Si una abulense de toda la vida ya está enamorada de su provincia, después de realizar la Ruta de El Torozo de la mano del guía de la Mancomunidad Bajo Tiétar, este sentimiento se afianzó por la cantidad de maravillas que te descubre; un acierto de esta entidad que organiza rutas guiadas. De la mano de Santos, emprendimos camino desde el Puerto del Pico sabiendo que teníamos mucho por recorrer, pero según su recomendación «mucho por descubrir». La ruta es fácil de seguir pues está balizada por el servicio del Parque Regional de la Sierra de Gredos. Lo más duro fue la ascensión hasta un collado, para contemplar las majadas del Tío Manteca en donde nuestro guía nos explicó que se trataba de una construcción ganadera de los pastores de Villarejo. En ese punto, descubrimos un antiguo pozo de nieve que «durante la Guerra Civil parece que sirvió como depósito de armas para la defensa del Puerto del Pico», según nuestro guía.
Continuamos la ascensión y empezamos a disfrutar de vistas excepcionales de parajes que nunca había contemplado desde esa perspectiva; el vallecito del río Piquillo, con las famosas ventas, el puerto de Menga, la imponente cumbre de la Serrota, y las Parameras de Ávila, nos descubrió Santos. Me quedé absorta ante tanta belleza. Proseguimos para hacer una parada en una fuente de fresca y cristalina agua, la Fuente de las Belesas, nombre que según Santos toma de una planta que abundó en un pasado. De ahí, hasta un tramo de piornos y cambrional, y hasta una zona de praderas llamada Cervunales, con refugio y fuente que toman este nombre; un lugar muy bien planteado, pensé yo, donde descansar por la existencia de mesas o donde refugiarse de una tormenta.
En poco más de dos horas, cortísimas para mi sorpresa, llegamos a la cima de El Torozo; todo cansancio se esfumó absorta por las vistas contempladas desde la cima de esa montaña; un espectáculo que despertó en mí sensaciones especiales, indescriptibles hasta entonces. El macizo central de Gredos de frente, el Barranco de las Cinco Villas a "vista de pájaro" con sus pequeñas casitas, y un precipicio impresionante, sobre todo para los que padecemos algo de vértigo. Santos nos propuso la observación de la cabra montesa, buitres, cernícalos, gavilanes o el "avión roquero" jugando entre los riscos de Villarejo. Allí se pudo compartir un rico bocadillo y dejar recuerdo de la privilegiada visita en un buzón de zinc, cerrado herméticamente, en el que pude comprobar que personas de todas las edades me habían precedido, compartiendo conmigo esas sensaciones indescriptibles, comprendiendo que la provincia de Ávila había sido tocada privilegiadamente por la mano de Dios.