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Fernando Romera

El viento en la lumbre

Fernando Romera


Pueblo grande, ciudad pequeña

08/06/2022

Hay un conflicto histórico en toda esta definición. Quien viene de Madrid a darse un garbeo a una de estas ciudades periféricas de la capital, como Ávila, Toledo o Segovia, se toma unas cañas en los bares de toda la vida y se vuelve con el coche a casa por la tarde, tras haberse aireado y cerveceado, suele terminar diciendo que estos lugares son pueblos grandes. Otros, algo más conscientes, se refieren a estas como ciudades pequeñas, como si la dimensión implicara algo personal y diferenciador, un significado más afectuoso. Hace tiempo escuchaba a un palentino decir que la suya era la más grande de las ciudades pequeñas y la más pequeña de las ciudades grandes. No sabe uno dónde está la linde que separa a unas de otras, si de población se trata, claro. En ello se mezcla un concepto histórico con otro geográfico que no aportan, ni uno ni otro, nada bueno. A finales del siglo XIX comienza a aparecer el prototipo de ciudad moderna, hecha para contener masas. Ya no servían los viejos trazados de plazoletas y callejuelas, y se imponen los trazados cuadriculados, las avenidas y los bulevares. Una gran calle diagonal permite llegar con rapidez a cualquier lugar y dar la imagen definitiva a la urbe cosmopolita: Nueva York, Barcelona, Buenos Aires... buen número de capitales están dibujadas conforme a esta nueva tendencia. Y quienes viven allí se convierten en la nueva sociedad contemporánea; sólo las suyas serán ciudades porque son los espacios de la modernidad frente a las otras, viejas y antiguas que no supieron derribar sus barrios del medievo para dar paso a la novedad. Da igual ya que sean más grandes o más pequeñas: no serán modernas. Madrid, incluso, que aún guarda (a Dios gracias) su identidad castellana, lleva el sambenito de poblachón manchego. Las ciudades medievales como Ávila, como Segovia, como Toledo, ciudades viejas, caen bajo el marchamo de lo caduco. No tienen tiendas de lujo, cafeterías para bolsillos abultados ni enormes edificios modernistas construidos para ostentación de viejas familias burguesas. Aquellas otras ciudades modernas también son hoy ciudades viejas. Nadie se atrevería a decir que París no lo es ya hoy. Quizá las más nuevas se han edificado sobre los restos de la guerra, más que sobre la ceniza del pasado. Berlín puede servir de ejemplo. Las pequeñas ciudades no son, sin embargo, lo que quien no las vive quiere ver en ellas. No son sólo un reducto conservador; ni un decorado para mercados medievales; ni un recurso fácil para excursiones escolares. Es importante saber todo esto para no caer en el engaño común. El concepto de ciudad no tiene que ver con la magnitud ni con la modernidad. Más bien al contrario. Ciudad se es por historia, porque pasaron cosas que quedaron en los muros y las casas. Es por eso que cuando Unamuno veía Ávila decía que era una ciudad y no San Sebastián: hay que entenderlo bien. Y por eso le preguntan a uno, cuando dice que es de aquí, que si en Ávila «hay de todo», con una cierta condescendencia y no poca lástima. Le pasó a uno este verano pasado en una conversación de playa. Y uno no entendió muy bien qué era «todo». Pero tiene que ver, creo ahora, con lo que he dejado escrito antes y que supone la contradicción entre la gran ciudad y la pequeña o el pueblo grande. El urbanita necesita alrededor teatros, cines, tiendas, cafeterías, parques. La vida, en general, que proporcionó el fin del XIX. ¿En estas ciudades hay de todo? Desde luego no todo lo que tiene alguien de Madrid. Aunque luego no le dé uso nunca.