ADEMÁS de las opiniones sobre la crítica situación económica que padecemos tal como ayer, hoy y mañana, todo mundo se debate por estos lares y por el resto de la Piel de Toro con que bautizó el geógrafo griego Estrabón a la península Ibérica, entre el gusto por los días claros y soleados del invierno abulense y la necesidad de jornadas lluviosas o pródigas en nieve, como está ocurriendo de forma más bien moderada en las últimas temporadas invernales.
Es habitual el falso consuelo con que las gentes disculpan su contrariedad por el mal tiempo apelando a lo bien que viene la (maldita) borrasca para el campo, y fuera sequías que tanto gusto han tomado a Ávila desde tiempos remotos. Pero en fueros internos, mejor el sol y el buen tiempo.
El problema va más allá. Desde los tiempos remotos en que vettones y romanos colonizaron y poblaron sucesivamente la ciudad de Ávila muchas han sido las calamidades atmosféricas sufridas por los vecinos de la antigua oppidum que ocupamos desde entonces. Unos después de otros, claro está, pero es algo de lo que estamos bien informados los últimos en hacerlo. Bastante para comprender que en numerosos casos propios y ajenos de estos tiempos las desgracias producidas por el agua desmadrada llegan por la osadía del ser humano, empeñado en desafir a la naturaleza.
Vettones y romanos no padecían la especulación del suelo que todos conocemos. Suficientemente racionales eran como para fundar pueblos y ciudades en lugares más elevados que los ríos y zonas inundables, o seas, cerros, colinas y promontorios. Podría pensarse que lo hacían para mejor avistar al enemigo, que también, pero no había peor enemigo para ellos que las aguas desmadradas invadiendo casas y propiedades fundadas en márgenes de cauces poco profundos, ora secos y, de repente, ora rebosantes.
Las crónicas de Ávila hablan en tiempos no muy lejanos de los desbordamientos que provocaban el río Grajal o Chico al desembocar en el Adaja. La lucha siempre terminaba en tablas y ambos se salían de madre inundando las tierras de la antigua dehesa municipal, convertida en avenida de Juan Pablo II y zona de su influencia. Rescates de personas, garajes y locales comerciales de agua hasta las orejas creaban desasosiego y perjuicios económicos importantes. Hubo que canalizar el río Chico para poder seguir construyendo sin piedad a su orilla, mientras la ciudad alta, la ciudad lógica, sigue despidiendo el agua hacia cotas más bajas.