El arquetipo de la mujer española

Javier Villahizán (SPC)
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La última obra del pintor cordobés muestra tanto la lozanía de la vida como el final crepuscular de Romero de Torres

El arquetipo de la mujer española

Como dice la copla Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena/Con los ojos de misterio y el alma llena de pena/Puso en sus manos de bronce la guitarra cantaora/Y en su bordón hay suspiros y en su capa una dolora.
El pintor cordobés ha sido y es un clásico de la pintura española, con una línea folclórica centrada, principalmente, en el retrato de la mujer andaluza y un estilo en el que predomina la mezcla del retrato realista con un cierto aire idealista. El resultado final es el de unas figuras que poseen cierto halo atemporal, como si pretendiera hacer de las características físicas de la mujer sureña un arquetipo universal de la belleza femenina.
Tal fue su éxito y su gusto por lo español que no había casa que no tuviera una imagen, un diseño o una figura que representara a algunos de los cuadros de Julio Romero de Torres. 
Los lienzos de Torres destilan un profundo sentimiento a la canción coplera, al lance torero o al romancero gitano. Ver sus óleos es como retrotraerse a la melancolía nacional de principios del siglo XX, a su tradición más profunda y a una belleza con nombre de mujer andaluza.  
Hizo, además, especial hincapié en los sentimientos trágicos y legendarios propios de la religiosidad y la cultura de sus paisanos, lo que explica la inmensa popularidad de que gozó tanto en vida como muchos años después de haber fallecido.
El caso de La chiquita piconera es doblemente emblemático porque se trata de la madurez pictórica del artista andaluz y porque supone, además, el final de su vida. 
La escena se desarrolla en el interior de una humilde habitación, con una joven sentada en una silla de enea que se adelanta sobre un brasero, sosteniendo en su mano derecha una badila de cobre con la que mueve el picón, el carbón. 
La secuencia no se detiene solo en la primera persona de la mujer sino que muestra al espectador el orgullo cordobés, al permitir contemplar tras la puerta abierta, al fondo, el paseo de la Ribera y el puente romano sobre el Guadalquivir bajo un cielo de anochecer.
Pero es el hombro desnudo y las torneadas piernas de la joven vestidas con medias de seda lo que revela la verdadera intención de la muchacha.
Además, la mujer mira de forma fija y penetrante, no al infinito, sino de una manera directa y próxima, y con  una serie de planos posteriores que convierten al cuadro en un óleo casi expresionista.
Hoy se sabe que la modelo que posó para este lienzo fue María Teresa López, argentina de nacimiento que con 14 años ya era modelo del maestro. 

 

Testamento pictórico

La chiquita piconera es la herencia pictórica, pero también vital, de Julio Romero de Torres, al sintetizar en el cuadro toda su concepción creadora. 
Se da la circunstancia de que su último trabajo transmite un cierto mensaje oculto, es decir, Romero de Torres ofrece al mundo lo que él entendía qué era la pintura y lo que quería expresar con ella y en esta obra mostró todo su poderío: un retrato lleno de madurez, hondura, sosiego y tranquilidad.
En esta ocasión, el artista modifica aquí sus acostumbrados fondos de luminosos atardeceres en un oscuro anochecer, presagiando quizá que la vida del maestro se apagaba. 
La vida se le llevó en su ciudad natal al atardecer del 10 de mayo de 1930, a la edad de 55 años. La noticia corrió como la pólvora y la mayoría de comercios y establecimientos cerraron para honrar y homenajear a sus ciudadanos más ilustres, aquel que pintó la belleza de la mujer andaluza, y por extensión de la mujer española en toda su amplitud.