De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Límites

27/11/2020

Acabar un libro es una satisfacción. Si además es excelente, es placer no exento de melancolía ante la droga que se va. Y si encima trata sobre una de mis pasiones, correr maratones, entonces la cosa roza la delicia. Hablo de «Regresar a Maratón», de nuestro paisano Miguel Calvo, publicado el año pasado, que espero que mis tres lectores, a los que sé que gustan la buena literatura, Grecia, su historia y el atletismo compren y lean cuanto antes. Una obra que destila a partes iguales pasión y sabiduría, olor a olivo y sudor, victoria y fracaso, leyenda y realidad, presente y pasado.

Penélope nocturna, el libro desteje —en viaje de iniciática y odiseica nostalgia— el tapiz urdido alrededor del moderno maratón de Atenas, en busca del «por qué corremos». Del mito de Filípides a la línea de llegada en el Kallimármaro, múltiples historias jalonan los 42195 metros. Pero la icónica carrera hasta Atenas desde las playas de Maratón, tras la batalla que dicen que hizo a Europa ser lo que hoy somos, se asemeja invento con más de neo-olimpismo que de historicismo. Parece más razonable que el mensajero fuese a Esparta a pedir ayuda para la batalla: 246 kilómetros, que según Herodoto recorrió en menos de día y medio.

Rememorando esa otra carrera, desde 1983 se corre entre Atenas y Esparta el Spartathlon, durísima prueba que acaba a los pies de la estatua de Leónidas, héroe de las Termópilas, sin que haya que regresar luego como tuvo que hacer el ateniense. El récord lo tiene el poeta griego —nacionalizado australiano— Yiannis Kourous, rey absoluto de las carreras de ultrafondo. Entre sus múltiples registros está el de la máxima distancia recorrida en 24 horas: 303,506 kilómetros, en 1997; un récord «que durará cien años», según él. Pero Kilian Jornet, uno de los mejores deportistas españoles de todos los tiempos, a la altura de Nadal o Induráin, va a intentar que no sea así. Su terreno es la montaña y el trail, se enfrenta ahora a lo que para él es nuevo territorio inexplorado, saliendo de su zona de confort.

Y también huyendo de lo fácil, coincidiendo con año olímpico, cada cuatrienio se celebra la Vendée Globe, la vuelta al mundo a vela en solitario sin escalas. Una prueba de dureza extrema, reiniciada hace treinta años, tras un primer intento patrocinado por el diario británico Sunday Times en 1968 donde solo uno de los nueve participantes terminó, con suicidio de otro, al que añadir 3 muertos más hasta hoy. Este año quedan 32 Filípides con más de dos meses de regata por delante, doblando ya el cabo de Buena Esperanza.

En ambos casos, navegando entre olas imposibles, sin dormir y agotando todos los recursos y fuerzas, o mareándose en 758 vueltas y media a una pista de atletismo, no estamos solo ante nuevas fronteras físicas. Los que se lanzan a estas locuras son seres como nosotros, ignorando la palabra «imposible», gambeteando con la resistencia, investigando los límites de su mente para saber hasta dónde el querer manda sobre el poder. Sin ellos, sin los aventureros de lo quimérico que regresan una y otra vez a Maratón para decirnos: «Alegraos, vencimos», no sabríamos nunca lo que de verdad somos y seremos, no ya como europeos, sino como seres humanos.