La mirada escrita

M. Rafael Sánchez


Sala de espera

28/09/2020

Tierra de nadie son las salas de espera, esos lugares de paso habitados por las sombras de los que llegan, varan y luego marchan. Salas de espera hay en diferentes lugares, por ejemplo estaciones y aeropuertos. Estar allí puede ir acompañado de una gran emoción, que a veces es de euforia y otras de tristeza, pues son espacios de reencuentro o despedida. También salas así hay en oficinas y consultas médicas. Y ahí ya casi nadie tiene deseos de estar y el nerviosismo nos puede acompañar y podemos ser presa del desasosiego. Pero todos tememos tener que estar en las salas de espera de un hospital, sobre todo en las de urgencias.
Son frías las salas de espera. Es baja la temperatura del aire y la de los cuerpos allí varados. No da calor la ansiedad y la desazón. Todo el mobiliario presente se reduce a sillas o bancos de plástico –pocas veces tienen un cómodo acolchado- y alguna impersonal mesa. Entiendo que la higiene y durabilidad mandan en primer término, pues no son las salas de espera sitios para el reposo sino para el zozobra.
Miles de historias se escriben cada día en las salas de espera. En el silencio de los que allí están pasan recuerdos, emociones y anhelos como no se dan en otros lugares. Esas noches en vela que se hacen interminables dan para muchas palabras calladas y muchas imágenes que creíamos olvidadas. Y hay tiempo para el arrepentimiento y para la expiación. Y para crear nuevas promesas y nuevos proyectos ¡Porqué el tiempo con angustia pasa siempre tan terriblemente lento!
¿De cuántas lágrimas mudas derramadas, de cuántos sollozos ahogados han sido testigos las salas de espera? ¿Cuántas despedidas para siempre, cuántas respuestas están allí también en espera? No es fácil esperar cuando todo se trastoca y no está en nuestras manos el porvenir. Hay un dicho que expresa que Dejarás de sufrir cuando dejes de esperar. Salir de de la sala de espera es terminar el desasosiego y empezar el dolor o la alegría. Al menos, ya sabemos a qué atenernos.
Durante la pandemia han estado casi vacías y, deshabitadas, han aumentado su frialdad melancólica y trágica. Han sido la imagen de la soledad de los enfermos, que no han podido tener cerca a sus seres queridos en momentos tan duros. Una de las señales de que la normalidad, aunque sea nueva y diferente, vuelve a nuestras vidas será volver a ver habitadas tantas salas de espera.