El arte de la cantería

Jesús María Sanchidrián
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El adiós a Benito Aldea es una oportunidad para evocar este oficio. Aldea ha sido uno de los últimos canteros de Mingorría. Durante la pandemia se han ido también Luis y José María Vázquez y Edmundo Alfayate

El arte de la cantería - Foto: Aldea, en uno de sus trabajos

Mingorría acaba de despedir a Benito Aldea Lozano, de 86 años, fallecido el pasado viernes, y con él a uno de los últimos canteros de la localidad que dedicó toda su vida al labrado de la piedra, ejerciendo incluso de maestro en la escuela taller de Medina del Campo y de los últimos maestros masones de la "Logia Concordia de Madrid". Entre sus muchas actividades formativas, el arquitecto Santiago Vaquero también trae al recuerdo una que debió llegar muy lejos, hasta África, pues ejerció de maestro de un sacerdote carmelita de Camerún, llamado Emile Zambo Ngono, que pasó un año en Ávila, cursando el doctorado de la mística en el CITES. Igual que Benito Aldea, también se han ido recientemente en este tiempo de pandemia los canteros Luis Vázquez Rodríguez, José María Vázquez “Pito”, Edmundo Alfayate Serrano, y en el año anterior Germán de la Iglesia Martín, lo mismo que otros muchos lo hicieron en los últimos años en una lista que sobrepasaría este espacio, hombres que dejan un verdadero testimonio de la identidad cultural de ese pueblo. El testigo lo recogen ahora contados compañeros de faena, ya jubilados, quienes todavía están entre nosotros manteniendo viva la memoria del duro trabajo de antaño. Memoria que recogimos en el monográfico “El arte de trabajar la piedra” y en “Rutas Mágicas por los pueblos del Adaja” (Piedra Caballera, 1985 y 2001), y a la que Mingorría ha dedicado una calle y una fuente ornamental. Y memoria de la que también se ocuparon en su pueblo Máximo Velayos y Daniel Hidalgo, entre otros, según escribió Teodosio Sánchez Sáez (Cardeñosa, tierra de cantos y de canteros, 2013).

Todo ello, propicia que ahora prestemos especial atención a esta artesanía que, aunque hoy casi ha desaparecido en la localidad mingorriana, en otro tiempo ocupó a una gran parte de la población. Rodean este pueblo grandes piedras granillosas, algunas son de color rojizo o amarillento, y otras gris-perla con puntos negros y espejuelas, rocas graníticas se llaman.  Un buen día, el hombre se subió a ellas y, tras observarlas armado de rudimentarias herramientas, decidió extraerlas, cortarlas y darles forma. Desde entonces, hizo de la cantería su oficio y su vida, convirtiendo, sin saberlo, su trabajo anónimo de tallista picapedrero en arte, y contribuyendo con ello a crear el paisaje arquitectónico de pueblos y ciudades. Ahora es tiempo de sentir cómo se nos van “sin herederos” estos singulares artífices de la piedra, de los que ya sólo quedan las llagas abiertas en las rocas para extraer sorprendentes piezas constructivas. Y como vestigios de épocas pasadas, nos quedan las canteras explotadas a cielo abierto que salpican el paisaje de esta zona de la provincia de Ávila, como se observa en Mingorría ascendiendo a San Esteban de los Patos, en la Venta de San Vicente y La Alameda en el municipio de Tolbaños, en Brieva y junto a la presa de las Cogotas tanto en Ávila como en Cardeñosa. Hasta hace poco, los canteros de estos berrocales eran casi los únicos artesanos abulenses que trabajan el granito como hace cientos de años, de la misma manera que lo hicieron sus antepasados. 

