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José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


#JustStopTonterías

04/11/2022

Ya es casualidad. En 1869, dos estadounidenses fundaron sendas empresas alimentarias: Henry J. Heinz en Pennsylvania y Joseph A. Campbell en New Jersey. Seguro que los apellidos les suenan, no en vano ambas son, tras siglo y medio, grandes emporios alimentarios. Entre sus productos, uno que les ha dado fama mundial es la sopa de tomate enlatada; no sé qué tiene el tomate, pero su sabor, potenciado con el de especias, conservantes, edulcorantes y acidulantes lo hace atractivo a cualquier paladar. No es más que una solanácea, de aquellas que nuestro más famoso mercado se empeña en ubicar anacrónicamente en el Ávila medieval, cuando solo se conoció tras el viaje de Colón.
Guárdense el tomate y su sopa por un instante, estimados tres lectores, y acompáñenme a explorar otro asunto que pudiera parecer inconexo. No es infrecuente que los artistas, por una u otra razón, decidan atentar contra sus obras. Miguel Ángel rompió con un martillo su Pietá florentina —anticipando «avant la lettre» el famoso incidente de 1972 con la vaticana—, todavía no está claro si en rapto de furor o por problemas con el mármol. Claude Monet acuchilló varios cuadros, descontento con el resultado, lo mismo que a su muerte se encontró que había hecho Francis Bacon con algunos de los suyos. Baldessari, padre del arte conceptual, convirtió la cremación de sus pinturas en una obra artística más, exponiendo una escultura de galletas hechas con las cenizas. Más reciente y radical es el caso del artista callejero que firma como Bansky: un dibujo suyo se subastó en Sotheby's para, tras ser adjudicado en un millón de libras, autodestruirse —se quedó a medias— mediante un mecanismo oculto en el marco. La intención de Bansky, usar esa «performance» como crítica al consumismo y el valor en el mundo del arte, fracasó, ya que los restos de la obra multiplicaron en el acto varias veces su anterior valor de mercado.
Que un artista atente contra su obra en desacuerdo estético o para mandar mensajes al mundo me parece peculiar pero legítimo. Se lo ha currado, que se dice ahora, y tiene todo el derecho a usar la fama de ese esfuerzo creativo para alcanzar otros fines. Pero que dos adolescentes, tan faltos de canas como de neuronas, con unas camisetas reivindicativas de algo del petróleo y un tubo de pegamento en el bolsillo, decidan guarrear a Van Gogh y a sus girasoles —no son los únicos, la «Primavera» de Boticelli y otras obras en museos por Europa dan fe de ello— me parece indignidad, adanismo y falta de respeto, no por atentar contra el valor artístico de la obra, sino por aprovecharse de esfuerzo, sudor, pensamiento y creatividad ajenos para alcanzar su minuto de gloria en este mundo de foto y noticia.
Y, retomando el comienzo de mi artículo, los imberbes en cuestión —una por sexo, otro por edad— ni siquiera tenían el menor conocimiento de la historia del arte, pues a la hora de elegir qué arrojar al cuadro, entre las sopas de tomate optaron por la de Heinz —la creo menos sabrosa— cuando, de haber cogido la de Campbell, inmortalizada por Andy Warhol hace sesenta años, al menos tendrían la excusa de estar a su vez innovando y dando una vuelta de tuerca creativa a la cosa. Ni para eso valen.

ARCHIVADO EN: Arte, Andy Warhol, Sexo