimo territorio, particularmente la actual Andalucía y el centro peninsular hasta el Duero, está plagada de la huella de sus poblaciones, de sus asentamientos, de sus templos y palacios, que los había, de sus ritos y de sus combates. Todo ello está allí, y está aflorando como perspicazmente han comprendido autores como Juan Eslava Galán, padre de la actual novela española y, además, jienense, provincia donde esa huella es continua e impactante, o el también escritor y divulgador Manuel Pimentel. 

Un día no muy lejano, que me encantaría poder ver, el mundo íbero emergerá en todo lo que fue y significa, más allá y más acá del mítico Tartesos y Argantonio, de la Dama de Elche o del misterioso y funerario Cerrillo Blanco sus misterios se convertirán en parte esencial de nuestro acerbo y nuestro común pasado. Quizás incluso hasta se descubra esa llave para descifrar su Historia, esa piedra Rosseta que aún permanece oculta.

Princesa íbera y esposa de AníbalPrincesa íbera y esposa de Aníbal Algunos lugares y algunos nombres están ahí, tan solo a la espera de que alguien decida mirarlos y descubrir su impronta, su belleza y su misterio. Por poner uno, ante el que reconozco haber caído subyugado, les hablaré de Imilce, la princesa oretana, que fue la esposa del gran Aníbal Barca y de su ciudad natal, Cástulo.

Cástulo es el impactante escenario donde están las claves del paso de aquellas gentes y cultura, los iberos oretanos, por Fenicia y por Cartago, hasta su romanización y entrada en la civilización latina. Imilce, la princesa, es más hermosa su imagen.

La ciudad se encontraba situada a cinco kilómetros del actual Linares, en las estribaciones de Sierra Morena, emplazada en las terrazas de la derecha del río Guadalimar y en las primeras estribaciones de Sierra Morena. Era el paso entre la cuenca del Alto Guadalquivir y la meseta y la capital de las tribus oretanas dueñas de aquel territorio. La riqueza minera de Cástulo, abundante en cobre, plomo y plata, acuñaba su propia moneda, fue reclamo para los mercaderes fenicios y tras ellos llegaron sus primos más guerreros, los cartagineses. 

Princesa íbera y esposa de AníbalPrincesa íbera y esposa de AníbalTras haber sido derrotados en la I Guerra Púnica por los romanos, que les llevó a perder Sicilia, Córcega y Cerdeña, buscaron en Hispania su área de expansión y de revancha. Amílcar inició la conquista (237 a. de C.) , pero fue su yerno Asdrúbal el Bello, fundador de Kart-Hadast, que no hay que confundir con el segundo de sus hijos, quien a su muerte en combate precisamente con los oretanos en las cercanías de Elche (228 a. C.) supo conjugar presión militar con ofrecimiento de alianzas consiguiendo avanzar por todo el territorio íbero hasta llegar al Ebro. 

Asdrúbal el Bello sufrió parecida suerte que su suegro, pereciendo asesinado por un sirviente del rey celtíbero de los olcades, Tagus, a quien los cartagineses crucificaron por ello. Fue entonces cuando el hijo mayor de Amílcar, Aníbal, tomó definitivamente el mando de todas las tropas púnicas en Hispania. Las tribus que habían pactado con Asdrúbal temieron un vuelco en las relaciones pues el joven general ya se había ganado merecida fama en la batalla y sus hombres de dureza extrema. 

Pero Aníbal también demostró dotes diplomáticas y siguiendo la línea trazada por su padre y por su tío, que se habían casado con princesas nativas, también él ofreció un pacto similar. Cástulo iba a ser la piedra de restablecimiento de los acuerdos y su extensión a todas las tribus íberas. Imilce, la hija del Mucro, la elegida y el símbolo de la alianza. 

Princesa íbera y esposa de AníbalPrincesa íbera y esposa de Aníbal - Foto: OS12002 #59311El desposamiento con Aníbal

De ella se conserva leyenda de gran belleza y de la entrega de su virginidad al poderoso cartaginés hace alarde ella misma. Según el relato legendario Aníbal la vio en una fiesta en el santuario de Auringis, en el actual Jaén, donde ella se encontraba más o menos recluida o al servicio de la diosa, y se prendó de ella. Según otro más prosaico fue allí, en el santuario donde le fue comunicada la decisión de su padre y a la que se plegó sin rechistar. En la primavera del año 221 a. C. se desplazó, escoltada por los suyos y rodeada de hermosas doncellas hasta el templo de la diosa Tanit, en Qart Hadasht, la actual Cartagena, donde se celebraron los esponsales. Se aposentó en la capital cartaginesa de Hispania junto a su marido y allí le daría un hijo, al que se impuso el nombre de Aspar. 

Aníbal Barca preparaba ya la guerra con Roma y su primer acto belicoso contra ellos no pudo ser más determinante. Atacó, cercó y tomo la colonia romana de Sagunto dando comienzo a las hostilidades (219 a. de C.) En el cerco Imilce acompañó a su esposo. O al menos eso quiere contar la leyenda de que hubo gran amor entre ambos y no un mero acuerdo político. Según esta, el hijo había sido concebido en Saiti (Játiva) en el castillo que aún hoy conserva un balcón al que se llama el Mirador de Imilce, durante el asedio de Sagunto. 

Lo que sí parece cierto es que ella pugnó por acompañarle cuando el líder púnico decidió atacar a Roma en su propio territorio y emprendió el camino hacia Italia, atravesando la Península Ibérica, los Pirineos y los Alpes. Aníbal se negó rotundamente.

El poeta Silio Itálico en su Púnica (Libro III), que había recreado su boda, lo hace también del momento en que Imilce acepta resignada su decisión no sin antes reprochársela : 

«¿A mí me impides acompañarte, olvidando que mi vida depende de la tuya? ¿En tan poco estimas el matrimonio y la cesión de mi virginidad como para impedirme cruzar contigo las montañas? ¡Confía en la hombría femenina! No hay fuerza que supere al amor conyugal. Pero si solo soy juzgada por mi sexo y has resuelto despedirme, me avengo y no interpongo demora al destino. Que la divinidad te asista, hago votos. Marcha con buen pie, marcha con el favor de los dioses y conforme a tus deseos. Y en la batalla, en el sangriento combate, acuérdate de mantener vivo el recuerdo de tu esposa y tu hijo».

La guerra con Roma

No volverían a verse. Según un relato Imilce y su hijo fueron enviados, para su seguridad, a Cartago. Aníbal fue con ella y su hijo hasta el templo de Melkar en Gadir para pedir su favor en la guerra a la que se lanzaba . Tras ello, madre e hijo embarcaron desde allí hacia Cartago mientras su padre volvía a Cartagena y desde allí se ponían en marcha contra Roma. Según otra versión, que bien puede deberse a la confusión entre los dos nombres el del Cartago africano y la Qart Hadast hispana, Imilce se quedó en Cartagena al cuidado de la familia de los Barca.

El primer relato señala que la buena intención de Aníbal no hizo sino ponerla a ella y a su vástago en el peor de los peligros, pues allí se encontraron con las asechanzas de los enemigos de Aníbal, que eran muy poderosos. No solo le negaron siempre los refuerzos sino que hasta intentaron acabar con la vida de su hijo. Según Itálico, la maniobra partió de Hannón, su despiadado enemigo, quien propuso al Senado que nada mejor para implorar el favor de los dioses en aquella guerra contra los romanos, que ofrecerle en sacrificio al más poderoso, Baal Hammon, hijo de Aníbal. 

Imilce imploró a los sufetes que no lo aprobaran y envió un raudo mensajero a su marido contándole en que peligro se encontraba su retoño. Aníbal consiguió detener la conspiración ofreciendo a cambio al Senado la inmolación al dios Baal de 1000 prisioneros .

En cualquier caso ambos relatos terminan tristemente. Los dos, el de su estancia en Cartagena y el de Cartago, concluyen en que madre e hijo murieron a consecuencia de una peste que se declaró en la ciudad. En el año 212 a. de C. madre e hijo, mientras su padre seguía en Italia, fallecieron. 

En Cástulo se erigió una estatua en honor de Imilce, que se mantendría ya con la dominación romana y que supuestamente ha llegado a nuestro días. Sería la que ahora, tras su traslado de las ruinas de la ciudad oretana en el siglo XVI, preside la fuente de los Leones de la Plaza del Popolo de la ciudad de Baeza.

La alianza de los iberos con los cartagineses iba a comenzar al poco a resquebrajarse aunque aún se mantuvo algunos años y las cercanías de Cástulo serían el escenario de una de las postreras victorias de los Barca. El hermano pequeño de Aníbal, Magón, junto con las tropas de otro general cartaginés, Asdrúbal Giscón y las del íbero Indíbil derrotarían y darían muerte allí al cónsul Publio Cornelio Escipión en el año 210 a. de C. 

Otro Escipión, El Africano, llegaría al poco, tomaría Cartagena y tanto Cástulo como las tribus oretanas, pasarían de aliados de Cartago a serlo de Roma bajo cuyo influjo la ciudad prosperaría. Imilce, eso sí, quedó para siempre en su leyenda y su recuerdo.