Reencontrarse con la profesión de cantero en el tiempo es buscar en castillos y murallas, en catedrales e iglesias, en palacios y casas señoriales, y también en las antiguas plazas y calles adoquinadas de la ciudad, en puentes y en numerosos elementos de la arquitectura popular. Parece que hoy, los canteros, enfrentándose a las nuevas técnicas de construcción y a la industrialización que han invadido prácticamente todos los campos, sólo tienen una salida: la conservación del patrimonio histórico como colaboradores directos de los especialistas en restauración. Atrás quedaron los recuerdos del cantero errante cuando se desplazaba a pie de las obras repartidas por toda la geografía española, y el orgullo de aquellos trabajos de piedra que hizo para construcciones que destacan en la historia de la arquitectura. Algunas intervenciones de los canteros de Mingorría lo fueron en el Palacio de Polentinos de Ávila; el puente de Arévalo; el Ayuntamiento de Valladolid; la Universidad Laboral de Gijón; la Universidad de Alcalá de Henares; las catedrales de Burgos y León; las estaciones de ferrocarril de Ávila, Chamartín, Bilbao, Cuenca y Medina del Campo; los paradores de Ávila, Gredos, Trujillo, Arcos de la Frontera, Picos de Europa, Toledo, Tordesillas, Valle de Arán, Puebla de Sanabria y Zamora; los palacios de Bracamonte en Ávila, la Moncloa, la Zarzuela y el Congreso de los Diputados; los museos de Ávila, del Pueblo Español en Palma de Mallorca y de Santa Cruz de Mudela en Toledo; los muelles y los puertos de Barcelona y San Sebastián; los polígonos industriales de Avilés, Gijón, Mieres, Pamplona y Valladolid; el monumento pétreo de Cuelgamuros y Cruz de los Caídos en El Escorial; iglesias, puentes, edificios públicos e innumerables calles y plazas de Ávila, Madrid, Valladolid, Santander, Medina del Campo, Calatayud, Bilbao, Burgos, e incluso un hórreo en Méjico. Sin olvidar los edificios de viviendas y casas de todo tipo, los trabajos de cementerio y una gran multiplicidad de piedras ornamentales. Otros encargos de piedra labrada en forma de bancos, bordillos, jambas, dinteles, cornisas, peldaños o losas, fueron atendidos para la pavimentación de calles, o para edificios históricos o casas señoriales. Y cuando el trabajo escasea, dado lo costoso de la actividad artesanal y la competencia de la producción industrial de las grandes canteras, el cantero descansa con el cuerpo resentido de tanto «picar» mientras recuerda tiempos mejores.

El arte de la canteríaEl arte de la cantería - Foto: Edmundo AlfayateCon todo, la cantería ha sido un trabajo tradicional y característico de los hombres de Mingorría, como lo fue el de panaderos, molineros, agricultores y ganaderos. La llegada del ferrocarril en el año 1862 y la instalación de la doble vía en 1925, requirió grandes cantidades de piedra para el balasto y los numerosos puentes, por lo que aumenta considerablemente el número de canteros y comienza la explotación de una gigantesca cantera de grava y gravilla de la que RENFE fue el último patrón. La experiencia adquirida hizo que de Mingorría salieran exitosos contratistas y fundadores de fábricas en la propia localidad, Ávila y Villacastín. Otros se aventuraron como cooperativistas o se arriesgaron como emprendedores autónomos con desigual fortuna. En la actualidad, la actividad artesanal ha ido abandonándose y sustituyéndose por fábricas mecanizadas, muchas de ellas creadas por antiguos canteros. Lo que unido al envejecimiento de la población y la falta de aliciente para los jóvenes, ha reducido considerablemente la práctica artesana de este oficio hasta su extinción en Mingorría.

Atrás quedó la organización gremial de la cantería, donde cada cuadrilla estaba formada por una decena de hombres dirigidos por un jefe y entre los que había cortadores, labrantes y pinches. Ya no quedan pinches ni aprendices, porque las jóvenes generaciones hace tiempo que huyeron de este duro trabajo, mientras que los labrantes terminaron trabajando de cortadores ocupándose de sus propias herramientas, haciendo incluso trabajos de fragua. En otro tiempo, mediado el siglo XX, al gran número de canteros existentes se sumaban casi todos los labradores, quienes se ocupaban del transporte de la piedra mediante carros tirados por vacas o mulas. Por ello no es de extrañar que en los años cuarenta se labraran hasta cinco vagones de tren semanales de adoquín mosaico en Mingorría. 

