Será el próximo jueves cuando abulenses insignes y anónimos, doctores y rectores de toda España arropen al cardenal Antonio Cañizares en el solemne acto académico de investidura como primer Doctor Honoris Causa de la joven universidad que nació al amparo de la sociedad abulense.
Entre sus méritos, varios. Probablemente, por el carácter del acto, fundamentalmente la dedicación durante la mayor parte de su vida a la docencia. No en vano, cuando el Claustro de la Universidad Católica de Ávila aprobaba su nombramiento, hace más un año en febrero de 2009, se explicaba que quien hoy es prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ha sido catedrático de Teología de la Palabra en la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, profesor de la Facultad de Teología de Salamanca, del Seminario de Madrid, y del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequética, que dirigió incluso después de pasar a denominarse San Dámaso. Ha sido, después de su paso como obispo de Ávila, canciller e impulsor de la Universidad Católica San Antonio de Padua de Murcia.
Pero sin duda, este nombramiento que recibirá el próximo jueves en el escenario más magno de la ciudad de Ávila, el Centro Municipal de Congresos y Exposiciones Lienzo Norte, aporta una especial sensibilidad porque fue él, Antonio Cañizares, el mentor y alma máter de una idea que con el apoyo de toda la sociedad abulense se convirtió en lo que hoy convive con todos nosotros, en nuestra provincia, bajo el nombre de Universidad Católica de Ávila. Impulsor y primer gran canciller de uno de los proyectos más importantes creados en esta provincia en los últimos quince años, si no el que más, y que ha tenido que sortear serias dificultades para llegar a lo que hoy conocemos.
Traer al presente amargos episodios del pasado –ya superados– no está en el ánimo de uno. Cada persona que ha participado en la toma de decisiones sobre la Universidad Católica de Ávila es consciente de lo que ha hecho y responsable de sus actos, para bien o para mal.
No cabe duda de que el impulso que en esta última etapa se le está dando ha sido un acierto. Ha llegado después de sortear las más agrias dificultades, tras una sabia decisión del actual obispo de nuestra diócesis, Jesús García Burillo, gran canciller, quien ha encauzado definitivamente el rumbo del centro después de encontrar el apoyo de la Fundación Tellamar, que respalda a la diócesis en la gestión académica y económica de la UCAV, una fundación que, por otro lado, está presidida por una abulense de Navarredonda de Gredos, Lidia Jiménez, directora general de la institución católica Cruzadas de Santa María, con presencia en todo el mundo.
Igualmente, otra persona de nuestra tierra es desde principios del curso 2007-2008 rectora de esta universidad. Mª del Rosario Sáez Yuguero, paisana de Langa, ocupa el rectorado después de una reconocida trayectoria académica en otras universidades.
Desde luego, no es oro todo lo que reluce en la Universidad Católica de Ávila, y como uno de los centros universitarios más jóvenes de nuestra comunidad autónoma, tiene todavía muchos retos y debe dar pasos en la convivencia con instituciones históricas, complementando la oferta de otras instituciones académicas con las que comparte territorio sin adentrarse en competiciones estériles por titulaciones que otras universidades desarrollan de forma escrupulosa en Ávila y con un gran reconocimiento académico en aras a dar nuevas oportunidades a los estudiantes abulenses.
La propia identidad de la Universidad, firme y definida desde sus orígenes, tal y como la ideó quien esta semana recibe el primer título Doctor Honoris Causa, capacitan a la UCAV a seguir adelante, a planear su futuro, a ofrecer alternativas y a la búsqueda de oportunidades.
Sin embargo, y la situación ya se ha vuelto bastante incomprensible, unos planes de futuro explicados en varias ocasiones, en foros públicos y reuniones privadas del ámbito universitario, no dejan de encontrarse con trabas una y otra vez por parte de la administración regional que sigue sin autorizar nuevas titulaciones.
Se ha generado incluso algún agravante con otra universidad privada de la región, realizando excepciones que bien se pudieran aplicar también a la Católica de Ávila porque después de planear un nuevo rumbo al que antes me refería, es necesario que los nuevos gestores dispongan de las herramientas que proponen para buscar un futuro óptimo. No es la misma universidad que nació, y necesita un refuerzo que debe venir de la administración.
Parece que algunos están más preocupados por esperar a que se defina el futuro del rectorado de la Universidad de Valladolid en vez de ir dando unos pasos que más que necesarios se van convirtiendo en imprescindibles. Y luego dicen que nos quejamos del centralismo de Valladolid.