En corto y por derecho

Chema Sánchez


Lejos en la cercanía

06/03/2021

Me van a permitir que no aborde el 8-M porque de eso ya se han escrito y se escribirán ríos de tinta. Habrá unos repartiendo estopa por una cosa y los otros por la de más allá, a cual con más razón, por supuestísimo, por su intrínseca sabiduría e ignorancia absoluta del contrario. ¡Cómo nos gusta tener contrarios en este país! Sin ir más lejos, en estos días, y haciendo buena la elección del color que representa a esa jornada, el morado. Solo apuntaré -aunque, quién me manda- que, a menudo, los adultos tenemos menos sentido común y coherencia que los niños. Ellos, por cierto, se perdieron las cabalgatas de Reyes. Ni un pero. Y siguen dando una lección con su saber estar en los colegios, durante días con temperaturas incluso bajo cero. Mucho menos quejosos, por cierto, que algunos de sus queridos maestros, a los que se ha reconocido el esfuerzo ímprobo realizado, mucho más que a otras profesiones que desde el minuto cero estuvieron al pie del cañón, acudiendo a oficina, y de las que nadie se acuerda o critica. Para hacérselo mirar, oigan.
Sí me dejarán que hable de un año raro, el transcurrido desde aquel sábado 14 de marzo de 2020. Hemos vivido doce meses en los que preferíamos, a pies juntillas, un negativo a un positivo; en los que vimos demasiadas curvas, y en los que las olas, tres a falta de alguna más, dejaron de recordarnos al surfero que surca el mar, para suponer un maremagnum de esfuerzo sobrehumano al personal sanitario que, con razón, ha acabado hasta el gorro de chiquillerías de niñatos -de muchas edades-, y casi renegando de la especie humana. Meses en los que nos acostumbramos a los PCR, las FPP2 y el gel hidroalcohólico, y lo que nos vayan echando.
Hemos vivido un tiempo, en fin, en el que nos hemos familiarizado con cierres perimetrales, los aforos, con los piques entre gobiernos territoriales -incluso hemos vivido una modalidad novedosa, la bronca vivida en el corazón de las coaliciones, porque es el momento de ver a quién le mide más… el cerebro-. Con macroterrazas en mitad de las calles, con el puñetero saludo con el codo, con nuestros mayores ojerosos por llevar mascarilla hasta que la china le tocaba a alguien cercano, conocido y querido… 
Hemos estado, no obstante, con la lupa puesta. Observando a todo bicho viviente -menos al virus-, por ejemplo a esos imbéciles que hacían la fiesta por su cuenta, para posponer la de todos. 
Ese virus invisible y diabólico que ha hecho la puñeta y ha tenido el poder de poner delante de nuestros ojos que no somos más que gotitas de agua en mitad del océano sigue ahí. Nos ha convertido en sus parejas de baile de manera directa -por desgracia para muchas familias- o indirecta, cambiando rutinas, destruyendo proyectos y variando para siempre planes vitales en muchos hogares. Un fastidio.
Se añoran momentos, personas, atmósferas a las que nos hemos obligado no acudir por un tiempo. Volverán esos momentos, que decía la canción. Seguro. El abrazo sentido, la sonrisa completa, la de oreja a oreja. El beso como Dios manda. Y ya dejaremos todos de estar lejos en la cercanía. 
Este virus nunca dirá adiós. Nunca. Ha resultado ser un ciclón. Aprenderemos a vivir más allá de él. Con alguna que otra herida, en el corazón o en la libreta del banco, pero si de algo podemos presumir en este triste aniversario es de que nos hemos adaptado a las circunstancias. Podremos con esto y con menos. Ya me entienden.