Diario de Ávila
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Seguridad

Siglo y medio en alerta

David Casillas - domingo, 3 de febrero de 2013
Se cumplen 150 años desde que la reina Isabel II sancionase el reglamento, elaborado por el Ayuntamiento abulense, por el que se creaba oficialmente la Compañía de Bomberos de Ávila

Una Real Orden firmada por la reina Isabel II el día 3 de febrero del año de gracia de 1863 aprobaba, con algunas pequeñas modificaciones, el reglamento que para la creación de la Compañía de Bomberos de Ávila había elaborado el Ayuntamiento de la ciudad, dándose así carta de oficialidad y ‘realeza’ a un servicio muy demandado por la sociedad abulense desde hacía no poco tiempo y que bajo otra denominación ya prestaba su auxilio en una ciudad que, como todas las de la época, disponía de unas viviendas demasiado fáciles de echar a arder y de unos medios en exceso precarios para luchar contra tan grave riesgo.
Se cumplen hoy, por tanto, 150 años de la creación del germen de lo que luego fue el Cuerpo de Bomberos de Ávila, un servicio que entonces quedó formado por un único bombero profesional, de nombre Faustino Rubiños, y una serie de maestros de otros oficios directamente relacionados con la construcción que, de una manera más o menos voluntaria, formaban un grupo más bienintencionado que preparado específicamente para esa labor cuando algún incendio tenía lugar en la ciudad.
La sede de aquella Compañía de Bomberos encontró perfecto acomodo en el Palacio del Rey Niño, donde Rubiños ejerció también como guarda-almacén, en una habitación que para su uso se habilitó «cerca del sitio en que está la bomba (de agua)»
Un acta municipal de aquel año de 1863 deja constancia de que siendo «muy pocos los sujetos que han concurrido para inscribirse en la Compañía de Bomberos», el entonces presidente del Ayuntamiento, León Castillo Soriano, juzgó conveniente «convocar a una reunión a maestros de carpintería, cerrajería y albañilería que reuniesen buenas condiciones a fin de excitarles para que el pensamiento se revolviese cuanto más antes». Al año siguiente se amplió el abanico de oficios que podían formar parte de la Compañía de Bomberos de Ávila abriéndose a los vidrieros y plomeros, a quienes «por una omisión involuntaria no se había hecho mérito» en el reglamento del año anterior.
Echaba así a andar, con mucha voluntad y tanta o más precariedad de medios, la Compañía de Bomberos de Ávila, integrada por 56 personas que se distribuían en diferentes cuadrillas repartidas según los barrios de la ciudad.
Disponían para su labor de una bomba de agua, de la que podían surtirse para apagar los incendios en caso de que el siniestro tuviese lugar cerca de algún pilón o pozo de los no pocos que había por la ciudad, de 300 metros de manguera adquiridos a propuesta del regidor Claudio Sánchez Albornoz y de gorras y otros útiles, medios mínimos pero mucho más sofisticados y eficaces que los cántaros que, por ejemplo, se usaban en las primeras décadas del siglo XVIII, recipientes frágiles y además escasos, tal y como quedó reflejado en acta municipal de 1824.
Durante muchas décadas, hasta mediados del pasado siglo, la Compañía de Bomberos de Ávila (que no tardó mucho en pasar a ser Cuerpo de Bomberos) mantuvo su sede en el Corralón situado al norte de la plaza de la Catedral, convirtiéndose poco a poco a un cuerpo cada vez más profesionalizado y con mayor peso específico.
De la importancia de su existencia, por la relevante labor que llevaba a cabo, da buena fe el Reglamento Orgánico que aprobó el Ayuntamiento en 1928 para fijar competencias y obligaciones, explicándose en su artículo 1 que «El Cuerpo de Bomberos de la Ciudad de Ávila es una Corporación creada y sostenida por el Ayuntamiento, cuyo objetivo es atender el salvamento de personas y propiedades en caso de incendio y la extinción de éstos, prestando también su auxilio en los hundimientos, inundaciones y otros siniestros análogos».
Se dejaba claro también el Cuerpo quedaba «organizado militarmente y por tanto su principal obligación será la subordinación y disciplina. Las faltas de obediencia serán las más graves que pueda cometer un bombero en concepto de tal y serán castigadas con la destitución inmediata del culpable».
El Cuerpo estaba entonces constituido por dos secciones, una formada por «individuos voluntarios y otra por individuos retribuidos», siendo el número de los primeros «ilimitado» y pudiendo sumarse a él «todos los vecinos de Ávila, mayores de edad, sin enfermedades ni defectos físicos que le impidan el ejercicio de la profesión». Aparte de por lo que pudiese pesar su sentido del altruismo, pocos más alicientes tenían los abulenses para apuntarse como voluntarios, ya que «no podrán recibir retribución de ninguna clase», «estarán obligados  a prestar servicio en caso de siniestro», deberán costearse «de su cuenta las herramientas, aparatos, etc que utilicen en el acto del siniestro, así como los trajes», pero, eso sí, podrían lucir un distintivo que sin coste alguno «les será facilitado por el Ayuntamiento en el acto de su nombramiento».


