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José Ramón García Hernández

Una vez más

José Ramón García Hernández


La extinción de los malotes

27/11/2022

Como casi todo lo que ocurre en la actualidad, parece que vivimos condenados a una fragmentación social producida durante mucho tiempo y por muchos factores, siendo el principal la revolución tecnológica de los smartsphone y big data,  que han derivado en lo que parece una ensalada social; muchos elementos, pero sin mezclarse, y a su vez todos necesarios para generar una comunidad o no. 
La explicación de la sociedad por clases sociales o ideología está de capa caída, aunque preserve un poco de su realidad, sobre todo porque poseen pretensión de totalidad, de universalidad o de intentar dar una explicación más o menos válida en función de la hora del día. 
Ahora dirigirse a los ciudadanos, se convierte en algo vago casi etéreo, porque aparece de forma inmediata la pregunta, que no es menor, de a qué ciudadanos me dirijo. Ya no digo nada si digo españoles, familias, hombres o mujeres, etc… A qué españoles, a qué familias, a qué hombres o a qué mujeres.  De ahí el concepto de identidades abiertas o líquidas que tanto estamos oyendo hoy en día. Que sin embargo luego desembocan como si fueran un rio natural en el mar artificial de las identidades cerradas, y unas enfrentadas a otras que esto es lo primordial, porque básicamente son distintas y entre distintos parece que no es posible la comunicación. Yo siempre afirmo que desde que tengo uso de razón sólo he conocido a gente distinta, y por eso me desenvuelvo bien hablando con todas y todos los distintos con los que me he ido encontrando en mi caminar. 
Ese argumento de identidades que al principio eran abiertas y luego se cierran herméticamente aparece provocado por el famoso día de acción de gracias. Al principio eran protestantes, que generan luteranos, calvinistas y a los «padres peregrinos» que eran «puritanos no conformistas». Menos mal que frente a Halloween, que aquí algunos aceptan por parecer un prólogo de un inofensivo carnaval, lo del pavo todavía no lo veo, porque el riesgo de que se te quede seco es mayor a que se te pase el arroz o la paella. Pero todo se andará.
La discusión me la sirve en bandeja una conversación con mi hija Gadea que está teniendo que ver un mundo para el que las referencias, como para todo adolescente que se precie, son prestadas y a veces no por quienes consideran que procedan del mejor banco de conocimiento, es decir, cualquiera de sus progenitores o padres. Viven su vida con la intensidad del presente, como lo hicimos antes de ella todos nosotros. Como si ese presente fuera nuevo y sólo nuevo, inventado casi por ellos y diseñado sólo para ellos. Ya ha escuchado unas cuantas veces, esa frase de Churchill sobre lo sorprendido que estaba por lo que habían aprendido sus padres en los últimos tres años cuando con 18 añitos se fue a la guerra y volvió con 21. Para hacer justicia a Gadea, ella no está allí, si no esperando a puerta gayola al toro que todos tenemos que lidiar de forma individual y que básicamente llamamos vida. ¡Suerte y al toro!
La pregunta vino porque tras la explicación de que en los 80 convivíamos una serie de tribus urbanas que tenían más de aparente que de radical separación, entre las generalidades de los pijos, los heavies, los rockers, los punks, los mods, estaban los «malotes» que eran transversales a todos, es decir, existían en cada tribu urbana y con unos rasgos siempre similares que para mí escondían mucho más de fragilidad que de autenticidad, aunque la capacidad para fastidiar era evidente. Le pregunté si los «malotes» seguían por ahí, a lo que me contestó de forma directa y casi sin poner atención como cuando Javier habla de los dinosaurios, «se extinguieron». Para mi ha supuesto un choque, porque pensé que era un fenómeno natural y consustancial a la naturaleza humana, pero constatar que incluso «los malotes» se extinguen, me hace pensar que casi todo lo que vivimos también acabará. Sólo pido como San Simeón que pueda verlo, para volver a contarlo, junto con otro mundial ganado por España.