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Emilio García

Desde el mirador

Emilio García


Los salvadores de la España pobre

24/12/2021

Existe un movimiento político –que no social– que está dando mucho que hablar en España en estos últimos tiempos y que, cercana la nueva cita electoral, se está convirtiendo en noticia diaria; esa que venden los medios subvencionados que forman parte de la agitación ideológica española.
De repente vemos como esos agitadores «sociales» no son otros que periodistas y politiquillos de tres al cuarto que quieren subirse al carro de iniciativas que solo tienen un interés: volverlos al escaño político del que salieron algún día por diversos motivos.
El «bienestar y progreso de todos los territorios» (Gobierno dixit) no solo no está en distribuir la administración estatal aumentando el gasto público, sino en gestionar adecuadamente lo que corresponde. Eso sí, pensando que el objetivo único es el ciudadano.
Y aquí está el problema, que no la solución, porque el ciudadano «aparentemente» pinta mucho en estos movimientos que se están generando por toda la geografía española, pero no son los que realmente se verán beneficiados si se alcanzan algunas de las metas propuestas.
Tengamos claro que lo que menos interesa en estos grupos es la «despoblación» existente hoy en España. Recordemos (sin contar con las capitales y poblaciones mayores): 7 provincias están con una densidad de población inferior a 12 habitantes por km² (Burgos, Palencia, Soria, Zamora, Huesca y Teruel); 11 se sitúan entre los 12,5 y 25,5 habitantes por km²; 5 superan los 25,5 habitantes por km²; y el resto se consideran pobladas. De acuerdo con el informe de FUNCAS ('La despoblación de la España interior'. 2020): "El grupo formado por Ávila, Cuenca, León, Zamora, Salamanca, Lugo, Ourense, Segovia, Palencia, Soria y Teruel, es el que conforma el núcleo duro de la despoblación en España… son las provincias que han perdido más población, las que tienen menos densidad de habitantes/km² y una población más envejecida".
Estos datos solo son tenidos en cuenta para agitar la vida política española, puesto que no son el punto de partida de una propuesta de futuro profunda y rigurosa, sino más bien para consolidar a numerosos exdirigentes políticos de todos los partidos –granujas de medio pelo que diría Woody Allen– en su camino hacia el sillón.
Los derechos de cualquier ciudadano contemplados en la Constitución tampoco son hilo conductor de este movimiento. Más allá de las mil y una reuniones que se han realizado hasta la fecha por todo el territorio despoblado –algunas con unos principios claros hacia la defensa de sus legítimos intereses territoriales–, actualmente –en la deriva apreciada en este gran movimiento– no se vislumbra un horizonte iluminado por el sentido común. Muchos grupos, en aras a unir fuerzas en sus reivindicaciones, se han dejado atrapar por la palabrería de nuevos vendedores de humo que, una vez más, les engañan para conseguir beneficios espurios; están teledirigidos para aupar a un líder (luego pagas al testaferro y el resto es silencio).
No hay que confundir, pues, la legítima defensa de unos servicios públicos eficientes, infraestructuras y telecomunicaciones adecuadas y la igualdad de derechos, con aquellos otros que manejan (aprovechándose del momento) los demiurgos sociales que se erigen en defensores de lo que nunca han vivido. Ojo con los populismos de tres al cuarto; experiencias suficientes tenemos en España. No hay que dejarse contaminar por adalides de verborrea mediática, que amplifican el mensaje como simples agitadores que esperan poder pescar en río revuelto (es triste ver cómo se manejan los medios).
Es una falacia pensar que si se consiguen diputados o senadores (recordemos que todos son representantes nacionales) ya está todo resuelto. Lo auténtico es la manipulación que se hace de las personas para conseguir un resultado beneficioso para unos pocos (las poltronas que se quedarán en los elegidos).
Tendemos que recordar al maestro Delibes y su obra 'El disputado voto del Sr. Cayo' (1978), que en su versión fílmica nos dejó otro gran papel de Francisco Rabal, para entender qué ha pasado en España desde el inicio de la Transición, sabiendo que nada ha cambiado aunque todo aparentemente haya cambiado.