Diario de Ávila
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miércoles, 08 de febrero de 2012
Opinión
En tierra de nadie

Maestro

David Casillas - domingo, 14 de marzo de 2010

Miguel Delibes, posiblemente el mejor escritor que dio España en todo el siglo XX, murió en la madrugada del pasado viernes. Uno teme que cualquier palabra que pueda decir para recordar y reivindicar la enorme figura del escritor vallisoletano peque de pobre, de insulsa o, lo que es peor, de inapropiada, pero no me resisto a levantar la voz, una vez más, en favor de un grandísimo hombre de letras que fue, además, un valiente humanista en unos tiempos difíciles para casi todo.

Porque Miguel Delibes, cuando media España no tenía más remedio que guardar silencio y la otra se dedicaba practicar la zalamería con quienes mandaban (que es la forma más vergonzante de callar), tuvo la osadía de denunciar muchas de las cosas malas que hacía el Régimen, primero desde su tribuna como periodista y luego desde la mesa de escritor. Y lo hizo con tanta inteligencia, con tanta hondura, con tanta perfección, con tanto cariño por el ser humano, que sus durísimas críticas se convirtieron en obras de arte tan grandes que superaron con éxito su momento histórico para convertirse en colecciones de palabras que ya lucen en la panoplia de la mejor literatura en castellano de la Historia. También él, cuando aún no estaba de moda, fue un entregado defensor de la naturaleza, del mundo rural y de sus habitantes, ecologismo de corazón que quizás no se le haya sabido agradecer en su justa medida.

Cualquiera puede escribir un libro. Firmar uno bueno está al alcance de muy pocos. Conseguir una obra maestra tiene algo de excepcional. Pues bien, Delibes nos legó al menos siete obras maestras (El camino, Diario de un cazador, La hoja roja, Las ratas, Cinco horas con Mario, Los santos inocentes y El hereje), un regalo que no le sirvió para ganar el Nobel que se mereció como pocos pero que sí le valió para ganarse la admiración y el cariño de una legión de lectores que no lo olvidarán.

Ahora que la literatura deviene también en producto de la sociedad de consumo, en mercancía perecedera que suele agotarse en sí misma, brilla con luz propia la obra de Delibes, revalorizada cada día que pasa no sólo por su maestría en la forma sino por su capacidad para llegar al fondo del ser humano con la intención de hacerle más grande, más querido y más respetado.

Al inmortal Delibes, el escritor al que debo buena parte de mi amor por la literatura, hay una manera magnífica de reivindicarle: leerle y releerle, por placer estético y intelectual, y compartirle, porque sería un delito de lesa humanidad consentir que su tesoro se olvide o se pierda.

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