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"Hay que conocer el pasado para amar el presente"

E.B.
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Adolfo Yáñez ha dedicado su vida al trabajo y al estudio. Un abulense que se siente imbuido por el espíritu de aquellos que poblaron la ciudad y que se estremece cuando pasea sus calles al caer la noche

"Hay que conocer el pasado para amar el presente" - Foto: David Castro

Adolfo Yáñez es tranquilo de naturaleza y vivo de palabra. Pausado en sus movimientos pero contundente en sus reflexiones, y seguro de sus valores vitales, transita por la vida con la convicción de que actuar rectamente es lo más preciado que puede acompañar a una persona.

Nació en Arévalo, en el seno de una familia humilde y trabajadora. «Vivíamos en la antigua aljama de la localidad, allí pasé mi infancia en unos momentos duros, en los años de la posguerra, con alguna carencia inimaginable para la gente joven de hoy, con una gran lucha de nuestros mayores para sacarnos adelante», nos dice. «Recuerdo el brasero de cisco, a mi hermana siempre cerca de mí, pequeñas pinceladas de una vida sencilla».

Cursó estudios de magisterio y de filosofía con los Salesianos de los que guarda un recuerdo magnífico, «fueron años muy felices, la educación salesiana dejó en mí una impronta imborrable, allí nacieron muchos de mis valores como persona, muchas de las aficiones que tengo por la lectura, por la música surgen en esa época. Aún estando distante, quizás, de algunos de sus planteamientos,  mi admiración, mi cariño y mi agradecimiento hacia mis educadores es firme» apunta.

Tras finalizar los estudios empezó a dar clases en un colegio de huérfanos ferroviarios en la Dehesa de la Villa de Madrid pero muy pronto volvería a Arévalo para incorporarse a un trabajo en la Caja de Ahorros de Ávila. «Las Cajas de Ahorros fueron el invento financiero más fantástico de los tres últimos siglos, eran entidades que pensaban en la sociedad, que trabajan para la sociedad, que no tenían otros accionistas más que la sociedad» nos asegura. «La mayoría de las Cajas nacieron al final del siglo XIX, la de Ávila en el año 1878, y supusieron un impulso fundamental para la vida de muchas personas, las Obras Sociales de las entidades eran realmente admirables, siempre me enorgullece haber trabajado allí». 

Y de aquí, de este trabajo, surge tu traslado a París.

En un momento determinado la Confederación Española de Cajas de Ahorros, que fue el organismo centralizador de todas las Cajas en España, vio la necesidad, al final de la década de los años 60 y principios de los años 70, de abrir delegaciones en el extranjero para acercarse a la enorme inmigración española que había en países como Francia, Alemania, Suiza, Bélgica, etc. Para ello pidieron profesionales que conocieran idiomas y como yo en mis años de estudios en Madrid también había aprovechado para estudiar francés, solicité una de esas plazas fuera de España. Tuve la enorme fortuna de que me mandaran nada menos que a abrir la delegación de París, y allí me fui en 1970.

¿Qué recuerdos guardas de esa época parisina?¿Cuáles fueron los contrastes con tu vida de aquí?

Esta oportunidad fue un mirador fantástico, me trasladé a un país totalmente libre desde una España aún constreñida por el régimen Franquista. Era alentador encontrarte con prensa libre, con medios de comunicación libres. Hacía menos de dos años de mayo del 68 y la ciudad estaba imbuida de ese halo de modernidad, sonaba la música de los Beatles, había libertades en todos los ámbitos, incluido el de las relaciones sociales o personales, impensables en nuestro país, las mujeres estaban mucho más empoderadas que aquí, en general se respiraba un ambiente distinto y muy inspirador para alguien joven llegado desde España.

También en ese periodo pasaban por París Felipe González, Chiqui Benegas, la Pasionaria, Santiago Carrillo. Aunque yo nunca me he identificado con aquellas ideas comunistas, si me gusta el respeto a quiénes no piensan como yo, y era un cambio radical para mí el poder escuchar en directo o en la radio cualquier planteamiento sobre cualquier cuestión sin ningún problema.

Estuve en Francia ocho años y desde esa atalaya vi también los cambios en España, recuerdo comprar todos los periódicos franceses el 20 de noviembre del 75, recuerdo esa apertura de perspectivas de nuestro país, observándolo además desde el punto de vista de como lo interpretaban los franceses.

En el plano laboral ¿cómo recuerdas esta etapa?

Absolutamente sorprendente y enriquecedora. Entré en contacto con aquellos españoles que salieron de aquí en el año 1939, que llevaban decenios de pesares a sus espaldas, que amaban a España, que habían tenido, muchos de ellos, oficios muy humildes: fogoneros, linotipistas… que sufrieron aquí una guerra civil y allí la segunda guerra mundial y que militaron en el ejército francés. Muchos entraron en París en las primeras columnas que liberaron la ciudad de los nazis.

El trabajo, al igual que toda la experiencia parisina, era también inspirador.  Fundamentalmente contactábamos con españoles que estaban allí y les ofrecíamos los servicios de las Cajas para transferir el dinero a sus familias en España. Deberíamos poner en valor el esfuerzo de esos españoles que trabajaban en la emigración y conocer la importancia que tuvo su desvelo para el avance de nuestro país. Fueron miles de millones de divisas que llegaban a España a través de su dedicación.

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