Diario de Ávila
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Provincia
Pueblos pequeños, grandes historias

Grandes y San Martín

Juan Carlos Huerta-Abargues - domingo, 25 de abril de 2010

Serranos o morañegos? Los habitantes de este municipio viven en la frontera de dos comarcas singulares, de dos maneras de vivir, de dos formas de relacionarse, de aprovechar los recursos y de mirar al horizonte.

Grandes y San Martín es el nombre completo de uno de los municipios más pequeños de la provincia, con 41 habitantes censados y divido en dos núcleos de población: Grandes, mejor comunicado y a menor altitud, y San Martín, a unos tres kilómetros al norte, erigido sobre una loma.

Grandes y San Martín se asienta justo donde la llanura morañega lengüetea las pedregosas estribaciones de Los Castillejos y del Cerro Gorría.

Un intenso verde, entremezclado con las encinas y el cielo plomizo nos recibe en una mañana fresca que encierra a los pocos vecinos de Grandes en sus sencillos edificios de piedra, la mayoría de una única planta. El río Narrillos transcurre en dirección Este, escoltado por los famélicos árboles de ribera que rompen la monotonía del llano.

El depósito de agua y las últimas obras del Plan E -que han reportado unos 4.000 euros al pueblo- enmarcan Grandes, un núcleo de población que se extiende paralelo a la carretera que va de San Pedro del Arroyo a Muñico.

Un cuarteado y desteñido cartel pidiendo el voto para un jovencísimo Ángel Acebes permanece todavía adherido a la pared de una de las construcciones.

El caserío está en mal estado, sobre todo el que se edificó en su día con la piedra característica de la zona, la pizarra. «Es que la gente no vende; es tanto lo que piden y lo poco que se les da que al final se queda todo así, ni para adelante ni para detrás», argumenta Jorge Gómez Martín, uno de los vecinos más jóvenes del pueblo.

Grandes y San Martín está bien comunicado con la capital abulense. El trayecto dura unos 25 minutos. Al pueblo se accede desde San Pedro del Arroyo por la AV-114. Por autovía, desde Ávila, uno se planta en poco tiempo en San Pedro, aunque Jorge, que trabaja a diario como conductor de Avilabús en Ávila, advierte que es más corto el recorrido por la antigua nacional 501 (Ávila-Salamanca).

Este joven vive con sus padres, ya mayores y con su tío Juan, hermano de la progenitora. Su madre, Felisa Martín Jiménez, no es de las que cree que otros tiempos pasados fueron mejores; para ella, y para su hermano Juan «la vida era mucho más dura en el campo que ahora, segando a mano y realizando tareas de gran esfuerzo». Las gentes de esta zona vivían de las cabras y de explotaciones agrícolas de subsistencia, trigo y cebada ensu mayor parte, aunque algo después llegaría también el girasol. Los vecinos aún conservan la costumbre de la matanza, aunque aquí también se va perdiendo.

Cuando Jorge Gómez concluye su jornada laboral como conductor de autobuses se enfunda el mono azul y se entrega a las tareas del campo. Quiere a su pueblo y permanece ligado a él. A los 12 años ya ganó un concurso escolar de ámbito regional con una redacción sobre Grandes. «Me fui en chándal a recoger el galardón a Valladolid porque el director de la escuela me avisó sin antelación alguna. Salimos pitando para allá», recuerda con simpatía.

El principal entretenimiento diario de los vecinos de Grandes consiste en la partida echan a media tarde en el local multiusos anejo al ayuntamiento. «Ayer te esperamos -le aperciben al alcalde- pero no apareciste».

La tele, la de la TDT que acaba de implantarse, no se ve demasiado bien. Hay canales que de vez en cuando se oscurecen. El teléfono es vía satélite. De Internet, casi ni hablamos. En San Martín hay dos personas que se conectan a la red de redes vía satélite: la hermana del alcalde y una joven periodista que trabaja para una empresa madrileña desde su domicilio en San Martín.

La casa consistorial es un pequeño edificio, en cuya trasera se han habilitado nuevas estancias, donde el yeso aún humedece las paredes. Las obras del nuevo ayuntamiento se han financiado gracias a los planes provinciales que gestiona la Diputación Provincial de Ávila, porque el presupuesto de la esta localidad frisa tan sólo los 60.000 euros.

El médico, que acude una vez por semana, es nuevo en la "plaza" y casi nadie sabe aún su nombre. La asistencia sanitaria es buena; los vecinos no se quejan.

El censo se ha reducido recientemente en seis personas. Hubo cuatro fallecimientos, entre ellos el de la madre de Miguel Ángel Alonso, el alcalde; además, dos matrimonios mayores se han trasladado a una residencia.

La agricultura y la ganadería siguen siendo los sectores que mantienen vivo el pueblo. Miguel Ángel, de 50 años de edad, ejerce su primera legislatura como alcalde. «Es que no se pone nadie. Aquí de política, nada de nada; sólo nos preocupamos de conseguir lo que podamos para el pueblo y de llorar lo más posible en la Diputación», argumenta.

