El régimen sirio está seriamente tocado, pero no se rinde en ningún momento. Y es que después del atentado del pasado miércoles, que acabó con la vida del ministro de Defensa y de otros cuatro altos mandos militares, el presidente, Bachar al Asad, abandonó ayer Damasco para refugiarse en la localidad costera de Latakia, desde donde prepara, según fuentes opositoras y diplomáticas, una «contundente respuesta» al ataque que golpeó a su cúpula de seguridad.
Ante las críticas sobre una posible huida del país para salvarse de los cada vez más intensos ataques de las tropas rebeldes, el jefe del Ejecutivo apareció en imágenes de la televisión pública durante la toma de posesión del nuevo titular de Defensa, Fahd Jasim Frij, en un edificio no identificado, aunque desde el bando insurgente aseguraron que se trata de su palacio en la ciudad mediterránea, un enclave que ya fue utilizado en el pasado por el dirigente para dirigir asuntos oficiales.
Mientras tanto, la violencia continúa en las calles, donde se registraron ataques con helicópteros de las fuerzas gubernamentales contra los principales bastiones opositores en los alrededores de Damasco, en los que murió al menos medio centenar de personas.
Esta escalada de la barbarie motivó que el jefe de la misión de observadores de la ONU en el país, Robert Mood, abandonase la nación, lamentando que el territorio no esté «en el camino de la paz». Por ello, llamó «a las partes a poner fin al derramamiento de sangre» y las instigó para que «se comprometan con una solución pacífica».
Ventana cerrada. Esa última posibilidad no resulta viable, según consideraron desde la Casa Blanca, donde señalaron que «la ventana para buscar una solución pacífica al conflicto sirio está cerrada».
«Necesitamos adoptar acciones de una manera unificada para ayudar a llevar a cabo la transición que el pueblo sirio merece», agregaron fuentes del Gobierno de Washington.
Por su parte, en una nueva reunión del Consejo de Seguridad de la ONU, Rusia y China volvieron a vetar el proyecto de resolución sobre Siria, que está respaldado por los países occidentales y amenaza con imponer sanciones al Gobierno de Damasco si no deja de usar armamento pesado para hacer frente a la revuelta y retira sus tropas de las zonas urbanas.
Se trata de la tercera vez que Moscú, un aliado clave de Al Asad, y Pekín utilizan su poder de censura en el cónclave para impedir la aprobación de multas cuyo fin es aumentar la presión sobre el régimen y detener la violencia en el territorio árabe.