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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


El día del cangrejo

04/02/2022

Los griegos son padres –y madres, no se enfaden los puristas del género en el lenguaje– de muchas de las cosas que conforman nuestra vida actual. Entre ellas, de la medicina: no solo su práctica, sino su lenguaje. Casi todos los términos que pueblan nuestro catálogo de males provienen de la lengua helena; si algo acaba en «itis» es que anda inflamado, si se habla de «algia» hay dolor de por medio y, en general, cualquier cosa que acabe en «patía» tiene visos de describir una enfermedad. 
Por las mismas, sabemos que aquello que acaba en «oma» no va a ser lo más agradable que se puede escuchar cuando se va al médico. Representa las múltiples variedades de una enfermedad que no es de hoy, sino que lleva desde siempre con nosotros: el cáncer. Se llamó así, «karkinos», según cuentan, por la similitud con un cangrejo que tenían las venas en los tumores de pecho, lo que llevó a los griegos a designar la enfermedad con la misma palabra que al retrógrado animal. Los romanos tomaron la palabra con ambas acepciones, animal y enfermedad, y luego las lenguas romances las discriminaron. 
El 4 de febrero del 2000, el entonces presidente galo Jacques Chirac y el director general de la UNESCO, el nipón Koichiro Matsuura, firmaron la Carta de París durante la Cumbre Mundial contra el Cáncer, convirtiendo el día de hoy en el Día Mundial contra esta enfermedad. Pudiera ser uno más de esos múltiples días que pueblan el calendario con objetivos a veces absurdos o ampulosos –hoy también se celebra el Día Internacional de la Fraternidad Humana–, pero creo que es de las pocas fechas que merecen ser resaltadas. El cáncer es una enfermedad polifacética, compleja, porque no es el cuerpo luchando contra patógenos externos sino agresor de sí mismo. Y no hay un cáncer, sino muchos; cada cual con sus causas, complejidades o implicaciones para la vida del enfermo. Afecta anualmente a más de 270 000 españoles, más a los hombres que a las mujeres. La probabilidad de padecerlo a lo largo de la vida es del 50% entre los primeros y del 33% entre las segundas. 
La «lucha» –odio las metáforas bélicas, pero valga esta– contra él no se basa en grandes batallas, más bien en pequeñas escaramuzas y guerrillas. Esfuerzos de muchos grupos de investigación centrados en entender las causas, marcar a las células travestidas, buscar tratamientos paliativos. Meses, años, vidas enteras dedicadas a intentar evitar no ya el 20% de muertes que causa, sino el impacto en la vida de los enfermos y familiares. Porque todos moriremos, ojalá cada vez más tarde, pero la medicina busca liberarnos de penurias en ese inexorable camino. Permítanme ahorrarles, queridos tres lectores, el penoso asunto de los medios para tratarlo y su ausencia en nuestra provincia, que ya bastante se lo arrojan ahora unos y otros, sea para echarse flores o para arrojarse puñales; prefiero gastar mis 3200 caracteres en apoyar a cada uno de los que contribuyen a este colosal esfuerzo contra el mal: laboratorios, hospitales, asociaciones, el entorno familiar o los valientes que lo arrostran con ánimo y valor. Para que sigan avanzando, mirándole de frente, sin miedos, sin complejos, sin recular nunca, como hace el cangrejo del cáncer.