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Abel Veiga

Fragua histórica

Abel Veiga


Fraga, centenario desapercibido

29/11/2022

Le faltó ser presidente del gobierno. Y probablemente ser presidente de la Xunta de Galicia sobrepasó aquella ilusión primera. A buena fe que sí. Un personaje político y humano tan excepcional como excesivo y con una capacidad intelectual y de trabajo absolutamente extraordinaria. Las urnas fueron consecuentes con aquel primer Fraga en la Transición y con el Fraga que replegó lo mejor de sí en su Galicia natal. Un torbellino descomunal de ideas, pensamientos, atropellados discursos, hiperpresidencialismo y personalismo, pero directo. Pasional a borbotones, carácter recio, firme en sus convicciones, claro en sus propósitos, nadie como él encarna al perfecto animal político al que en ocasiones le falló el olfato del oportunismo del momento y de rodearse de los mejores. Algunas de esos momentos fueron cuando se lanzó en el 76 al ruedo político con un partido amalgama de lo viejo y renovador pero con el envoltorio del franquismo último y sus siete magníficos. La fundación de aquella Alianza Popular, el divorcio con un Vestring, un partido dividido pero que el homogeneizó con la derecha democrática, el bloque numantino de un Felipe arrollador, la salida errática, el fracaso Hernández Mancha, la vuelta, el congreso de Sevilla, Aznar, y al final de ese aún largo camino finisterriano de su vida política, Galicia. Una reconciliación consigo mismo. Con el Fraga más emocional y sensible, sobre todo en los últimos momentos. Con una Galicia donde aún había mucho por hacer. Infraestructuras, desarrollo de competencias, lo rural frente a lo urbano, consolidación industrial, fondos europeos, demandas del peso histórico autonómico, el Xacobeo, la otra Galicia emigrada, …, nada parecía escaparse, siempre con luces y sombras. Algunas elecciones de personas erradas y otras sumamente acertadas. La vía gallega que nunca fue tal pero suficiente para que el nacionalismo de centro derecha acabase integrándose en su partido y diluyendo su vena en un partido único en el centro derecha español. Se pudo hacer más, sin duda, y mejor, y más transparentemente. Pero se hizo. Y mucho. 
Aquél incansable devorador de noticias, recortando y subrayando a diario artículos de opinión y de periódico, el primero en leerlos, el primero en estar en la sede de gobierno, el primero en llegar a todo o casi todo, tuvo su momento. La gloria le llegó en Galicia como pleno volcán de un Fraga que quiso aprovechar cada día y cada año de sus dieciséis. Hasta el Prestige y el desgaste y erosión, y la pulsión vital de una edad que lo debilitó. Encajó mejor que nadie aquella quinta mayoría, pero que por ocho mil votos no le permitió revalidar. No lo pasó ni se lo hicieron pasar bien los últimos años en Santiago hasta su regreso a Madrid. Se olvidaron propios y extraños de él, quizá injustamente en una soledad esquiva, deambulando con sus andares castigados por la edad y luego en silla de ruedas por el Senado. Desaparecieron los aduladores, los homenajes, los almuerzos, los teléfonos. Todos se fueron olvidando lentamente. Lo inexorable del crepúsculo de la vida y del poder. Y esa caída del atardecer más insonoro aquel magnifico estudiante que ya en quinto de Derecho había publicado su primer libro, el jurista, el economista, el politólogo, el catedrático, el diplomático, el ministro, el embajador, el exvicepresidente, el líder de la oposición, el presidente de la Xunta, el hombre que se sentó con Castro y lo trajo a Láncara, con Carrillo en el club siglo XXI, fue, por encima de todo, un gran servidor público para España y Galicia. Su vida privada solo le perteneció a él. La pública a todos.