Felipe VI, sí por ahora; Monarquía... ya veremos

Carlos Dávila
-

El presidente Sánchez no gasta ni una palabra de simpatía para defender la Corona de las agresiones que perpetran sus socios marxistas

El Soberano se ha transformado en un director de relaciones externas del Estado tras el último decreto.

Sánchez, o sea, lo que queda del PSOE, en el último Congreso de su partido se ocupó personalmente de debatir un punto crucial de la vida institucional española: el modelo de Estado. Las juventudes del partido, que son un trasunto lanar del jefe de La Moncloa, ya habían anunciado de antemano que siguen apostando fuerte y claro por un cambio radical en la forma de organización política; de la Monarquía, a la que consideran obsoleta y hasta fascista (sic) a la excelente III República, que pretenden instaurar como hija heredera de aquella II que acabó en una tragedia nacional. A estos pollos sin cabeza los lidió Sánchez en aquel Congreso sin contradecirles, se fueron al cuerno porque ya entonces Sánchez preparaba una enorme encerrona real, o sea, a la Monarquía. Se trataba de una torticera Ley de la Corona que dejaba a su titular prácticamente como un vulgar palafrenero, un mozo apuesto que representa al Estado en bodas, bautizos y comuniones. Sánchez encargó el menester a la que fue su presidenta, Carmen Calvo, pero el endoso se quedó en nada, aunque bien es cierto que alguna de sus iniciativas se recogen en este actual decreto, aprobado el pasado martes, que, encima, y en una muestra más de confusión consciente se llamaba inicialmente: «De organización de la Casa del Rey». Es decir: el Gobierno mezclaba churras con merinas y se metía a planificar la vida de los escasos miembros de la Familia Real. Analfabetos institucionales. Uno de ellos, el plomero Bolaños se lució el martes felicitándose porque nuestra Monarquía que ahora ha desnudado sus números se ha homologado por fin con otras como la británica cuya riqueza no declarada la conocemos solo por la revista Forbes. Lo dicho: paletos

Sánchez tiene clara su posición sobre el modelo de Estado: por ahora, Felipe VI, sí, entre otras cosas, porque únicamente le depara pequeños disgustos, es decir más o menos como Juan Carlos I a Felipe González, pero respecto a la Monarquía, en el pensamiento socialista, ¡qué decir de la facción comunista del Gobierno! se deja en un ambiguo «veremos». Eso sí, intervenida hasta el tuétano. Es decir, pendiente siempre de su revisión según venga en gana a los prebostes de turno. La cosa está clara; si el Monarca se deja chulear, si se somete, como ahora a los criterios y designios de La Moncloa, bien, si no, a Cartagena como ocurrió con Alfonso XIII. 

sin apoyo del gobierno. El conducator Sánchez -su parecido con Ceausescu es pavoroso en las formas- no gasta una palabra de afecto para defender la Corona de las agresiones sin cuento que perpetran sus conmilitones y sus socios del marxismo leninismo. Las últimas con ocasión precisamente de este decreto y de la publicación de los dineros de Felipe VI: un rico individuo para las cómplices de Sánchez, Díaz, Belarra y Montero «al que ya (sic) tenemos controlado». Al Monarca actual, parodiando una frase mítica de Sabino Fernández Campo: «Le han puesto tan bajo, tan bajo, que un día no se le va a ver». Aunque, cuando le necesitan le mandan a la toma de posesión de cualquier presidente americano para que soporte en persona las agresiones de cualquier jefe de Estado, y de toda la ralea de gobernantes ultraizquierdistas de la antigua Hispanoamérica. Sobre estas fobias, estos ataques violentos sabe de primera mano el cronista que a Don Felipe le hubiera gustado hacer alguna manifestación, pero su jefe de Gobierno siempre se lo ha impedido.

Para colmo ahora al jefe de Estado de la España constitucional se le transforma en patriarca institucional de esa estupidez ágrafa que atiende por Estado multinivel, como si nuestras autonomías fueran las estrías de una mina.

Una auténtica melonada

El nuevo decreto no favorece, pese a la propaganda, el crédito de la Corona porque se la desprovee de esa áurea de jerarquía que en los regímenes monárquicos sitúa a sus protagonistas por encima del debate político. Desde La Zarzuela se afirma que ellos hacen política, hacen institución, pero no es nada seguro que este intento gubernamental, pactado porque ¡qué remedio! con la Casa del Rey, vaya a contribuir exactamente a ese objetivo. En una ocasión le escuché decir al presidente Aznar: «Cuando a la Monarquía se la pretende democratizar, eso se llama República». Así es.

Ataque frontal

Y, en cuánto a los dineros del Rey: ya hemos comprobado como las acémilas de la izquierda se le han echado a la carótida por rico y hasta por especulador que se trata provechosamente con los fondos de inversión. ¿Para cuándo vamos a conocer los españoles las cuentas de Pedro Sánchez Castejón, las suyas, las de su suegro, introductor de saunas eróticas, o las de sus papás que se lucran con operaciones directamente relacionadas con la Administración de su hijo? ¿Para cuándo? Todos en los medios constitucionales -que no son todos los informativos del país precisamente- nos hemos puesto contentos y estupendos con ese ejercicio de transparencia que ha realizado Felipe VI, pero al tiempo se le ha preparado un decreto en el que, por primera vez, se fijan los límites de la Corona. Aquí reside el núcleo del debate porque se ha corregido lo inscrito en el anterior de 1988 que ya se ocupaba con holgura de tan crucial asunto. Llevaba toda la razón del mundo el que fue presidente del Tribunal Constitucional, el catedrático Manuel Jiménez de Parga cuando advertía: «Todas las revisiones de nuestra Constitución siempre están pensadas a la baja». Pues eso es precisamente lo que se ha hecho ahora; funciones a la baja. Cada vez que la izquierda, para el caso la ultraizquierda de Sánchez y sus compinches filoterroristas, leninistas y separatistas, llega al poder, no se conforma con gobernarnos, que de eso no saben nada, es que no dejan títere con cabeza, ya se ve que tampoco la del Rey, y se justifican proclamando que, ellos detentadores (lean a la RAE) de la verdad pública nos quieren salvar, transformados en el cura prefecto de nuestros añorados colegios de curas. Para esta obsesión, tratan de domar todo lo que ellos no encierran en su pérfida mochila ideológica. Y aquí vuelvo a la Corona: Felipe VI por ahora, sí, la Monarquía... dejémoslo en veremos. Desde ahora tenemos un Monarca que es menos Rey pero que sí se ha transformado en un perfecto director de Relaciones Externas de nuestro Estado. Personalmente digo esto: no me gusta. Nada