scorecardresearch
José Guillermo Buenadicha Sánchez

De la rabia y de la idea

José Guillermo Buenadicha Sánchez


Martes de Carnaval

04/03/2022

Encabezar columna fusilando obra de don Ramón María del Valle-Inclán debiera de estar penado por ley. No un artículo, un capítulo entero o todo un título del Código Penal haría falta, queridos tres lectores: «Delitos contra la mente más creativa e incisiva que alumbró el siglo XX». En mi caso concurre además la agravante de reincidencia: de joven siempre afirmaba ser «carlista por estética» cuando se me requería orientación política. Hoy me refugio en el PACMA Facción Taurina.
Tardé en darme cuenta de que el título de la trilogía teatral no se refería al entierro de la sardina, pleno hoy de máscaras y disfraces sin sentido en una sociedad que ha asumido como normal usarlas todo el año a través de los cobardes perfiles falsos en las redes sociales. Ni trata sobre las insustanciales burlas, efímeras chirigotas o manidas esquelas contra el poder que abundan en estos días; en el fondo una espita que periódicamente descarga algo de vapor de la olla social, para que el pueblo se crea feliz por cantar las verdades del barquero y los que mandan sepan que todo sigue atado y bien atado. El truco lleva funcionando ya varios miles de años. No, Valle-Inclán hace un genial juego de palabras, por el que los militares —los «Martes», o dioses de la guerra— son ridiculizados a través del esperpento y convertidos en fantoches, en carnavalescas figuras, usando el honor mancillado.
Puede parecer hoy necesario rechazar a todos los Martes que pelean en Ucrania, pero quisiera poner el foco en otra diosa, menos conocida, que legó su nombre a un concepto: Pax, la romana réplica de la griega Irene. Curiosamente, diosa cuyo culto fomentó Augusto bajo la garra de sus militares legiones; pacifista a la fuerza. Hoy en día la paz está de moda: proliferan los buenistas carteles del «No a la guerra»; abundan los poemas de Gloria Fuertes y Miguel Hernández; se vacían los alféizares de tanto usar las palomas que en ellos antes defecaban para colocarles una ramita de olivo y subir la imagen a Instagram; las corporaciones locales, los orfeones de música o las asociaciones de posticería emiten solemnes comunicados de condena a la violencia; arden las redes sociales por ver quién pone más epítetos nazistas a Putin, aprovechando la ocasión para identificarlo con unos u otros rivales políticos, convirtiendo así el rechazo a un agresor en implícita agresión. 
El pacifismo cotiza alto, pero en la bolsa de la ingenuidad, porque el ser humano es irremediablemente violento, lo mismo que no puede abstraerse del hambre o la sed. La socialización y la educación intentan enmascarar los instintos, pero siguen ahí, aunque los ignoremos o creamos superados. Es curioso cómo los mismos que criticaban la represión eclesial de un rasgo animal —la libre sexualidad humana— pretendan que sometamos ahora el instinto de la agresión, de la atávica caza, de la seguridad o la defensa. Los idílicos mundos de Yupi que algunos antibelicistas quieren seguramente no ayuden a la defensa de Kiev, porque nunca alcanzaremos la domesticación más difícil, la del hombre. Sonará mal, pero es preferible que haya Martes, para garantizar la existencia de una Pax que permita burlarnos de ellos en estos días de triste carnaval.