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lunes, 21 de mayo de 2012
Opinión
Tribuna libre

Filosofía del dinero o evolución hacia el mono

Felipe Hernández - sábado, 04 de febrero de 2012

En el largo siglo XIX Darwin nos dijo que venimos del mono. El siglo corto -así llaman algunos al XX porque habría comenzado en 1914 y habría terminado con la caída del Muro- nos dejó como herencia dos guerras mundiales (y nosotros además una guerra in-civil), una revolución (la rusa), una guerra fría, muchas guerrillas calientes y una crisis de la que las deconstrucciones ético-metafísicas (antes y después de Auchswitz y del Gulag) y la recesión económica hodierna son dos de sus síntomas más preocupantes.

Han transcurrido más de ciento veinte años desde que el menudo y longevo León XIII publicara su encíclica Rerum novarum sobre las cosas nuevas de entonces, en especial sobre la maltrecha situación en la que estaban los obreros a causa de la revolución industrial, poniendo así los cimientos de lo que después sería la doctrina social, política y económica de la Iglesia. Los documentos publicados por Pío XI (Quadragesimo anno), Juan XXIII (Mater et Magistra), Pablo VI (Octogesima adveniens), Juan Pablo II (Laborem exercens y Centesimus annus) para conmemorar el 40, 70, 80, 90 y 100 aniversario de aquella memorable encíclica no hacen sino desarrollar principios implícita o explícitamente contenidos en ella.

Los principios de dicha doctrina son pocos, pero harto sustanciosos. He aquí un par de ellos: dignidad de la persona humana, también la del trabajador; dignidad de la familia, que es siempre anterior al Estado (principio de subsidiariedad), y no sólo cuando se trata de mantener a sus hijos en paro; el destino universal de los bienes de la tierra (principio de solidaridad). En todos los documentos papales mencionados anteriormente se postula una ética de carácter personalista (que no es lo mismo que individualista) y comunitarista (que no comunista) de raíz netamente evangélica. Aunque en todos ellos se consagra el derecho a la propiedad privada y al libre uso de la misma, la doctrina pontificia permitía a los pobres albergar la esperanza de que la historia marchaba indefectiblemente en el sentido de una subordinación de la propiedad privada al bien común. A eso se unía una especie de consenso entre creyentes y no creyentes en lo tocante a un puñado de derechos humanos que parecía conquista definitiva e irrenunciable.

Nada más lejos de la realidad, si contemplamos lo que ocurre en los albores del siglo XXI -que no sabemos todavía si será corto, largo o simplemente recortado y recortador-. Al parecer los dictámenes de las agencias de calificación, de los mercados y de los ingenieros de las finanzas son los únicos que «van a misa» en el sacrosanto templo de la globalidad por ellos construido y a su medida amueblado. Los países del tercer mundo siguen pasando hambre, como siempre; los del primero están en recesión o a punto de entrar en ella, y sólo los países del BRIC (Brasil, Rusia, India y China) crecen a un ritmo sostenido y sostenible (en torno al diez por ciento). Crecen a ritmo razonable porque cien millones de chinos, que trabajan dieciséis horas diarias por doscientos euros son más competitivos y más productivos que cien millones de europeos que trabajan ocho horas al día por mil euros. Lo razonable sería que los horarios y los salarios de los benditos chinos tendieran a parecerse progresivamente a los de los europeos; pero no, parece que lo sostenible y por ende razonable es que los salarios y los horarios de los europeos se vayan pareciendo cada vez más a los de los chinos. Eso es lo que llaman competitividad y productividad. Esa es la filosofía del dinero: ganar cuanto más mejor gastando lo menos posible. Y esta la del Estado democrático, otrora todopoderoso y hoy escuálido y ramplón: el que quiera una vivienda, sea esta digna o indigna, que se la pague, y al precio que dicta el mercado, como quien se compra un chorizo o un paquete de tabaco; el que quiera educación o sanidad, que haga lo propio. Últimamente se susurra incluso que el que quiera justicia que la pague también (o que la copague, como dicen ellos), lo que nos llevaría a no ser iguales ante la ley y, en consecuencia, a reformar la constitución. Lo demás, simplemente no sería sostenible.

Lo dicho: no venimos del mono, sino que vamos (evolucionamos) hacía él, como decía Unamuno cuando se cabreaba demasiadamente con las pulsiones o repulsiones de sus contemporáneos. No hay debate ético ninguno. El último fue el que mantuvieron en la Academia Católica de Baviera Jürgen Habermas y el papa actual cuando era cardenal (2004). Que me perdone don Jürgen y la entera escuela de Frankfurt, pero tal parece como si en términos de ética económica el único real debate se dirimiera entre los secuaces de dos filósofos de la misma escuela, frankfurtiana también pero en un sentido más crematístico: Habermas y Habermenos, esa es la cosa. No hace falta decir que los que pueden seguir a Habermas son cada vez menos y los discípulos de Habermenos cada vez más.

¿Para cuándo una encíclica papal que aborde todas estas cosas nuevas que este nuevo siglo retrógrado, cangrejil y recortante hasta la náusea nos regala?

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