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Fernando Romera

El viento en la lumbre

Fernando Romera


Eurovisión se canta en las Cortes

02/02/2022

No sé si reirme o preocuparme. Lo primero que me sale es reirme. Yo creo que no lo he vuelto a ver desde que ganó ABBA, y, por entonces, era un niño con pantalón corto. Y no lo veo porque no me siento capaz de escuchar canciones que desconozco durante más de dos horas y, menos aún, soportar que un jurado vaya cantando los puntos como quien canta las horas, en una especie de nochevieja en bucle, pero sin uvas. Lo único que recuerdo en este enorme descanso que me he tomado de Eurovisión son Remedios Amaya y el Chiquilicuatre; y creo que no debimos de salir muy bien parados. Era un festival con su gracia en los años 60 y 70, porque era esa época de melodismo simpático que nos regaló canciones como Waterloo, Save your kisses for me, Poupée de cire, poupée de son... y era parte de esa otra dorada del «vía satélite» que nos flipaba tanto y que nos llevaba a ver horteradas enormes como 300 millones y el otro festival de la canción que era el de la OTI. Por todo esto, nunca pensé que dedicaría una línea a hablar de Eurovisión. Hasta esta edición. No sabía cómo se seleccionaba la canción, quién había ganado, a qué género sonaba (aunque sospechara que no pasaría del ritmo reguetonero y sosillo que caracteriza el pop urbano en español), ni sabía tampoco que levantaba un interés tan grande en el personal. A lo mejor he estado equivocado todo este tiempo. Pero cuando lee uno el periódico y se encuentra con que un sindicato y unos partidos políticos con representación en las Cortes nacionales levantan la voz, debe de ser porque las pasiones, que son votos, también han de ser muchas. ¿De verdad que la política se va a meter en esto? ¿A este grado de horterada ha llegado la cosa pública? Da igual qué o cómo sean el resto de las canciones. Si se me apura, me da igual si el jurado ha sido más o menos justo: a los festivales, supongo, se va a ganar, no a llevar banderitas que no sean las del país. Pero se ve que en España el Estado ya quiere decidir hasta si la tortilla de patata ha de llevar cebolla o no. A todos nos parece que el país no está para estas cosas y que jugándose una recuperación económica y una reforma laboral que no se cierra, que un sindicato y un par de partidos gallegos caigan en el provincianismo más rancio por un festival caduco, es para hacérselo mirar. Claro que, detrás de todo esto están las dos canciones que no ganaron (me he preocupado por indagar un poco). Una en gallego y otra con mensaje de género. Por haber cosas, hasta los políticos se han dividido entre unos y otras. Se ve que el festival mueve más telespectadores de lo que uno piensa. Lo preocupante de todo lo que está pasando es cómo el poder se intenta instaurar en todo pequeño resquicio de la vida cotidiana; cómo pretende involucrarse en cada uno de nuestros momentos del día. Toda ideología que lo intenta se convierte en eso que Lyotard llamaba un «gran relato», es decir, un pensamiento totalizador y despersonalizante. No voy a aburrir con esto a nadie, porque ya es bien sabido y, en no pocos casos, bien sufrido. Para escribir este artículo me he tenido que escuchar las tres canciones en cuestión. Aburridísimas todas, de verdad. Pero para gustos los colores y no será uno quien se meta en quién y por qué debe ganar un concurso. De ellas, quizá uno hubiese votado a otra; pero es lo mismo. Ahora le dicen los señores y señoras de CCOO, del BNG y de la Marea Gallega que la muchacha que ya se veía en la final que no, que ahora no. Que van a ir otros que encajan más en la línea ideológica del gobierno; que le van a hacer un Serrat y un lalalá, que es lo que ocurrió cuando fue Massiel a ganar y dejaron al catalán con un palmo de narices. Los que criticaban esas cosas de cuando Franco, son los mismos que ahora protestan estas otras. Se ve que en este país no se aprende nunca.