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Gerardo L. Martín González

El cimorro

Gerardo L. Martín González


Hablando de otras cosas

05/04/2022

Con la que está cayendo, hablar de otras cosas que no sea, guerra de Ucrania, emigración, Marruecos, trasportes, energías, sequía o desbordamientos, camiones, gasolineras, falta de ciertos productos alimenticios, protestas de médicos, profesores, estudiantes, agricultores, ganaderos, cazadores, y mas grupos que se sienten agraviados, incendios, muertes violentas, pedofilia, eutanasia, abortos, drogas, políticos y política, nacional, regional, local, el paro crónico, y alguna cosa mas que no digo por no cansar (parece ser que a Franco le han dejado tranquilo ya). Con la que está cayendo, hay tanto que, como en las nubes de estorninos, meterse como las rapaces a cazar alguno, donde periodistas y comentaristas tienen mucha materia. Por eso hablo de otras cosas, cosas pequeñas, tal vez intrascendentes; mas creo que el mundo y la vida, está hecha de esas pequeñas cosas.
Veo cosas mal escritas, no sé si por falta de conocimiento o errores involuntarios. Un error sobre el que he insistido varias veces aquí, es la denominación del Valle Amblés, que muchos, supongo que foráneos, como en Google, pero que su masificación lo extiende, denominándolo Valle de Amblés o del Amblés, posiblemente dejándose arrastrar por la denominación de otros valles por donde pasa algún rio, como valle del Duero, valle del Pas, valle del Tiétar, cuando aquí en Ávila no es el caso, pues de trata de un adjetivo, Amblés, de cuyo significado y origen de la palabra, aún no hay nada concreto. Pero los abulenses decimos Valle Amblés, como lo han denominado tantos escritores, como por ejemplo Cela, que precisamente no era abulense, pero se enteró.
Y viene esto a cuento, porque recientemente y de forma destacada, se anunciaba cierto evento en un nuevo hotel, en el Palacio de Sofraga, situado, según el anuncio, en la calle de López Núñez. Y eso está mal y denota desconocimiento. El que esté puesto en la placa municipal, sin que haya sido corregido, es debido a que se trata de un personaje tan desconocido por la mayoría, que nos da igual. Si, por ejemplo, solo es un decir, se pusiera el nombre de una calle al alcalde de la ciudad Jesús Manuel Sancho Cabrero, saldría corriendo este, es otro decir, para que se corrigiese, puesto que no se llama así. Pero los muertos que no tienen quien les defienda, y no digamos los de hace siglos, y si no hay un corrector de placas en el ayuntamiento, ahí se queda erróneamente, pues no será por los euros que cueste hacer un cambio de placa. La terminación -es, en portugués, como Mc- en irlandés, o -vich, en ruso, como muchos mas, y el -ez, en español, significa, hijo de, que en nuestro caso seria, ser hijo de Lope, nombre muy corriente en España hasta el siglo XVII, como nuestro famoso poeta y dramaturgo Lope de Vega. Pues esta llamada calle de Lope Núñez se puso a finales del s. XIX (ver Historia de las calles de Ávila, de M.ª Teresa Calvo) sustituyendo al mas antiguo de calle del Yuradero, pues este era el paso hacia la iglesia de San Vicente, donde los caballeros metían la mano  por un agujero situado en la cara oeste del cenotafio de los martines Vicente, Sabina y Cristeta, dándose el caso, según cuentan, que uno de ellos la sacó seca por jurar en falso. Y ahí está este nombre, con el de Lope (z, que sobra) Núñez, que parece ser que pocos saben quién fue.
Todo se inicia y se conoce como Leyenda de Las Hervencias. El rey Alfonso I de Aragón, el Batallador, que había casado con la reina de Castilla Doña Urraca, viuda del repoblador Raimundo de Borgoña, ambos padres del futuro rey Alfonso VII de Castilla, entonces niño, que se había refugiado con su madre en la ciudad amurallada de Ávila, por desavenencias matrimoniales, se presentó ante la ciudad con su ejército, exigiendo ver a su hijastro, no con muy buenas intenciones, diciéndole los abulenses que, si quería verle, se le enseñarían dentro de la ciudad. El rey accedió, poniendo como condición que a cambio salieran sesenta caballeros, como rehenes, mientras él estaba dentro. Viendo que estaba bien protegido y sano, al regresar a su campamento, donde mandó cortar la cabeza a aquellos caballeros, que después las hizo hervir en aceite, en un lugar al que se le puso ese nombre y se llama desde entonces, Las Hervencias. Y el Portillo de la muralla por donde salieron los caballeros, se llamó, «Puerta de la Malaventura», o mas popular, «Puerta de saldrás y no volverás». Levantado el campamento y marchando hacia el norte, ante tal afrenta, el Gobernador de la ciudad Blasco Jimeno, acompañado por su escudero y sobrino, el joven Lope Núñez, le alcanzan a la altura de Cantiveros, y le retan a duelo. Pero no siendo estos de sangre real, el rey Alfonso les desprecia, y manda a sus tropas que les saeteen y les maten. En memoria de este suceso y en aquel lugar, se levantó una cruz y colgando de sus brazos formando parte de la misma, hay una piedra escrita, por lo que se conoce esta cruz como «Cruz del Reto» o «Cruz del pandero». El tiempo casi ha borrado lo escrito, hasta que Rodríguez Almeida, que leía donde los demás no ven nada, nos ha dejado el texto. «[Aquí] retó Blasco Jimeno, hijo de Fortín/ Blasco al rey D. Alonso el Primero/ de Aragón, porque contra su palabra/ y juramento hirvió en aceite sesenta/ cavalleros avileses que la ciudad le dio/ en rehenes, ofendido de que no le entre/gó al Rey Don Alonso el Se(ptimo) que te/ nia en guarda. Y acometido del exer/ cito real murió como gran cavallero vendiendo mui cara su vida, dexando/ a los venideros memoria de su valor./ Año de 1116. Quien dixere una Avemaria/ por su ánima gana cuarenta días de/ perdón. El ape?co? la Torre de Velada mandó re/ novar este padrón en? de se(p)tiembre/ de 165?»