Fragua histórica

Abel Veiga


La cansina partida de ping-pong

19/09/2020

Contumazmente diversos púgiles empuñan su pequeña raqueta, epítome último de cierta inteligencia política, y nos condenan a esa sedicente partida interminable de diatribas y de insultos, de arrojarse culpas propias y ajenas en el fango de la miseria intelectual, del sectarismo y de una insoportable polarización. En la red ya no hay árbitros. Ni están ni se le esperan. El protagonismo hoy ya no es el debate, ni el diálogo, ni el tender puentes, simplemente, ni agua.
Olvidemos ya estériles pretensiones de reconstruir, pues antes hay que saber muy bien donde está cada uno, consciente de la insuficiencia aislada de fuerzas y luego saber donde empezar a reconstruir. Mal se avizora este otoño que está arrancando. ¿Cómo hemos vuelto a esto? Es el sino amargo de un indolente país y una sociedad, hoy sin duda débil y casi aplastada pelota ping-poniana la que vuela de un lado a otro en una mesa atribulada, mezquina y porosa de vaguedades.
A remolque, siempre por detrás. No estoy definiendo a España, pero sí a su costumbrismo solitario, político y social. De nuevo la pandemia nos derrota. Nos gana por goleada. Ahora sí que hay una culpa colectiva de todos que no hemos querido ver, ni ser prudentes, ni esperar, ni comprobar. De cero a cien y a la inversa. Para el confinamiento y la desescalada. De la noche a la mañana confinados. De igual manera al terraceo, la hamaca, el chiringuito, la cena familiar, la fiesta del verano y la playa de las irresponsabilidades multiplicada por la edad. Cuánto más jóvenes mayor frivolidad de algunos, fiestas, botellones, quedadas y a reírse. Qué importa ahora los miles de nuestros abuelos, ellos que ya no volverán. Ellos, víctimas frágiles de la estulticia humana. 
Y aún encima no se cansan de repetirnos que los colegios son seguros. Señores, dígannos la verdad. Igual de seguros que la calle. Así de simple.
Osea, ustedes mismos. Cuánto cuesta en este país decir la verdad, escamotear la media verdad y vetar la mentira. Pero así somos. Y ahora ya el saque es libre, ni siquiera cruzado. Porque vale todo en el juego y devaneo político con tal de arrodillar al rival. No les importa que esa pelota esté rota, cansada, asustada, llorosa y harta de recibir las embestidas de una soberbia ignorante e ignorada o el desprecio discreto de quiénes solo piensan en su interés, su poltrona, su coche oficial.
Ahora ya nadie sale de aplaudir, ¿dónde estáis los que aplaudíais y aplaudíamos? ¿os habéis, nos habemos preocupado de que nuestros hospitales, centros de atención primaria, de nuestros sanitarios recuperen un pulso de normalidad extraordinaria en tiempos de deriva e incertidumbre? Cuánto esfuerzo tirado por la borda, cuántas lágrimas absorbidas por el desemparo del silencio, la rabia y la incredulidad. 
Preparémonos para seguir asistiendo atónitos a este reguero de impotencia, de improvisación, de incredulidad, salvo la muerte, los miles de ingresados y la atonía de unas cifras que ni siquiera son verdad. Qué país y qué jugadores de ping-pong orweliano y donde alguién hasta está robando la red.