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David Ferrer

Club Diógenes

David Ferrer


Tranquilo, se lo hago más complicado

09/02/2022

Fueron muy populares en mi adolescencia unas colecciones de novelitas juveniles que se vendían con el epígrafe de «Elige tu propia aventura». A mí me daba un poco de pereza todo aquello: la ventaja de un libro es que el escritor te lo ofrezca todo en bandeja, sin necesidad de elegir entre una trama u otra, entre caer por un precipicio a un cenote atestado de cocodrilos o colgarte por una liana birriosa. Elegir me produce aburrimiento, resolver cosas que no me afectan me genera a su vez indiferencia y decidir mi propio destino es algo que siempre me ha traído al pairo, por lo que desconfío de las personas hechas y derechas (y no es política) o de aquellas que tienen las cosas bien claritas. Clara y pura sólo es admisible la ginebra. 
El pasado fin de semana en Londres me acordaba yo de aquella colección en la que se nos instaba a elegir nuestra propia aventura. Nuestros políticos, que debieron leer aquellas sagas, han optado no por el modelo kafkiano de la burocracia, tampoco por el soviético, sino por ese sistema más divertido que reza «déjenos plantearle cada día dos o tres aventuras, cada cual más absurda».  Si bien la burocracia es la misma para Reino Unido que para otros países, es cierto que se aprecia que la vida londinense ya ha regresado a su cauce, más teniendo en cuanta las licencias festivas de su primer ministro. A falta de pintas secretas y oficiales, el ciudadano medio londinense ha optado por prescindir de las mascarillas y vivir la vida cada día, lo que verdaderamente importa. Al regresar a España, volvieron los formularios absurdos: rellene aquí, indique esto y lo otro, señale qué calcetín se va a poner tal día y de qué pie cojea al día siguiente. Vuelva a empezar el formulario, sus apellidos no coinciden, no hemos podido comprobar su contraseña, díganos si ve unicornios o dinosaurios, indique cuántos países ha atravesado hasta llegar a su destino (como si para venir de Londres tuviera que pasar por Jamaica o Bangladesh) y señale ocho veces cuál es su dirección habitual (como si la geolocalización del móvil, las cookies, los rastreos y  Hacienda y el venerable Catastro no nos tuvieran ya bien localizados). Hecha esta aventura, debes tratar de escanear ochenta veces tu certificado de vacunación, que es un documento oficial, público, algo de lo que el Ministerio de Asuntos Exteriores o las autoridades que controlan las entradas no parecen saber nada. Al llegar a Barajas, se ha establecido, como en las películas de bajo coste de invasiones alienígenas, un contingente provisto de trajes galácticos, pantallas protectoras del rostro, que te miran como si vinieras del Chernobil años noventa o del Congo tras un brote del Ébola.
La tecnología de la que nos servimos cada día en los relojes y teléfonos nos hace todo más fácil. Algo de lo que no se acuerdan nuestros políticos, prestos y dispuestos a hacernos plantear cada día dos o tres disyuntivas, una sarta de aventuras poco contrastadas en forma de restricciones, formularios, elecciones y otros tejes y manejes. Por si fuera poca aventura, toca votar el próximo domingo. Van listos Mañueco, su previsible socio verde ganadero, y Tudanca si piensan que los voy a votar. Elijo otra aventura.