Son las cuatro de la tarde y, como tantas otras veces, me despierto creyendo que aún no lo he hecho, que estoy soñando. Escucho cosas que me parecen inauditas y creo seguir soñando. Poco a poco mis ojos se acostumbran a la luz y me doy cuenta de que estoy despierto y escuchando la catástrofe de un crucero de lujo, por culpa, presuntamente, de un capitán descerebrado y además miedica; y me vuelvo a quedar dormido, o de nuevo sueño despierto, y de pronto a la memoria me llega, me inunda, el crucero que realizamos hace cuatro años y me da miedo, pavor, pues si esto le pasa a una embarcación de lujo, el nuestro que era una simple piragua por el Mediterráneo…
Llevaba 2 días sin dormir, pensando en la experiencia tan maravillosa que se abría en un horizonte no muy lejano: hacer un crucero de lujo (al menos eso fue lo que nos vendieron). Partimos de Ávila hacia nuestro destino, donde nos esperaba un barco, precioso visto desde abajo… y a pesar de los nervios que recorrían nuestro cuerpo antes de embarcar. Colas interminables, la tripulación en el muelle… Todo era amabilidad, cuidándonos, mimándonos para que la espera fuera más llevadera. Tras cumplir los requisitos necesarios, embarcamos, y primera sorpresa: el barco esta sin terminar, como sin hacer. Colocan, limpian y arreglan los jacuzzis exteriores, ponen la moqueta verde de cubierta… Todo a un ritmo acelerado y es que sólo el sesenta por ciento del barco está listo y, por supuesto, nuestra ubicación no está de ese lado de la balanza. Fuimos a quejarnos y, con la misma amabilidad comercial, nos dijeron que el barco no saldría hasta que todo estuviera preparado.
Y, así fue, a las siete horas de embarcar, el barco partió de puerto, con la mitad de las promesas incumplidas. La dirección tomo la decisión de que, los dos primeros días de crucero, la barra sería libre, por lo que la gente olvidó la parte negativa y empezamos el crucero con una sonrisa y con gran ilusión; pero yo en ningún momento bajé la guardia, desazón que se incrementaba a medida que crecía también la información: al parecer, el barco había sido un casino flotante en China, tras lo cual fue adquirido por la compañía, sin tiempo para adecentarlo. Ya no pensaba en los riesgos por falta de preparativos, sino por la cantidad ingente de infecciones que podría tener, al no haber sido desinfectado, ni superado controles. Sí es cierto que a medida que nos adentrábamos en el mar me iba relajando poco a poco. Empezaron los juegos, las músicas y bailes, las grandes cenas con el capitán del barco y los parajes idílicos que visitábamos: Túnez, Malta, Tahormina y un largo etcétera. Cuando ya quedaban dos días de crucero y casi había olvidado esas cosas que bullían en mi cerebro, ocurrieron dos hechos que me devolvieron al estado de tensión anterior: el primero, una señora se desmayó en la barra del bar, y salieron en su auxilio dos cocineros con una camilla llena de grasa. Todo el mundo esperaba la llegada del médico del barco, pero solo apareció la ATS, ya que no habían contratado médico o, al menos, no apareció. Y, esa misma noche, algo se estropeó en el barco -jamás nos dijeron qué- y quedamos a merced del poco oleaje que había en el mar y que desembocó en unos mareos espectaculares entre todos los presentes, sin poder ayudarnos unos a otros, pues estábamos todos medio adormecidos y, debido a nuestro estado, no nos dimos cuenta del nerviosismo del capitán y de parte de la tripulación. Por suerte, pasadas unas horas, ya les cambió la cara y a nosotros también. El barco ponía en marcha sus máquinas y todo se estabilizó. Entonces prometí que sería mi primer y último crucero.
Ahora cuando, aún escorado y casi hundido, sigue en las playas italianas el Costa Concordia, todavía con personas sin localizar, vuelven mis recuerdos y he de decir que no todos fueron malos; al contrario, estos fueron los menos. Recuerdo los maravillosos paisajes, aunque, al mismo tiempo, recuerdo lo que nos podría haber pasado. Pero prefiero quedarme con las notas positivas, especialmente dos. La primera, haberlo compartido con mi mujer, Reme, y con mis amigos: la Marquesa, Cari, Richi y Chus. Y, la segunda, nos trajimos un buen regalo. Me refiero a ése al que debemos, por su experiencia, estar aún aquí: el capitán del barco, Abdel.
Desde aquí, mi recuerdo a los pasajeros del Costa Concordia: a los que están aquí y a los que se fueron.
«La seguridad es fundamentalmente una superstición, no existe en la naturaleza. Evitar el peligro, no es más seguro en el largo plazo que la exposición al mismo. La vida es una aventura osada, o no es nada». Hellen Keller