La historia de Ávila es, en parte, la historia de sus piedras. Y es que de piedra son muchos de los restos encontrados del paleolítico y la edad de hierro, y ejemplos de ello son los castros de Ulaca y las Cogotas, de cuya cultura son los enigmáticos verracos. También los restos romanos y visigodos son muestras palpables de la importancia del trabajo de la piedra en estas épocas. Mientras que de la Edad Media y el siglo XVI son el mayor número de construcciones monumentales que llenan el casco antiguo de la capital abulense, por lo que no en vano, de esa época, se reconocen las figuras de los canteros del siglo XVI Juan de Mondragón y Juan de Aguirre, además de una calle dedicada al oficio en general. Sin olvidar los numerosos ejemplos que nos ofrece la arquitectura popular y la musealización del oficio conservado en el Museo de Ávila.

El arte de la canteríaEl arte de la cantería - Foto: Cantera de MingorríaRetomando las peculiaridades de la cantería, según nos contaron los canteros de Mingorría, diremos que las canteras son una formación rocosa de donde se extraen las piedras para ser labradas. La explotación se hace a cielo abierto aprovechando el granito que se encuentra a flor de tierra. El frente de cantera es por donde se comienza la extracción, y empieza de fuera adentro y de arriba abajo, formando planos escalonados o terrazas. En el mismo lugar se ha preparado un espacio libre y llano que permita la colocación del bloque de piedra para ser calzado, instalado de una forma estable y dispuesto para ser trabajado con comodidad, además permitirá el almacenaje de las piezas preparadas para su transporte. La extracción manual de la roca granítica se realizaba mediante la colocación de cuñas de acero que al ser golpeadas con el mallo rompen la piedra en bloques, los cuales serán desbastados con la maza de hierro y el pico o punterola. Posteriormente se inicia el labrado con la martelina, el cincel o puntero, el martillo de dos brocas, el trinchante y la bujarda, dando forma a la piedra con la ayuda de plantillas, baiveles, niveles, plomadas y compases entre otros instrumentos. Para el arrastre de piedras se utilizan rodillos, gatos y otras máquinas auxiliares, mientras que para el transporte vertical se usan cribas y polipastos o aparejos. La única innovación técnica consistió en un compresor y una sierra radial, lo que facilitaba considerablemente la extracción y el cortado de la piedra. 

A fuerza de repicar la roca salud de los cortadores y labrantes se resiente, agravada por las inclemencias del tiempo. El polvo del granito golpeado mezclado con el aire que se respira provoca silicosis, y muchos han pagado con su vida esta enfermedad. La postura agachada y encogida que suele adoptar el cantero y el gran esfuerzo físico que supone mover piedras produce la desviación de la columna vertebral (citosis). Las esquirlas que saltan suelen dañar los ojos y muchos martillazos que se escapan al aire ocasionan dolorosas llagas en las manos. Por todo ello a los canteros se les llama «los sufridores de la piedra». Finalmente, la conservación del legado monumental sobre el que se construye la historia de Ávila, obliga sin duda a contar con la pericia de los artesanos de la piedra: los canteros. La pervivencia, casi testimonial, de este oficio en los pueblos de Mingorría y Cardeñosa destaca frente a la abundancia de yacimientos graníticos existentes sin explotar en otros lugares de la provincia, donde esporádicamente se practicó el oficio (Sotillo de la Adrada, La Colilla, Arenas de San Pedro, Navaluenga, Navatalgordo, Ávila y Santa María del Berrocal), por ello se hace necesario un mayor apoyo institucional a esta actividad artesana que actualmente carece de alicientes profesionales por la dureza del trabajo. Aquí, no obstante, hay que destacar el papel de las escuelas taller, donde suele figurar la cantería como uno de los módulos a impartir entre los alumnos, si bien éstos rara vez continúan trabajando en el oficio cuando finaliza la escuela.

Benito Aldea formando a un sacerdote camerunés en el arte de la piedra
Benito Aldea formando a un sacerdote camerunés en el arte de la piedra



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