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Gonzalo M. González de Vega y Pomar

Tribuna libre

Gonzalo M. González de Vega y Pomar


Menos que un caramelo a la puerta de un colegio

22/04/2021

En medio de la pandemia del Coronavirus, cuando la mayor preocupación de la ciudadania es estar vacunada lo antes posible, salta el notición. «Doce de los clubes de fútbol más importantes de Europa» –seis ingleses, tres italianos y otros tres españoles– acordaron crear una nueva competición, la Superliga, gobernada por sus fundadores y presidida por el a su vez presidente del Real Madrid, Florentino Pérez. Acontecimiento que, desde el domingo por la noche, está acaparando bastantes minutos en emisoras de radio, televisión y muchas columnas en las páginas de los periódicos con opiniones de políticos, organismos futbolísticos, periodistas, dirigentes de clubes, jugadores, aficionados y personas a las que no llama tanto la atención el deporte rey pero preocupa este nuevo «chiringuito». Pareceres hay y de todos los colores, según el cristal con el que se mire y los beneficios o perjuicios que cada uno pudiera obtener. 
La intentona de crear esta Superliga se producía cuando la pandemia mundial ha acelerado las inestabilidad económica del fútbol europeo. Su objetivo, según el comunicado oficial, mejorar la calidad e intensidad de las competiciones europeas existentes e instaurar un torneo en el que los mejores clubes y jugadores puedan competir entre ellos de manera más frecuente. Afirmaban que, a pesar de los diálogos mantenidos con la UEFA, no se sentían satisfechos con las soluciones recibidas pues no resolvían las dos cuestiones fundamentales para ellos: necesidad de ofrecer partidos de más calidad y proporcionar un importante crecimiento económico, que permita apoyar a «todo el fútbol europeo» a través de una «caja de solidaridad», que a largo plazo pudiera superar los diez mil millones de euros.
Estaban convencidos que su iniciativa saliera adelante aún encontrando rechazos de los organismos internacionales del fútbol. Previendo las posibles severas sanciones disciplinarias que les pudieran caer intentaron «no dar puntada sin hilo» y antes de sacar el comunicado de su nacimiento presentaron, ante el juzgado de lo Mercantil 17 de Madrid, una demanda precautoria contra la UEFA reclamando no ser expulsados de sus competiciones. Demanda que fue contestada a las pocas horas –luego decimos que la Justicia va lenta en España– tomando decisiones cautelarísimas para prohibir a la UEFA y FIFA, como a todas sus federaciones o ligas asociadas «adoptar medidas que prohíban, restrinjan, limiten o condicionen de cualquier modo, directa o indirectamente, la puesta en marcha de la Superliga».
A varios gobiernos europeos les olía mal este nuevo torneo. El de España, por boca del ministro de Cultura, por entender ha sido pensado y propuesto sin contar con las organizaciones representativas del fútbol nacionales e internacionales. Para Emmanuel Macron, presidente de Francia, porque «amenaza el principio de solidaridad y méritos deportivos» manifestando actuar para proteger las competiciones federadas. El primer ministro británico, Boris Jhonson, lo rechazaba al ser un torneo «dañino» que golpearía el corazón de la competición doméstica comprometiéndose a hacer todo lo que pueda para evitar que la Superliga salga adelante. El vicepresidente de la Comisión Europea para la promoción del estilo de vida, Margaritis Schinas, manifestó que «no hay margen para reservarlo a los pocos clubes ricos y poderosos, que quieren romper los vínculos con todo lo que representan las ligas nacionales, ascensos y descensos y apoyo al fútbol aficionado de base».
Varios jugadores de diferentes equipos y de los «doce clubes más importantes de Europa» se han mostrado también contrarios «no nos gusta y no queremos que pase. Nuestro compromiso con el club y su aficionados es absoluto e incondicional». Los equipos españoles expresaron desde el minuto uno su rechazo a la propuesta de crear «una competición europea secesionista y elitista, que ataca los principios de competitividad abierta y del mérito deportivo». Igualmente los aficionados de distintos equipos de todo el continente revelaron su malestar con esta Superliga, pues les quitaría el sueño de que su club pueda destacar en una competición y concursar en la cumbre del fútbol europeo.
Con esta situación comenzó la desbandada. Los seis ingleses dieron «marcha atrás» apeándose del proyecto y ayer el Atletico de Madrid comunicó oficialmente no formalizar su adhesión. Tras el club colchonero siguieron el Inter de Milan y el AC Milan señalando su compromiso con todas las partes interesadas par mejorar la industria del fútbol. De los doce clubes fundadores quedan tres: Juventus, Barcelona y Real Madrid. Ello no preocupa a Florentino Pérez, quien dijo va a continuar adelante «para que el deporte evolucione y al mismo tiempo genere recursos y estabilidad a toda la pirámide del fútbol».
¡Cuarenta y ocho horas de Superliga! Ha durado menos que un caramelo en la puerta de un colegio.