La afamada compañía vallisoletana Teatro Corsario, especializada en la adaptación de los clásicos de la escena española, ofreció ayer en Ávila, dentro del programa de la XXII Muestra de Teatro, la representación de El caballero de Olmedo, una puesta en escena muy bien medida al mismo tiempo que espectacular con la que demostró, por si alguien no lo sabía o lo dudaba, que su enorme calidad la coloca entre las mejores de cuantas ahora mismo pisan las tablas en nuestro país.
No es fácil adaptar a los clásicos, y menos obras como la de Lope de Vega elegida para la ocasión por la complejidad que presenta, pero los miembros de Corsario salieron triunfantes del reto con una representación respetuosa en la esencia pero concebida desde una sencillez estética tan minimalista, pero tan efectiva, que es un magnífico ejercicio de simbolismos.
Desde el momento del arranque de la representación, con la música de un cajón percutiendo como los latidos de un corazón desbocado y con un hombre inane centrando la atención sobre las tablas, la tragicomedia del malhadado caballero de Olmedo desfiló ante los ojos de los espectadores como una danza macabra en la que la mayoría de los hilos los movía la muerte. Porque aunque tragicomedia, con Rosa Manzano (en el papel de Fabia) y Luis Miguel García (Tello) mutando lo grave en gracia, hubo muchos momentos para la risa bien traída. Ahora bien, el excelente oficio de los actores, un magnífico juego con las luces (especialmente cuando se jugaba sólo con las cenitales) y la música en directo de la brillante guitarra de Juan Carlos Martín, fueron creando una atmósfera de tragedia, entre clásica y lorquiana, que no por conocido el final se hizo dura y directa.
Valiente apuesta esta de recrear a los clásicos, porque no es fácil ganarse al público, más que nada por falta de costumbre, con unos textos rimados llenos de perlas que a veces se escapan y unos argumentos de sobra conocidos que exigen mucha mesura sobre el escenario para no caer más que en los justos excesos interpretativos; pero por eso mismo, porque la dificultad es mayor a la habitual en esos lares, el mérito ha de ser una pizca más valorado. Aunque a veces parezcan pasados de moda, y nada hay más engañoso, ¡larga vida a los clásicos!... y ¡larga vida a las compañías que, como Teatro Corsario, posibilitan que genios como Lope no caigan en el olvido!