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José Ramón García Hernández

Una vez más

José Ramón García Hernández


No nos gusta la remolacha

23/01/2022

En un mundo en el que los gustos los determinan los Big Data, es casi imposible encontrar un «alma gemela» con tan poco esfuerzo. Nos invita Ernesto a cenar. A Ernesto no lo conocí por azar. Me agarró con una pregunta, si había conocido a Bruno García-Dobarco. Para muchos diplomáticos del mundo, no hace falta más carta de presentación. Para los amigos, medicina para el alma.
Ernesto es un anfitrión mexicano en toda la dimensión de la palabra. Sin literatura no encuentra apoyatura, sin generosidad no encuentra tranquilidad, sin travesura no encuentra andadura. Y como está tomando manjares prestados de todos los árboles prohibidos para poder deleitarnos, viene la inevitable pregunta post-moderna cuando invitas a alguien a cenar, ¿Hay algo que no les guste, no les provoque? Y esta vez por estimular a un lenguaraz castellano de Ávila a responder, le conté lo de la lactosa de una, lo del gluten de la otra, la alergia sentimental al picante de la otra, lo poco que come uno que prefiere solo jugar, y la curiosidad de quien se está abriendo al mundo y quiere probarlo todo, y para empezar solo un poquito. Y servidor, como redoble final le espeté «no como remolacha» como si profiriera una sharía de imposible cumplimiento para el que la escucha. Con un tono muy de 'Como agua para el chocolate' me tuvo que responder, «tú crees, a mi tampoco». Como si nos hubiéramos recitado pasajes completos de los hermanos Karamazov, para caminar así de la mano. Este Ernesto que debe llevar el nombre así de bien puesto como si fuera descendiente de argentino y no sólo de Cuernavacas.
 Yo creo saber la razón por la que no me gusta la remolacha y seguro que algún lector de los que llega al final de los artículos me puede ayudar. En este viaje de sucesión de estaciones que he tenido que seguir desde hace muchos años, una de esas paradas en la para mi maravillosa Inglaterra, mis amigos me dejaron abandonado de una forma que solo pueden hacer unos propios británicos. Se iban de vacaciones unas horas antes de que saliera mi avión y me dejaron en manos de la primera vegetariana que había conocido hasta la fecha un amante intensivo del chuletón de Ávila en todas sus versiones. Sharon, creo recordar, me preparó una ensalada como solo se puede preparar por aquellos que aman lo verde por encima de toda consideración estética, excepto por un punto. Todo estaba con esa remolacha de ese color tan profundo que sólo los que la viven pueden apreciar. Pues iba a probarla por todo lo que había escuchado de sus propiedades salvíficas, cuando llegó el gato de Sharon a comerse, relamerse, mordisquear y chupar la remolacha de mi plato como si fuera el suyo, y eso que probablemente lo fuera, para compartir lo que probablemente era siempre y solo suyo. Yo todavía no había vencido ese estúpido prejuicio de comerme lo que el gato había señalado, que dejé la ensalada en el plato, cogí mis maletas sin aspavientos, pero con determinación, y me fui antes de lo inopinado y previsto gritando «libertad sin remolacha», dejando a Sharon con su gato, su ensalada y su hortaliza Beta mezclada en ADN gatuno. Superior a mis fuerzas y motivo de silenciosa soledad en la manía, que nunca me atrevo a responder cuando me preguntan por alergias o fobias, y si me lo ponen en el plato lo aparto o lo ofrezco y lo pruebo. Todo esto hasta este pasado domingo en el que por fin pude sentirme compartido con Ernesto, casado con polaca a la que sin consideración llama Güera porque es escandalosamente rubia y vendedora de libros de cocina de éxito, de cálida sonrisa y corazón. Sentí que había llega a la libertad de aquella parada que tomé en Kent y me llevó a Oslo, dándome una vuelta no apta para daltónicos, y pidiéndole a Ernesto que gusta de lo trágico, que no se distraiga con lo cómico de las anécdotas del protocolo. Que cuente cuando se quedaba sólo con el Tigre en la jaula de aquellos que de verdad se arriesgan a buscar sus sueños en Santa Ana. Por eso lo pedí, que lo escriba, para que no se pierda en el olvido que seremos, para que así no parezca que sólo a uno y a uno sólo le puede disgustar la remolacha.