scorecardresearch

Personajes con historia - Gonzalo Fernández de Córdoba (I)

El Gran Capitán, artífice de la imbatible infantería española


Antonio Pérez Henares - 27/12/2021

Y  a resulta muy significativo que un personaje sea más conocido por su apodo, el Gran Capitán, que por su nombre, aunque este sea de lo más rimbombante y una de las más ilustres familias aristocráticas, desde la Edad Media y el Renacimiento hasta nuestros propios días, los Fernández de Córdoba.

Eran castellanos de origen pero asentados en Andalucía tras acompañar al Rey Fernando III en la reconquista de casi todo el Al-Ándalus, con la excepción de Granada. En ello estaría luego este vástago, Gonzalo, segundón de una rama de la familia, los señores de Aguilar, duramente enfrentada a la de sus primos los condes de Cabra, que a la muerte de su padre don Pedro tenía como cabeza a su hermano mayor Alfonso.

Quizás también esta condición, la de segundón, cuando el mayorazgo suponía casi el todo en herencias y títulos lo que le llevó a escalar por méritos propios la cima más alta y el mayor prestigio militar de aquel tiempo y para el futuro. Un prestigio que no solo se debe al hecho de haber demostrado ser un extraordinario y valeroso soldado sino, y, esto es lo concluyente, su capacidad organizativa, su innovación de tácticas y estrategias y, en suma, inventar una nueva forma de hacer y vencer en la guerra, convirtiendo a la infantería en la fuerza decisiva, tras siglos de haberlo sido la caballería a quien se le suponía ese papel preponderante. 

El Gran Capitán, artífice de la imbatible infantería españolaEl Gran Capitán, artífice de la imbatible infantería española Pero no fue solo aquello lo que le hizo ser recordado hasta el día de hoy sino porque también dotó a aquel renovado Ejército de un código de honor, basado en el estoicismo, la austeridad, el amor patrio y, no se olvide tampoco, el fervor religioso, pues cada tiempo ha tenido su escala de valores y en aquel, este último era medida de casi todas las cosas 

Gonzalo Fernández de Córdoba transformó a la infantería española en la máquina de guerra más poderosa, determinante y eficaz que dominaría los campos de batalla de toda Europa y hasta los mares, al embarcarla en las naves, otro gran invento militar español, la infantería de marina, durante muchas décadas y hasta siglos.

Su aprendizaje en el arte de la guerra comenzó muy pronto tras una primera estancia en la corte de los Trastámaras, a los 12 años, como paje del Príncipe Alfonso, hermano de Isabel la Católica, fallecido cuando iba a ascender al trono. Se adiestró, como correspondía a su linaje, en el manejo de las armas, pero también comenzó a empaparse de los vientos renacentistas que comenzaban a llegar. Ferviente partidario de Isabel, a cuyo séquito se incorporó, fidelidad que mantuvo de por vida y fue bien correspondida por la Reina, tenía también estrechos vínculos familiares con el Rey Fernando. Su madre, doña Elvira, era prima hermana de la Reina Consorte de Aragón, doña Juana, madre del Rey católico y de su hermana, Juana también de nombre, luego Reina de Nápoles por su matrimonio con el monarca don Ferrante, tierra a la que Gonzalo acabaría arribando y donde labraría su fama.

Antes de ellos había vuelto, tras su estancia en la corte, a su Andalucía natal y allí casado por primera vez con su prima Isabel de Montemayor (1470) y premiado por el cabeza de su familia con su primera alcaldía, la de Santaella, lo que le valió el ser apresado por su primo el conde de Cabra, siempre en pugna con los de Aguilar, su hermano mayor y este se habían batido incluso en duelo- y encarcelado en el castillo de Cabra. Fue liberado de prisión por la mediación de los Reyes Isabel y Fernando, que además quisieron reclamarlo de nuevo a su corte y para su campañas militares.

Allí destacó muy pronto y la guerra contra Portugal, que defendía los derechos al trono castellano de la hija de Enrique IV, Juana la Beltraneja, y a él le permitió el comenzar a demostrar sus dotes guerreras la primera vez que participó en un combate, la batalla de Albuera (1479), como caballero de Santiago y tras la que fue elogiado por el Gran Maestre de la orden por su comportamiento.

Pero el crisol donde comenzaría a moldearse y fundirse su talla militar fue en la larga guerra de Granada (1482), desatada por los Reyes Católicos para acabar con el último reino musulmán en España.

