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Crónica de lo inexplicable

Diego Izco (SPC)
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La remontada del Madrid ante el PSG en el Bernabéu se escapa de la lógica, aunque en el feudo blanco la magia siempre es posible

El entrenador merengue, Carlo Ancelotti, se abraza a la estrella del encuentro, Karim Benzema. - Foto: Kiko Huesca (EFE)

Por mucho que pasen los años y las generaciones, y por mucho que se repitan en el tiempo, las cosas inexplicables seguirán sucediendo de forma 'completamente normal' en Chamartín. Puede que cuando dicen «la magia del Bernabéu» sea solo eso, magia, y no se pueda justificar desde el fútbol, su explicación táctica, sus entrañas más previsibles, su lógica. 
Dos días después, la ira de los seguidores del PSG les lleva a seguir atizando fantasmas. No encuentran una explicación razonable a lo sucedido en la enésima noche mágica en el feudo blanco, y un repaso al partido en particular, a la eliminatoria en general, arroja otro 'expediente': cuando el Real Madrid juega por la Copa de Europa lo irreal sucede. 

 

Los tres goles

Si el PSG tiene a Mbappé, Neymar, Messi o Di María y dispara 34 veces en 180 minutos, el sentido común dice que ganará a cualquier equipo que únicamente tire 24 (siete a puerta frente a las 14 de los franceses). Pero 'lo inexplicable' queda definido en los tres goles de Benzema. Lo que hace Donnarumma en el primero es lo mismo que hicieron Karius o Ulreich, aquel portero del Bayern que entregó un saque de puerta con la mano al propio Benzema: cometen la pifia del año en el peor momento posible ante el peor rival posible. Lo del tercero es similar, pues ¿qué hace Marquinhos, un central con tantos años de experiencia en la élite, despejando un balón hacia el centro del área, donde llega el delantero rival? La 'magia', no obstante, queda explicada en el 2-1: el pase de Modric pasa entre las piernas de Kimpembe, Benzema está justo en línea con Achraf (al PSG le anularon dos goles por fuera de juego), y su disparo pasa entre las piernas de Marquinhos. 

 

¿Ancelotti?

El Santiago Bernabéu, después de 135 minutos de clara inferioridad y más que justo 0-1 en el marcador, estaba a punto de pitar al equipo. Carlo Ancelotti había repetido el mismo dibujo táctico que encajó una soberana paliza en París… y al que el PSG bailó por momentos en el coliseo merengue. Un 4-3-3 que mantuvo con la salida de Rodrygo por Asensio y Camavinga por Kroos. Hombre por hombre… pero salió cara: al entrenador italiano le salvó eso 'inexplicable' cuando todo apuntaba a fiasco, porque exactamente un minuto antes del 1-1, el PSG había jugado un rondo muy cómodo de casi dos minutos en campo del Real Madrid.  

 

Un chispazo

El bloque merengue es especial porque siempre piensa que lo puede lograr. Incluso lo más absurdo. Necesita agarrarse a 'algo' para que el Bernabéu entre en ebullición y los jugadores intuyan que es posible. El verso («Lo hice porque nadie me dijo que era imposible») hecho fútbol: el error de Donnarumma fue el chispazo del desfibrilador que necesitaba el equipo para conectarse al partido. No se puede decir que estaba muerto, porque el Madrid en Europa es como un oso que hiberna y ataca sin piedad cuando huele sangre, pero sin el absurdo del 1-1 nadie, ni siquiera Benzema, hubiese creído. 

 

Craso error

Sabiendo todo esto, ¿por qué Pochettino cometió el grave error de continuar con sus tres no-defensores (Mbappé, Messi y Neymar) en el campo? Fue un fallo de medición o de orgullo («ganaré aquí como nadie ha ganado»). Estuvo cerca, pero cuando el duelo se encabritó, los tres desaparecieron durante media hora. Nadie ha ganado una Champions sin sufrir. Nadie ha ganado en el Bernabéu sin sufrir. Y el PSG se diluyó como un equipo sin alma dando la razón a quienes piensan que la grandeza no se compra (pagaron 400 millones por Neymar o Mbappé, ficharon a Messi o Ramos para inyectarse 'espíritu Champions'…) sino que se adquiere con el paso de los años. Incluso en noches inexplicables, como la del miércoles pasado.