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David Ferrer

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David Ferrer


La gran belleza

29/06/2022

Coincidí la semana pasada con Paolo Sorrentino en el concierto de Antonello Venditti del estadio Olímpico de Roma. Venditti, un cantante intergeneracional, de una emotividad apabullante, protagonizó hace unos años un divertido cameo en La gran belleza, la famosa película de Sorrentino. Era lógico que coincidieran en tal evento.  A mí también me gustaría que este director, de mirada perdida y aspecto huidizo y bohemio, me sacara unos segundos haciendo cualquier cosa. Qué sé yo, un paseo diletante por la ciudad eterna o aparecer tres segundos jugando a las cartas en un oculto palacio con una marquesa decrépita. El caso, y quedémonos en lo cierto, que por unos minutos estuve en Roma cerca de Sorrentino. Y ahí quedó todo. Lo cual da para un artículo y para poco más. 
Desmesurada y excesiva, no comprendí muy bien La gran belleza en la época de su estreno y de su Oscar. Después, creo que la habré visto doce o quince veces, y uno tiene la tentación de apropiarse en cada visita a Roma de los gestos y la displicencia de su protagonista, el vago escritor Jep Gambardella. Con sus manías y críticas, a derecha e izquierda, Sorrentino nos ofrece un canto al secretismo y a una ingenua manera de ver la vida, y su belleza, que no es la activa que nos proponen las tendencias actuales y las redes sociales sino simplemente la pasividad de contemplar y pasear sin hacer nada, sin que quede nada escrito. Ahora que lo pienso publiqué mi último libro hace diez años y no me siento conmovido ni apenado por ello. A cambio, he vivido y visto muchas cosas bellas, he descubierto secretos sin necesidad de navegar por cien mares. Ese ver pasar con displicencia quizá sea uno de los insondables secretos de la vida.
La belleza está siempre escondida. Ya sea en Roma, París, Calasparra, Albacete o Ávila. Por eso la Roma de Sorrentino no se aprecia en la Roma real, alcaldesa mediante, que naufraga entre botellas de plástico, bolsas de basura, rapiña de las gaviotas, mantas de mendigos, rastrojos y esos sempiternos agujeros, baches y huecos que adornan todas las calles y paredes. Algo menos en Ávila, pero todo siempre puede empeorar. Como el personaje de la película, la belleza hay que saber buscarla, leerla. Un reciente libro de Siruela, Roma desordenada, escrito por el diplomático Juan Claudio de Ramón, sería un buen ejemplo de ello. La vida no es hacer sino, en primera instancia, leer ver y pensar. De vez en cuando escribir. Y de tanto en tanto actuar. En los centros de enseñanza españoles se enseña hoy en día a hacer todo el día cosas, en una competición sin fin: juegos, concursillos, autoevaluaciones, competencias emocionales y digitales, bodrios inagotables. Apenas queda tiempo para ver, pensar, leer y sentir. La belleza siempre es un secreto, que ha de hallarse tras infinidad de tardes de aburrimiento, de lecturas, de paseos y de conversaciones inocuas. ¿Quién enseñará eso a estas generaciones nuevas, que se hunden sometidas a esa esclavitud y a ese tráfago del hacer, correr, del no parar?