Formó parte de los primeros contingentes que marcharon con el Rey Fernando y, muy cercano a su persona, no solo aprendió de la guerra sino también de la diplomacia como instrumento con el que dividir y mejor vencer al enemigo. Algo que se puso de manifiesto con la utilización de Boabdil, con quien Gonzalo trabó una fuerte amistad, tras tomarlo prisionero, para crear fuertes disensiones entre él, su padre y su tío, señores de Granada y de Málaga, respectivamente. 

El pequeño de los Fernández de Córdoba ya había descollado en el sitio de Huetor-Tajar, construyendo con las puertas de las casa una máquina de asedio con la que proteger a sus tropas, o en la toma de Illora, y Montefrío, donde fue el primero en escalar la muralla, pero sobre todo en Loja donde capturó al ya monarca nazarí, Boabdil, quien se entregó tras pedir piedad para sus moradores. Llevado por este ante el Rey Fernando, se arrojó a sus pies, y liberado más tarde y nombrado el Gran Capitán, alcalde de Illora, se encargó de fomentar sus enfrentamientos con su tío, el Zagal, señor de Málaga, que acabarían por la ocupación de todo este territorio por los cristianos.

Por entonces Gonzalo Fernández de Córdoba volvió a casarse, esta vez con María Manrique de Lara, que le dio dos hijas, una de las cuales, Elvira, al morir la primera, se convertiría en su única heredera y a la postre casaría con el nuevo conde de Cabra, enterrándose al fin la enconada pelea entre las dos familias.

La guerra granadina estuvo a punto de costarle la vida al futuro gran general en una pequeña escaramuza nocturna en la que le mataron el caballo y tan solo el sacrificio de un servidor que le entregó el suyo y pereció por salvarle, salvo la suya. La guerra llegaba ya a su inevitable final y fue entonces cuando utilizando su amistad con Boabdil fue el encargado por el Rey Fernando de negociar la rendición de este.

En Granada había aprendido mucho, en especial lo referente a las rápidas maniobras y la combinación con la potencia de fuego de las nuevas armas, y tuvo apenas tres años después la posibilidad de ponerlas en práctica al ser enviado a Italia para defender allí los intereses de la Corona de Aragón, pues los reyes napolitanos pertenecían a esa misma dinastía y el Rey católico no estaba dispuesto a dejarlos a merced del monarca francés.

La conquista de Nápoles

En el año 1495 partió para Italia con 6.000 soldados de a pie y 700 jinetes a su mando y con Galcerán de Requesens como segundo al mando, al frente de las galeras. Desembarcados en Sicilia y pasado Gonzalo al continente por Calabria las cosas no pintaban bien, pues los franceses habían derrotado a las tropas del rey napolitano en Seminara. Fernández de Córdoba, con veloces movimientos reequilibró la contienda, los venció en Atella y se combinó con Requesens que se presentó con su naves frente a Nápoles. El jefe francés, el duque de Monpensier decidió salir de las murallas con sus huestes para impedir el desembarco y lo que consiguió es que se sublevara la población dentro. Nápoles cayó en poder de los españoles.

El año siguiente, 1496, falleció el rey Ferrante de Nápoles y le sustituyo su tío, don Fadrique. Los franceses se habían hecho fuertes en Gaeta, Terento y Salerno y contraatacaron. De nuevo se puso en marcha la estrategia combinada de Fernández de Córdoba y Requesens, que bloqueó Gaeta, la verdadera llave de todo el reino, e impidió la llegada de tropas de socorro. Cercada la fortaleza, la peste vino en ayuda de los sitiadores, la mortandad francesa fue tremenda, incluido Montpensier y Gaeta se rindió. Para colmo de sus males, a los vencidos que tras la capitulación se les permitió embarcar hacia Francia les alcanzó una terrible tempestad que hundió sus naves.

La misión de Gonzalo Fernández de Córdoba estaba cumplida, aunque para ello se había saltado algunas ordenes reales, como la de no pasar de inmediato de Sicilia a Calabria, excusa francesa para el inicio de hostilidades, y asegurado el poder del Rey don Fadrique debía de regresar a España. 

Pero antes de hacerlo el Papa Alejandro VI le pidió ayuda. Un corsario vizcaíno, Menaldo Guerra, bajo bandera francesa, se había apoderado del puerto de Ostia, vital para Roma. Marchó de inmediato hacia allá y en tan solo una semana, tras abrir brecha en las murallas, la ciudad estuvo rendida y el corsario fue llevado prisionero a Roma ante el Papa.

