Tomás Ferrero Gutiérrez ha pasado hace unos días a formar parte del selecto club de personas centenarias. Ya sólo por esta circunstancia relevante de su cronología personal su onomástica es un acontecimiento que despierta interés; pero además concurren otros ingredientes que hacen de su persona un personaje de interés. Tomás nació en el pueblo abulense de Urraca Miguel el 16 de abril de 1912 y el merecido homenaje que le han tributado en la localidad abulense de Becedas, con la adjudicación del título de «Hijo Adoptivo» de la localidad, se debe a que ha pasado entre ellos la mayor parte de su vida distribuyendo la correspondencia entre la población de esta localidad.
Tomás, comenta orgulloso, que ha vivido momentos de tres etapas políticas en su vida. La república, la dictadura y la democracia. Tiene una vida repleta de experiencias interesantes que refiere vívamente con amena locuacidad. El secreto para haber llegado al siglo de existencia en esas envidiables condiciones lo resume Tomás en el célebre «vive y deja vivir», que él explica diciendo que nunca ha tenido problemas ni rencillas personales con nadie... «incluso aunque hubiera veces en que hubiera de renunciar a mi derecho para eludir las confrontaciones».
Tomás Ferrero, el cartero centenario de Becedas es hijo mayor de cuatro, fruto del matrimonio de de un agricultor y una madrileña afincados en Urraca Miguel. Dio en la escuela de ese pueblo los primeros pasos de su instrucción haciendo palotes y perfiles. A los 14 años se implicó en las tareas del campo y la ganadería que requerían las necesidades familiares y durante unos años, con una yunta de vacas y 2 caballos, trabajó las tierras ayudando a su padre en el campo.
Para cuando Tomás rozaba los veinte años, ya abrigaba inquietudes para abandonar la rudeza de la explotación agraria y ganadera de aquellos años y había puesto sus miras en otras ocupaciones.
Habló con su padre y le expuso su deseos. Un tío de Tomás, que trabajaba en Avila como funcionario de Correos, fue quien le abrió la puerta a su nueva vida de cartero.
En 1933 había plazas de cartero en Las Navas del Marqués y en Becedas de modo que con el asesoramiento de este familiar, solicitó la plaza a través de un escrito remitido a primeros de enero de ese año al Illmo Director General de Correos en Madrid. La respuesta a la solicitud llegó a finales del mismo mes con la que se le adjuntaban a Tomás sus credenciales como cartero rural de Becedas, con un salario de 1.916,25 pts/mes; o cómo Tomás puntualiza «Eran 7 horas diarias a 0,75 pts/hora».
Recuerda con detalle el día en que cogió el autobús para tomar posesión de su nuevo puesto de trabajo: «Había una parada junto al hotel Jardín en la Calle San Segundo. Entonces eran coches de poco mérito. Me presenté al conductor y llegué horas después a Becedas, que por aquel entonces tenía un a población de unos 1.700 habitantes. Allí me alojé de alquiler en una casa particular.»
Los primeros días de su trabajo fueron ciertamente complicados porque entonces en el pueblo las calles no estaban señalizadas con sus nombres en placas identificativas como lo están ahora y, además, mucha gente compartía apellidos. A todo ello se añadía la falta de costumbre de consignar el remitente en el reverso de la correspondencia, por lo que hubo ocasiones en las que las cartas no encontraron a su verdadero destinatario en el primer intento.
Tomás se talló en Becedas, como hacían los quintos en aquellos años, pero quedó exento de cupo. Luego más tarde, en 1938, las necesidades de incorporar nuevos soldados a la contienda que vivía el país propiciaron el alistamiento de Tomás como soldado de Sanidad Militar en Valladolid donde estuvo destinado hasta 1939. A su regreso a Becedas retomó su actividad como cartero otros 44 años.
44 años llevando y trayendo buenas y malas noticias a los habitantes de este pueblo que ahora le nombra hijo adoptivo. Miles y miles de cartas, certificados, telegramas, giros... Si Tomás hace memoria para recordar cual es la mejor noticia que de sus manos ha llevado a los becedenses, refiere el caso de una carta que entregó a una muchacha que aún no había cumplido la mayoría de edad. Con las noticias que Tomás Ferrero llevó a aquella chica de 16 años, la muchacha se levantó a la mañana siguiente poseedora de una pequeña fortuna que en herencia le había sido legada.
Pero todos en todos esos años repartiendo cartas también hubo momentos que Tomás recuerda con pesadumbre. Cuando se le pide que refiera alguno Tomás cuenta lo siguiente:
Él debía recoger diariamente el correo que, procedente de Béjar, llegaba para ser luego repartido entre las localidades de Becedas, Gilbuena, Medinilla y Neyla. El conductor que traía este correo nunca tuvo que esperar para entregárselo a Tomás en Becedas porque Tomás acudía siempre puntual a la cita. Sin embargo hubo una ocasión, precisamente un domingo, en que delegó en otra persona la recogida del correo mientras él se entretuvo tomando un café en el bar del pueblo. Se dió la coincidencia de que precisamente en ese día acudió a Becedas un inspector de correos que, tras descubrirlo, le recriminó su conducta.
El asunto no pasó a mayores, pero Tomás no pudo descansar con tranquilidad durante un tiempo en el que tenía pesadillas en las que era destituido. « Las cosas antes eran mucho más estrictas, sentencia».
Tomás ha tenido una larga trayectoria reconocida de implicación con las necesidades y afanes de Becedas. También en 1966 asumió la Secretaría de la Hermandad Sindical de labradores y Ganaderos. Ahora alterna sus estancias entre Madrid y Becedas, dónde sigue participando de la vida del pueblo, de sus tertulias, de la partida de cartas después de comer y de sus paseos por el pueblo. Un pueblo que ha visto con tristeza cómo iba perdiendo población, servicios y pujanza en las últimas décadas. Quizás el turismo haga que esa tendencia cambie, comenta esperanzado, porque lo cierto es que el entorno es muy propicio.
Ojalá que así sea y que Tomás pueda verlo.
Ladillo Texto primer parrafo
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