Club Diógenes

David Ferrer


Música culta

20/10/2020

Hace poco explicaba yo en clase la teoría romántica, después de aderezarla con una buena sucesión de delitos, vicios, penas y anécdotas de los escritores de la época.  Se puede y se debe combinar el rigor académico con la amenidad. Como todo va relacionado, esto me llevó hacia la música y en cierto momento mencioné la expresión «música culta». Tal adjetivo debió de sonar en el tímpano de un alumno como un repique ensordecedor de campana o como una punzada de Lucifer pues saltó como un resorte y me dijo: ¿lo que nosotros escuchamos no es música culta? Vinieron a mi cabeza algunas de los temas que más funcionan o más se repiten ahora en las aplicaciones de música en streaming. (Perdonen los lectores juiciosos): «mamacita, mamacita / qué bonita / ella no le baja nunca tumba / siempre está lista pa la rumba». Un segundo ejemplo didáctico de esta nueva música culta sería «antes tú me pichaba / ahora yo picheo / yo perreo sola» o bien, ese monumento divino y cultural que se llama precisamente «Pa’la cultura» (sic):  «pa la cultura  / tengo la cura / esa figura es una escultura / que llamen a todos los panas pa’l party/ presiento que esta noche / voy a dejarte sin aliento / pa’la cultura / dónde están las nenas más duras / pa’ la cultura».  Sin ser melodramático, es cierto que siempre hubo música fácil o ligera pero hasta la música más comercial de otros momentos es majestuosa comparada con la actual borrachera y tsunami de ritmos machacones, fruto de una facilidad técnica y un consumo fácil y en bucle del streaming. 
No quise responder a la pregunta acerca del alcance de la música culta, por eso de no herir susceptibilidades, como dicen ahora los cursis, que están los tiempos algo cargados. Me acordé, sin embargo, de cierta cuestión que le hicieron al filósofo Roger Scruton, recientemente fallecido. Un atribulado profesor le preguntó cómo podía convencer a un alumno de que escuchara a Bach en lugar de a Lady Gaga. Con su lucidez, Scruton se empeñó en demostrar cómo la famosa cantante componía usando una sola nota mientras que una partitura del compositor era una especie de laberinto. El profesor se sintió abatido por la respuesta y confesó: me temo entonces que mis alumnos van a seguir prefiriendo lo fácil. 
Los anteriores argumentos llevan a plantearse cómo debe reforzarse la educación, desde la escuela hasta la universidad, cuando el embate, el asedio de lo facilón es tan constante y tan poderoso (las mecánicas imitativas de la red social Tik-Tok, los perreos repetitivos en streaming del rap y la música latina, las series previsibles o la poesía instagrammer). Durante el reciente confinamiento disfruté del libro de Gregorio Luri titulado La escuela no es un parque de atracciones. Una defensa del conocimiento poderoso (Ariel). Ese ensayo no es un juego ni va en broma. Y aunque por naturaleza no soy pesimista, y no niego nunca las posibilidades de lo tecnológico ni las virtudes del momento, me temo que en lo educativo, lo bello y lo culto está en proceso de emigrar hacia otra parte. En evitar esa tragedia estamos.