Este, sin embargo, al recibir al español y utilizando el agasajo se permitió acusar a los Reyes Católicos, malmetiendo como solo sabía hacerlo el Borgia, pues era un Borja y español el Pontífice, de que lo menospreciaban y estaban mal dispuestos contra él. El Gran Capitán ya conocía esta treta tanto por españoles como por franceses y no cayó en la trampa ni se calló ante ello, pues replicó con ira diciéndole lo que los Reyes españoles habían hecho, tanto por él como por su Papado, lo tachó de ingrato y, como final y con duro tono, le instó a que diera ejemplo de vida y no prosiguiera siéndolo de escándalo, que mucho lo era, con su comportamiento. 

Vio con ello el Papa que por ahí no tenía entrada, calló y, astuto era y mucho, le otorgó grandes honores y condecoraciones pontificias como la Rosa de Oro y el Estoque Bendito. El Rey don Fadrique por su lado le concedió el título de duque de Santángelo y extensas propiedades.

Convertido en un héroe regresó a España y no tardó en comprobar que en lo dicho por el Borgia si había alguna verdad. Se encontró con los primeros reproches reales, en particular de Fernando pues la Reina le defendió siempre, y fue obligado a presentar cuentas, serían las primeras, y a retirarse a su solar natal pensando que tal vez las glorias militares ya serían para siempre cosa del pasado y que la reforma militar que había iniciado quedaría incompleta. Pues el Gran Capitán ya había comenzado a transformar de manera profunda el Ejército español y su manera de combatir.

Cambios militares

Según describe con precisión el historiador Carlos José Hernández Sánchez, Gonzalo Fernández de Córdoba había tomado decisiones trascendentales en el Ejército: Sobraban ballesteros y faltaban arcabuceros. Con el incremento de estos últimos logró mayor contundencia y sorpresa e impulsó el despliegue rápido en profundidad, pero manteniendo un escalón en reserva para utilizarlo donde pudiera ser necesario. El orden táctico de la caballería fue revisado, aunque entendió preciso dotarse de un potente cuerpo de caballería pesada recortado el exceso de jinetes ligeros. Por último, era necesario entender la guerra moderna como un trabajo de equipo, donde cada individuo tenía una función que cumplir

La infantería fue armada, además, con espadas cortas, rodelas y jabalinas para poderse infiltrar y estragar las formaciones compactas del enemigo. Organizó la tropa en compañías, al mando de un capitán cada una y un nuevo tipo de unidad, que sería luego el de los tercios, la coronelia, con 6.000 hombres y que podía combatir en todos los terrenos. 

Los soldados, además de luchar, debían estar dispuestos y saber hacer trabajos de atrincheramiento y fortificaciones así como realizar grandes marchas. En ello imitaba a las legiones romanas.

Todo ello había sido comenzado a ser puesto en marcha, pero temía que no iban a dejarle culminar la tarea pues se sentía caído en desgracia y rumiaba en sus posesiones granadinas su melancolía. 

Los turcos fueron, paradojas de la vida, quienes vinieron en su rescate. Atacaron la costa Dálmata y el Papa Alejandro VII, el Dogo de Venecia y el mismo rey de Francia formaron una Liga para expulsarlos y ofrecieron a los Reyes Católicos el mando. Con una condición, que el Gran Capitán estuviera al mando de todas as las tropas 

Al Rey Fernando no le gustó nada y el Fernández de Córdoba, con razón, recelaba. Pero al final hubo acuerdo y el Gran Capitán fue nombrado capitán general y almirante de la Armada que salió a combatir al potente ejército otomano. Se enfrentó a los turcos en Cefalonia y los derrotó. Fue el día de Navidad del año 1500. 

Volvió con ello a obtener, al menos en apariencia, la gracia del Rey y como lugarteniente general de Apulia y Calabria se dedicó durante dos años a revisar y condicionar las fortificaciones para que pudieran hacer frente a las nuevas armas, cañones y balística. Asimismo, se preocupó de mantener contentos a sus aliados italianos, a los Colonna a quienes daba el mando de su caballería pues eran excelentes generales de tal arma, y a los poderosos Orsini, con quienes estos estaban enfrentados, intentando acercarlos y que no se revolvieran de rebote contra él. Porque el Gran Capitán lo que tenía siempre vigilado eran los movimientos del rey francés Luis XII, de quien sabía su obsesión por recuperar Nápoles.

Por ello la invasión en el año 1502 no le pilló de sorpresa y desde luego ahí ya no tuvo duda alguna el Rey Fernando que si alguien podía hacerles frente ese no iba a ser otro que Gonzalo Fernández de Córdoba. (Continuará)