Desde 1497, Melilla es una ciudad española, como lo es Ceuta desde 1580. Resulta ridículo que el reyenzuelo de Marruecos, un tirano, como su padre, que vive derrochando lujo en fastuosos y numerosos palacios mientras su pueblo sufre penurias, aliente los ataques a estas poblaciones que, estúpidamente, reclama, como si tuviese algún derecho. Después de más de quinientos años nadie puede decir que un territorio fue invadido, porque entonces Italia podría reclamar el Imperio Romano, los Bizantinos el suyo, Francia el Imperio napoleónico y las tierras colonizadas en África y así sucesivamente en un imposible que también puede afectar, por la oxidación de la lógica que provocan los siglos, a las hispánicas reclamaciones sobre Gibraltar. Los habitantes de las dos ciudades africanas y españolas no quieren cambiar, como los que viven en las islas Canarias, su confortable pertenencia a una sociedad libre y rica por la miseria y un tirano. No en vano los marroquíes, como millones de musulmanes del norte de África, huyen de sus islámicas tierras, donde reina la injusticia y la pobreza, para ir al cristiano y comprensivo Occidente europeo, donde a cada cual le dejan vivir en paz con sus ideas si no ataca a los demás. El flujo migratorio no se da al revés, pues ¿quién querría ir a vivir a esos lugares de espanto, sometidos a una versión religiosa sectaria, fanática muchas veces, machista y donde cualquiera puede ser acusado de infiel y hasta asesinado si se descuida? No son pocos los que piensan, y con buenas razones, que mejor estaban esas zonas del planeta cuando eran colonias de los gobiernos europeos y hoy tal vez estarían mucho mejor sus habitantes, ahora esclavizados por fanáticos. Marruecos expulsó antes del verano a unos misioneros cristianos, oficialmente. No se hace lo mismo con los misioneros musulmanes en nuestros países libres. Sin embargo, el rey moro, que todo tiene controlado, deja que unos jóvenes incontrolados causen tumultos y se burlen de nuestras mujeres libres, policías, porque no pueden tolerar la igualdad entre géneros y pretenden conquistar por la fuerza nuestras ciudades para imponer su repugnante sistema de vida, como hicieron con el Sáhara, invadiéndolo y destrozándolo, desde que los blandos españoles los dejaran en manos de los nuevos buitres del turbante. Mueven a los más jóvenes. Hace un par de años un niño de trece años se inmoló en un atentado suicida en Irak, movido por un entorno de fanáticos que permitió esa abominación, en el mismo país donde piensan si regularán la indumentaria de sus mujeres, para que no se vean sus bellas formas y no alteren ni tienten a los machos que, como bestias, parecen incontinentes y no tienen en cambio límites en nada. Parte de Marruecos fue una conflictiva región de España durante algún tiempo, pero de esa parte de la historia no quieren acordarse, ni tampoco parece el momento para que nosotros queramos repetir las ansias imperiales de otros tiempos. Sin embargo, ellos, envalentonados con la debilidad de nuestros gobiernos, se llevaron el Sáhara, intentaron tomar un islote ridículo llamado Perejil, como un símbolo, reclaman, sin ningún derecho, Ceuta y Melilla, y no son pocos los que en el mundo árabe reclaman, después de más de medio milenio, Andalucía para convertirla por la sangre al Corán, como Al-Andalus. Córdoba se llama la mezquita que pretenden construir en la zona más emblemática de Nueva York, todo un símbolo.