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Opinión
Tribuna libre

Cuarta carta desde Ecuador

Rubén García Alonso - domingo, 5 de febrero de 2012

C UANDO a uno se le pasa por la cabeza la idea de desarrollar un voluntariado internacional de 6 meses, miles de preguntas, dudas y miedos empiezan a aparecer: «¿seré capaz de adaptarme al cambio que supone vivir en un entorno tan diferente al mío?; ¿podré resistir ese tiempo en unas condiciones que se auguran bastante duras?; ¿cómo voy a dejar mi vida, mi rutina diaria durante tanto tiempo? Y al regreso, ¿qué pasará?»…

Como podéis comprobar, todas estas cuestiones están enunciadas en tiempo futuro, ese al que no conocemos y del que esperamos tanto (o tan poco). Demasiado tiempo perdido preocupándome por hechos que aún no han pasado, ¿no creéis? Aunque, si lo pensamos bien, somos muy afortunados al tener la oportunidad de pensar en el día de mañana porque, para millones de personas en el mundo, esa opción está totalmente descartada; suficiente es superar el día a día (aunque muchos de ellos deseen que su vida se acabe al ponerse el sol).

No estoy hablando de seres humanos que viven a miles de kilómetros de nuestro tan «envidiable» primer mundo. A la vuelta de la esquina de nuestro propio hogar puede haber alguien que se encuentre en estas condiciones; es más, ninguno de nosotros estamos libres de sufrir una situación como ésta. La solidaridad social tendría que ser un deber de todo ciudadano que tenga la fortuna de vivir en unas condiciones dignas y, en este texto, quisiera hacer un llamamiento a todos los que estáis compartiendo conmigo estas «cartas desde Ecuador» para que forméis parte de esta iniciativa (tal vez utopía...).

Sé que nuestra vida diaria está sumida en una espiral vertiginosa que da vueltas sin control; que compaginar la vida laboral con la vida familiar ya es complicado como para, también, ocupar tiempo en unas «pobres gentes desconocidas». Pero con un poquito de fuerza de voluntad y humanidad (esa que nos debería diferenciar de los animales salvajes y de la que presumimos cínicamente), siempre podremos encontrar un ratito para compartir con estas personas.

Y es precisamente eso, el tiempo, el tesoro más preciado que tenemos. Por supuesto que es encomiable aquellos que donan parte de sus ahorros a algún proyecto humanitario o que tienen apadrinado a un niño en algún lugar del mundo, pero de nada sirve esta ayuda si uno no está al día de las diferentes actividades que la organización elegida esté desarrollando o se desconoce el nombre y/o la edad de la criatura que, con ese dinero, puede llevarse alimento a la boca, respectivamente (bueno, sí, para lo único que sirve es para aplacar los gritos del «Pepito grillo» de sus conciencias, que imploraban algún tipo de acto que les calificase como «seres humanos - buenas personas»). También están los que piensan que «seguro que mi dinero nunca llega a los pobres», pero esa es la excusa más zafia que he escuchado para ahorrar unos euros que realmente suponen muy poco en la economía familiar y que a otros les permite sobrevivir una semana más.

Y vuelvo a reiterar que no es necesario irse muy lejos para echar una mano: ¿por qué no invitar a alguna de esas personas que cada día nos encontramos en la calle a un café y un bocadillo en lugar de «tirarles» unas moneditas en sus cajas de cartón a medio hacer? Puedo aseguraros que, si verdaderamente tienen hambre, aceptarán con una sonrisa esta invitación y tendréis la oportunidad de pasar unos minutos muy agradables con ellos y así podréis conocer, en primera persona, su situación real; ¿por qué no disfrutar una tarde en alguna residencia de ancianos, de personas con discapacidad, en la sección infantil del hospital, etc?

No sabéis la vida que les da a estas personas recibir visitas (aunque sea de desconocidos... bueno, aunque al fin y al cabo, en el fondo, no nos diferenciados en mucho) que puedan compartir con ellas sus vivencias, inquietudes e, incluso, sus miedos ante la situación en la que se encuentran; ¿por qué no colaborar en el «banco de alimentos» organizando los víveres que diariamente se recogen, o yendo a repartirlos a diferentes lugares donde también se desarrolla una actividad social, completando así esta especie de «cadena de favores»?.

Como podéis comprobar las opciones son ilimitadas.

La última palabra está dentro de vosotros (y si escucháis bien, hallaréis la respuesta correcta).

Ya sabéis que podéis contactar en el correo electrónico: rugara87@hotmail.com o en el blog http://experienciaecuador.blogspot.com para cualquier cosa que necesitéis referente al proyecto en el que estoy colaborando en Ecuador o cualquier duda o sugerencia que queráis hacerme llegar.

Esta cuarta carta está dedicada a aquellos privilegiados que han escuchado a su corazón y han seguido el camino que éste les ha marcado. GRACIAS a todos ellos por la labor que realizan cada día.

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