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Chema Sánchez

En corto y por derecho

Chema Sánchez


Aprovechar la jornada de reflexión

12/02/2022

Y llegamos a mediados de febrero con una singular cita electoral en ciernes en Castilla y León y unas perspectivas de participación en ella, inicialmente difusas. Hoy los candidatos saldrán a montar en bici, leerán el ensayo de moda, irán a misa, verán a sus hijos y demás tópicos pre-comicios. Si hacemos caso al CIS, con unos ganadores, pero si miramos al resto de encuestas, con otros. Ahora bien, lo que es una certeza es que todos, a su manera, y desde su singular e interesada óptica, serán ganadores. Sin un resquicio de duda. 
De manera que, me ha dado por pensar en la sinceridad como un elemento prescindible en los tiempos que corren, a la par que como arma de doble filo. No gusta. Parece que lo de decir las verdades, aunque duelan pero luego sanen, ha quedado desfasado. Por no gustar, no gusta ni al apuntador. Los que mandan disfrutan más de camarillas que mueven la cabeza como esos perritos colocados, amenazantes, en la bandeja trasera de los Renault 5, asintiendo a cada paso. A ser posible, el pack de asesoramiento debe incorporar un brazo XL para dar palmaditas en la espalda. Ay, la palmadita en el lomo, ¡cuánto daño ha hecho! Somos muy de guardarnos los dolores, que recitara Chiquito; de guarecernos en nuestro caparazón, pero, parece absurdo, ¿no? Eso sí, lo de mostrar posturitas en las redes sociales, eso, eso se nos da mejor que a los Bardem Cruz opositar a los Oscar. De manera que, planteemos una escena: cafetería, once de la mañana de un día cualquiera. En mitad del bullicio del descanso matinal, el break, que dicen los no tan modernos, un compañero del trabajo le pregunta a otro: ¿Cómo te encuentras? A ti, que eres amigo, te voy a contar la verdad: Jodido, tío, estoy yendo al oculista porque tengo desprendimiento de retina. Llevo dos meses con un estrés increíble y me afecta a los ojos. Al momento, pasa otro compañero, con el que hay menor contacto. Éste pregunta, por aquello de quedar bien, por compromiso, y el primero le suelta un: «Mejor que nunca, je, je, a ver si sacamos los atrasos del curro». ¡Toma castaña! Sin despeinarse. Al menos, un Goya para ese hombre, ¿no? Esos filtros automáticos que nos ponemos a modo de instagramers de la verdad, no hacen más que dañar nuestro sentido común. Hombre, no digo yo que vayamos contando nuestras penas a grito pelado, por los sitios más concurridos. Eso no. Pero de un extremo al otro hay recorrido. Podríamos definirlo como un autoengaño a la carta. Sí, porque, a mi modesto entender, la sinceridad es lo que mueve el mundo, aunque eso conlleve no ser el más popular de la fiesta. Aunque suponga al que escucha las verdades del barquero sufrir un shock inesperado en ocasiones, del que, por otra parte, se suele recuperar. Pero, si quieres aplaudidores a tu alrededor, si no tienes quien te diga que lo que haces es inapropiado, ridículo o incluso lesivo para tu entorno, tienes un problema. ¡Y lo sabes! Toda esta reflexión viene a cuento de que esa sinceridad ha pasado a convertirse en segundo plato en el conjunto de valores principales que mueven a nuestra sociedad. Antaño una situación anómala aparecía denunciada en un medio de comunicación y suponía escarnio al menos por un tiempo para los afectados. Ahora no. En dos días, todo olvidado. El estercolero ha crecido tanto que nos parece normal cada nueva palada de basura. También tiene mucho que ver eso de haber apuntado, disparado y que, posteriormente, donde dije digo digo Diego. Impunemente. Todos tenemos parte de culpa. O así lo creo yo. Vivimos en un país en el que, para que alguien reconozca una equivocación, prácticamente ha de estar a las puertas del cadalso. Los síntomas son preocupantes. Se miente de manera impune, se realizan afirmaciones en contextos supuestamente serios sin un análisis mínimo, sin preparación ni meditación, y eso, en ocasiones, conlleva daños, más allá de lo visible. Del buenismo pasamos al bienquedismo sin solución de continuidad. Y los resortes se debilitan, como se debilitan las cuerdas de tender la ropa pasado un tiempo. En el día de hoy tiene lugar la jornada de reflexión. Tal vez sería buen momento para hacerlo de verdad. Y no hablo sólo de nuestros políticos, que no pueden ser el comodín del público para todo. Ya me entienden.