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Emilio García

Desde el mirador

Emilio García


Verborrea política

04/11/2022

Cuando los políticos –que cobran sin hacer nada o, cuando menos, por asistir a las cámaras para emitir su voto y decir algunas cosillas desde las tribunas– se dan a la retórica de pasillo y «desnudan» su incapacidad ante los micrófonos, es el momento de comprender el nivel de su credibilidad entre los ciudadanos.
Algunos, cuyo sueldo supera los cien mil euros, se atreven a decir cómo hay que solucionar los problemas sociales, como si a ellos no les afectara. Un ejemplo. El señor Errejón, el mismo que se ha aprovechado del 15M y de las becas universitarias y que abandonó el barco de sus colegas, cada vez que dice algo genera una turbulencia social que asusta. Hace poco ha dicho que la salud mental de los trabajadores está relacionada con la precariedad económica en la que viven muchas familias españolas. Su solución es sorprendente: «trabajar menos y cobrar lo mismo». Pero se entiende su postura, porque él da ejemplo de lo que predica: vegeta en las cámaras –porque no ha aportado nada hasta el momento– y predica una contradicción moral evidente.
Es lo mismo que sucedió con la viajera secretaria de estado de Igualdad, Ángela Rodríguez, quien en la Fiesta Nacional del 12 de octubre defendió que había que gritar Viva España para, entre otras ideas, que «nuestras abuelas tengan pensiones dignas». Esta es otra ilustrada que vive con más de cien mil euros y lo único que aporta a la sociedad es odio, ideología y enfrentamiento.
Y en esta línea de disparates diarios nos encontramos con las ilustradas palabras que emanan de los informes elaborados por los centenares de asesores que dicen a los españoles qué hacer en su vida privada, como si no supieran gestionar bien sus recursos propios.
Así, con el invierno asomando por el horizonte, ya nos dejan caer que tenemos que apretarnos el cinturón. Claro que no sabemos cómo hacerlo; es que ya no nos quedan ojales en el mismo. También que debemos tirar de mantas y edredones para que el frío no nos congele o que debemos aplicar la prudencia a la hora de abrir el grifo y tirar de agua caliente; como si lo nuestro fuera de un despilfarro total. 
Debemos prepararnos para que un día llame a nuestra puerta el inspector gubernamental –nuevo cargo para el que se hará una selección a dedo– y nos diga que tenemos pocas mantas en la cama, que la calefacción debe estar a 15 grados, que cuando nos duchemos debemos meternos toda la familia al mismo tiempo para no desperdiciar agua, que no tengamos encendido dos televisores, que comamos los productos templados, que se abra el frigorífico una vez por la mañana y otra por la tarde, que… En fin, que nos llegará con un papel en el que se recoge unos datos que señalan que consumimos más que nuestros vecinos de escalera y que superamos la media de gastos de los vecinos del barrio.
Nuestra vida se comparará con las demás de nuestro ámbito urbano y así nos sentiremos angustiados por lo mal que lo hacemos, por no tener en cuenta nuestros recursos, por vivir por encima de nuestra posibilidades, por dejar en la estacada el voluntarismo de los demás. Y como somos poco eficientes en nuestro consumo nos darán las pautas para consumir de modo inteligente.
Preparémonos, pues, para lo que se avecina, puesto que hasta ahora hemos sido unos derrochadores. No así, nuestros políticos, ministros y presidente, quienes tiran de fondos públicos para vivir sin que les asuste la recesión en la que estamos inmersos: sus teléfonos de mil euros frente a la propuesta del uso de toallitas para que nos lavemos en casa.
Por eso, y desde que engañó a todos los españoles, nuestro presidente lleva invertidos más de 400 millones en difundir urbi et orbe su imagen y sus iniciativas, que no son más que propaganda e ideología –esclavos somos de la Agenda 2030– y que para nada tienen en cuenta la situación de los españoles; por eso no reducen sus estructuras porque eso complicaría la política de Sánchez.
Pero no pasa nada; pensemos que todo lo que nos dicen son recomendaciones paternales y que los impuestos tienen un objetivo: que dejemos de ser individuales, que compartamos nuestras vidas y bienes para hacer más eficiente la economía española; léase, la suya.