El alcalde es ganadero de vacas nodrizas y de leche. Su granja está ubicada en San Martín. Pertenece a la cooperativa Alta Moraña y reconoce que la situación del campo es «malísima». En su establo está casi todo automatizado. El ordeño suele coincidir con las horas del fútbol, así que en el habitáculo ha instalado una pequeña televisión con TDT.

Miguel Ángel Alonso tiene dos hijos y, aunque reside habitualmente en Ávila, asegura que pasa «todo el día en el pueblo».

Domi Gómez Nieto barre la entrada de su vivienda, aledaña a la de la familia Gómez Martín, un inmueble «con 500 años de antigüedad», según nos indica esta mujer de afinados modales, que ha pasado la mayor parte de su vida trabajando en el servicio doméstico en Madrid. Permanece soltera y para ella su familia la componen su antiguo empleador, un importante general del ejército español, y su prole. «No necesito nada, de verdad, se portan muy bien conmigo, vienen a verme y si tengo algún problema se encargan de solucionarlo», nos dice con entusiasmo.

La casa de Domi tiene los techos bajos y es casi un museo de la nostalgia, en el que ocupan un lugar central los retratos de todos y cada uno de los miembros de la familia del general.

Una docena de personas pernocta a diario en Grandes y San Martín, incluso en pleno invierno, y eso que en la zona nieva bastante.

El vecino más longevo del municipio se llama Máximo, y tiene 99 años. «Se defiende bien, con la cabeza en su sitio», nos explica un vecino. Aún así, pasa buena parte de su tiempo con sus hijos, en la ciudad.

Las fiestas importantes, las más concurridas, son a finales de agosto, las típicas fiestas de verano. Sin embargo, las más tradicionales son las de San Martín, a mediados de noviembre.

Hacia el mediodía llega a Grandes uno de los vendedores ambulantes que abastece a estas localidades. Estos tenderos que viajan con el género a cuestas suponen un verdadero alivio para los pueblos pequeños. Congelados, fruta, pan, repostería... José Luis Sánchez González lleva media vida recorriendo con su furgoneta de ropa las comarcas de Ávila, Zamora y Valladolid. En el pequeño habitáculo de su vehículo se amontonan en un aparente caos mantas, jerséis, calzoncillos y bragas.

Le preguntamos si nota la crisis, si percibe que la gente de los pueblos compra ahora menos. «La verdadera crisis es que los pueblos se hayan quedado vacíos», nos dice mientras ordena unas prendas.

La localidad de San Martín trepa a una loma rodeada de encinas, un tupido bosque donde hoy se enseñorean los jabalíes, que en ocasiones se acercan al pueblo en busca de comida. «De vez en cuando hemos hecho alguna batida porque acaban destrozando los huertos y las tierras de cultivo», explica el alcalde, que reside en este núcleo.

Una coqueta ermita de pizarra corona San Martín y frente a ella los restos de una antigua fragua, flanqueada por un carro de madera, carcomido por el tiempo.

En el flanco oeste de San Martín, descollada hacia el valle, destaca una vivienda prefabricada, con sus imitaciones a piedra y a a madera canadiense y hasta con un romántico porche adornado de macetas. «Estas casas no se las lleva el viento tan fácil», advierte Miguel Ángel Alonso.

San Martín tiene sus propios pozos para abastecimiento e agua y un pequeño centro multiusos. «Es el precio de desdoblarnos en dos núcleos. Aparentemente estas agrupaciones sirven para ahorrar recursos, pero no es así porque, de hecho, hay servicios e infraestructuras que se multiplican por dos», aduce el alcalde.

Margarita Martín, su marido Librado Hernando y sus dos hijas viven todo el año en esta localidad. «Yo no me aburro nunca», subraya. El cuidado de su madre, que tiene Alzheimer, y el cultivo de su huerto ocupan todo el tiempo de esta vecina de Solana del Rioalmar afincada desde hace decenios en San Martín. Buena agua y un suelo propicio producen hortalizas de primera, tomates que saben a tomate, lechugas que saben a lechuga, manzanas y peras sustanciosas y hasta unos garbanzos exquisitos, extraídos de forma artesanal por su marido, Librado Hernando, agricultor jubilado, de 75 años de edad y natural de este pueblo.

Librado maneja el tractor con destreza en una pequeña explotación cercana al pueblo. «Lo que más ha cambiado en el campo desde que yo era un chaval ha sido la maquinaria; para lo que hoy es capaz de hacer un tractor antes se necesitaban diez obreros¡; imagínese... Es otro mundo; son otros tiempos», afirma.

San Martín también tiene su casa solariega, el Palacio de la Laguna. Destaca por sus dos contrafuertes en la fachada, de recia construcción y generosos espacios. Fue propiedad de la Marquesa de la Laguna, la dueña de aquellas tierras, a la sazón agrupadas como dehesa. Cuando la noble señora decidió deshacerse de sus posesiones, las ofreció en venta a sus ocho renteros, entre los que se encontraba un abuelo del alcalde. Tres de los arrendatarios se quedaron finalmente con el caserón, que fraccionaron en sendas viviendas.

La lluvia arrecia a mitad del camino de regreso entre San Martín y Grandes, un capricho fronterizo donde los cielos emborronan pastos y collados.

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