accidentales             y fijos
Dentro de la sección de «individuos retribuidos» había dos clases: los fijos, que recibían un sueldo anual fijo y prestaban sus servicios de forma permanente (eran solamente tres, para cubrir entre todos las 24 horas del día, y durante su turno de ocho horas «no podrán dormir ni acostarse en ninguna parte»), y los accidentales, que sólo cobraban por actos de servicio y, por tanto, se les permitía dedicarse «a otros trabajos u oficios».
El bombero que tenía conocimiento de un siniestro (bien a través de avisos de palabra o por teléfono) debía acudir a intentar sofocarlo «provisto de una bomba de mano o extintor pequeño» y pedir ayudar a cualquiera de sus compañeros de guardia permanente o de ambos y de algún otro bombero»
Labor importante era la que realizaba el corneta de órdenes, ya que suya era la responsabilidad de «avisar a sus jefes y compañeros», sirviéndose en caso de necesidad de los toques de corneta convenidos, para después de llevar a cabo esa labor de alerta sumarse al contingente encargado de extinguir el incendio.
Poco a poco, en muchas ocasiones por la urgencia de responder (casi siempre con más voluntad que medios económicos) a las necesidades nuevas que iban evidenciando los destrozos de los no pocos incendios que sufría la ciudad, el Cuerpo de Bomberos fue ganando en personal y medios materiales para hacer su servicio cada vez más profesional, eficaz y seguro.
Al tiempo que el Cuerpo se iba dotando más y mejor, su sede también fue cambiando. Pasó del Corralón de la plaza de la Catedral a unos edificios municipales situados entre la plaza de Santa Ana y la avenida de Hornos Caleros, para poco después asentarse en la Avenida de Madrid (en el edificio que está al este de la sede de la Policía Local) y trasladarse varios años después, en 1996, al Polígono de  las Hervencias, sede que hoy, con notables mejoras, sigue ocupando.
Alguna reliquia de tiempos pasados se conserva en la sede del Cuerpo de Bomberos, que actualmente cuenta con el concurso de 42 bomberos, un jefe (Alfredo Delgado), un sargento (Mariano Bernaldo de Quirós), una técnico de prevención de riesgos y tres auxiliares de segunda actividad, una plantilla que en teoría debería ser algo más amplia y que cubre toda la provincia a consecuencia de un convenio firmado por el Ayuntamiento y la Diputación Provincial. Esa plantilla, explica el jefe del Cuerpo, está perfectamente preparada para cubrir todo tipo de incidencias, no solamente incendios, gracias a una preparación constante.
El Cuerpo de Bomberos de Ávila es además pionero en la protección del patrimonio ante catástrofes, gracias a un minucioso estudio de actuación realizado precisamente por Alfredo Delgado, un manual de actuación como no existe otro en ninguna ciudad patrimonio, no sólo de España sino de todo el mundo, que ha convertido a los bomberos abulenses en referente internacional y que les ha llevado (y les seguirá llevando) por varios foros para que compartan ese interesante bagaje.
Los medios materiales de los que dispone ahora para llevar a cabo su labor son cinco autobombas, dos vehículos para rescates en altura, dos vehículos específicos para actuar en accidentes de tráfico y tres automóviles auxiliares, además de una zodiac para realizar labores de rescate o prevención en ríos y pantanos y varios remolques.
Con esos medios, los 42 bomberos del parque abulense realizaron durante el pasado año 1.800 intervenciones en toda la provincia, fundamentalmente en la capital, de las que un millar fueron salidas para intervenir en todo tipo de siniestros (incendios, accidentes de tráfico, inundaciones, hundimientos, labores de asistencia técnica y salvamentos de diferente índole) y el resto actividades de prevención de riesgos.

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