El éxodo rural continúa produciéndose ante la falta de expectativas de quienes viven en este medio. Las dificultades de las personas que residen en los pueblos de la provincia son conocidas pero cabe señalar que, si se trata de mujeres, el riesgo de exclusión social es aún mayor y las limitaciones profesionales y los problemas de desarrollo personal también se multiplican.
No obstante, Diario de Ávila ha querido reconocer la valentía y el esfuerzo de un grupo de mujeres que han elegido el medio rural para desarrollar sus proyectos de vida y criar a sus hijos. Ellas nos cuentan sus historias, cargadas de esfuerzo pero también repletas de la satisfacción que proporciona el logro de los retos planteados.
Ana Isabel Rubio tiene 40 años, está separada y es madre de un niño de ocho años que vive con ella en Navarredonda de Gredos, su pueblo natal. Ana es enfermera y comenzó haciendo sustituciones y luego como interina en San Juan de Gredos. Pasados unos años aprobó las oposiciones y tuvo la suerte de conseguir una plaza en la zona. Desde septiembre de 2009 pertenece al centro de salud de Navarredonda de Gredos, donde pasa las guardias, y atiende como enfermera a los vecinos de Navacepeda de Tormes, Hoyos del Collado, La Herguijuela y San Bartolomé de Tormer. «Me quedé en el pueblo por casualidad, por el trabajo que me ofrecieron aunque he tenido la opción de irme a trabajar al hospital de Ávila pero no he querido», afirma. Y es que, esta mujer ha elegido que su hijo crezca en el medio rural, que considera más beneficioso para él, aunque se desplaza a Ávila con regularidad, «muchos fines de semana y todos los viernes que el tiempo nos permite para que mi hijo acuda a clases de pintura», aunque el duro invierno hace difícil las comunicaciones por carretera en algunas ocasiones. Lo más difícil para ella es conciliar la vida laboral y familiar «porque en los pueblos no tenemos los recursos que sí hay en las ciudades». De tal manera, el colegio al que acude su hijo no tiene comedor escolar ni jornada continua y, en muchas ocasiones, Ana encuentra grandes problemas para dejar a su hijo cuando ella tiene que trabajar «aunque, afortunadamente, mis padres viven en Navarredonda y puedo contar con ellos». Tímida y reservada, aunque muy afable y abierta en la conversación, Ana Isabel Rubio ha preferido, no obstante, mantener su imagen en la intimidad de su círculo social.
En otro punto de la provincia, situado en plena Moraña, se desarrolla la vida de Mari Carmen Rodríguez López, una mujer de 56 años natural de Mamblas, aunque vive en Fuentes de Año desde hace 36 años. Es agricultora e hija de agricultor y ganadero. En realidad, su marido era el que se dedicaba con exclusividad a las tareas del campo, aunque ella siempre estuvo a su lado ayudándole en esta dura tarea. Sin embargo, cuando él falleció hace 10 años, Mari Carmen no tuvo más remedio que hacerse cargo de la empresa agrícola para sacar a delante a la familia, cuatro hijos que en aquellos momentos estaban estudiando. «Tenemos unas 150 hectáreas de tierras de cultivo, entre secano y regadío, tres tractores, un equipo de sacar remolacha y una máquina de sacar patatas», cuenta esta mujer fuerte que suele tener a su cargo media docena de trabajadores temporales. Su hijo mayor, que estudió Empresariales, le ayuda a llevar la empresa «aunque yo tengo ya muchas ganas de dejarlo, son muchos años trabajando en el campo». Ella se encarga de la explotación como titular y aunque no va a arar tiene toda la responsabilidad sobre sus hombros, lleva todo el papeleo, los contactos con los bancos, con los compradores ... «Ahora que mis hijos son más mayores y, afortunadamente todos trabajan, me siento más apoyada y más tranquila» pero ha estado muy sola durante años.
Los problemas del campo son múltiples, afirma esta mujer. «Si siembras regadío, los gastos son muy grandes, sobre todo con la patata y, a veces, hay beneficios y otras veces, pérdidas». Mari Carmen estudió Magisterio aunque nunca llegó a ejercer pero no había pensado que terminaría siendo la propietaria de la explotación que dirige, «aunque me casé con un agricultor y sabía que mi vida iba a estar ligada al campo». Los otros tres hijos de Mari Carmen han preferido dedicarse a otras tareas. Un mecánico, una economista y un ingeniero informático apoyan a su madre y a su hermano mayor en todas las decisiones que toman con respecto a la explotación.
Aurora Luna de Matías es madrileña pero dejó la capital para establecerse en un pequeño pueblo de la provincia de Ávila, Zapardiel de la Ribera, de menos de un centenar de habitantes, contando también con los vecinos de su anejo, Angostura de Tormes. Con 45 años y dos hijos, uno de 21 años y otro de 11, afirma que tomó esta decisión por amor. «Me casé joven con un hombre de aquí y para acá me vine, con él, que es celador de Medio Ambiente en la reserva de Gredos». Ella trabaja los meses de verano como auxiliar de clínica y durante el resto del año se dedica a cuidar de su casa y a estar pendiente de su familia, aunque también se inscribe en todos los cursos que puede. Otras mujeres amigas suyas, como Mari Ángeles Prieto, Cristina Arias y su propia hermana, Isabel Luna, que también vive en Zapardiel, forman parte del grupo de teatro de El Barco de Ávila y se dedican a fomentar las actividades culturales y creativas. Todas ellas tienen niños y «hemos conseguido dar vida a este pueblo», que cuenta con un porcentaje de niños muy elevado teniendo en cuenta su baja densidad de población.
La alcaldesa de Zapardiel de la Ribera, Montserrat Bosque, también decidió plantear su vida en esta localidad hace ya años. Con 39 años y natural de Madrid, ha regresado al medio del cual salieron sus padres, naturales de Bohollo, en busca de una vida mejor. Ahora, Montserrat invierte los términos y considera que la mejor vida está en Zapardiel donde vive con su marido, ganadero local, y sus dos hijos, de 5 y 7 años de edad. Ellos estudian en El Barco de Ávila y Montserrat se dedica a dirigir los designios del pueblo, aunque también trabaja como auxiliar de clínica la mitad del año. «Va a hacer ocho años que soy la alcaldesa del pueblo y, anteriormente, durante cuatro fui teniente de alcalde. Me presenté porque no hay nadie mejor que los que vivimos aquí para defenderlo». Afirma Montserrat que lo peor de vivir en el pueblo es que «para todo te tienes que mover en coche y si nieva sufres muchas dificultades de movilidad». En cualquier caso, internet posibilita las comunicaciones, afirma esta mujer activa que se empeña en buscar actividades para poder dar vida al pueblo durante el invierno.