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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


A toro pasado

24/06/2022

La anécdota la recoge Chaves Nogales —uno de los más desconocidos y excelsos escritores españoles— en esa joya literaria que es su biografía de Juan Belmonte. Siendo el trianero un torerillo buscando hacerse notar en tentaderos, le tocó lidiar una vaca en uno en el que estaba invitado aquel con el que más tarde conformaría la Edad de Oro de la tauromaquia, Joselito el Gallo. Fiel a sus principios sobre cómo y dónde enfrentarse a los toros, se perfiló entre los cuernos, pisando terrenos del animal, a lo que el Gallo le espetó: «¡Ahí no te pongas, que te va a coger!». Efectivamente, al segundo lance la becerra se lo llevó por delante. Pero tras ello, Belmonte se levantó y cuajó una docena de muletazos, llevando a la res dominada y por donde quiso. Al acabar, se volvió hacia el burladero en el que estaba Joselito y le dijo: «Que me iba a coger ya lo sabía yo. La gracia era torearla por ahí».
El Pasmo de Triana revolucionó el toreo al entender la lidia por derecho, no arrimándose una vez que los morlacos dejan atrás el engaño. Lo difícil en la vida es encarar los problemas, no adornarse cuando se han resuelto solos o su hedor de cadáveres insepultos es tapado y olvidado por los siguientes. A toro pasado todos sabemos torear. Los «capitanes aposteriori» hicieron fortuna tras la pandemia, explicando con todo lujo de detalles en qué se había fallado. No es algo nuevo, desde que el mundo es mundo existen expertos en el pasado que rehúyen explicar el presente —no digo ya el futuro— y esa raza sigue entre nosotros: los que explican por qué Casado acabó como acabó, aquellos que disertan sobre las causas de los incendios de la Sierra de la Culebra o la Paramera, los que ya vieron venir la invasión de Ucrania, la ausencia de resultados del Barça de Xavi o la apisonadora de Moreno Bonilla en Andalucía.
Hay políticos —pocos, pero alguno queda— que se enfrentan a los toros del día a día sin pensar en los contratos y corridas firmados a futuro, que se vacían en cada muletazo intentando conducir los asuntos por donde su recto juicio piensa. No implica que les salga una tarde redonda o eviten una pitada monumental; muchas veces, las más, ese toreo «in situ» de los problemas obliga a faenas de aliño, enganchadas, poco vistosas, sobre todo cuando el bicho no colabora. Otros, en cambio, se dedican a pasarse los asuntos lo más lejos de la taleguilla, estirando la mano al máximo y montando con la espada el pico en la muleta, para, una vez atrás el peligro, engallarse, sacar pecho, abrir las piernas en tijera y rematar el ya inútil pase con un pinturero gesto, la barbilla clavada al pecho. No se dan cuenta de que mienten; al toro, al público, a sí mismos. Y que al menos el toro y el público desarrollan sentido.
De los problemas hay que aprender, lograr que el revolcón de hoy sirva para saber doblegarlos en el próximo lance. Incluso si al final hay uno que nos sale «Bailaor» en tarde talaverana. Porque si se elige, por pasión, por vocación, por ambición, resolver problemas, ese será el riesgo a correr. Ya se lo decía Valle Inclán a Belmonte: «Juanito, solo te falta morir en la plaza», a lo que este respondía: «Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda».