La semana anterior, el profesor Veiga en un brillante artículo publicado en este Diario de Ávila tenía razón, pero como casi siempre que la tiene, no parece oportuno retirarse en dársela. Nos hablaba de cómo la política española se encontraba en un punto de no retorno. Me provocó una reflexión que me llevó a abrir de nuevo el libro profundo de memorias El Mundo de ayer, de Stepfan Zweig. El también utiliza la coletilla de memorias de un europeo y nos dice gritando, sin susurro posible, que la crisis en la que vivió Austria y luego Alemania en los años 1930, y que desembocó en el nazismo, era sobre todo moral. A sus coetáneos no les importaba el trabajo, ni el ahorro, se vivía al día, y no se protestaba por nada, no valía ya la palabra dada, ese fue el caldo de cultivo del feroz Adolf Hitler. Y eso me lleva a intentar apuntar en la misma dirección que el profesor Veiga, la crisis española tiene mucho de económica, mucho de política, mucho de moral y sobre todo de social.
Cuando uno se encuentra en la vida con paradojas tan impresionantes como las que nos propone Tony de Mello en su libro Ligero de equipaje, se puede reflexionar mejor sobre este fenómeno: el éxito en la vida genera ansiedad, porque en la vida uno genera la necesidad de responder a los anteriores éxitos que se han tenido. Y ese es el problema social español de ahora. Estamos paralizados por el éxito, y esa parálisis nos lleva a la sensación de que hagamos lo que hagamos con esta crisis estamos perdiendo. Otro de los elementos que coadyuvan a nuestra ansiedad es la falta de margen en la que se han desarrollado nuestras vidas y nuestra sociedad por el abrumador lugar en el que hemos colocado al consumo en nuestras sociedades. Las hipotecas y los créditos por pagar, hacen que nadie pueda salir a la calle a protestar, y que todo el mundo esté en casa encendiendo la televisión que en su afán propagandístico, le lleve a pensar, que cualquiera de nosotros seremos los últimos en engrosar la cola del paro, o que la morosidad en el pago es algo que no nos puede afectar. No tenemos mucho margen para pedirles algo a los políticos. Pero la verdad, si estamos en el punto de no retorno, no lo sentimos ni lo percibimos así, porque la sociedad entera generó un analgésico muy poderoso para resistir tanto dolor como nos está trayendo la crisis: nos convirtió a todos en prisioneros económicos. No podemos vender nuestras casas porque valen menos que nuestras hipotecas para irnos y aceptar un nuevo trabajo en Almería, no podemos bajar el nivel de consumo que ven nuestros vecinos para que no parezca que no tenemos ese éxito social que vemos en la tele a todas horas, en el fondo no podemos exigirles a nuestros políticos que desmonten lo pervertido de un sistema, no sea que se nos lleve por delante.
Es una sociedad prisionera en el que el reo lleva la famosa bola de la condena en la que caben tanto las hipotecas como la desesperanza. Hay que ser muy político, es decir, inteligente, reformista y no rupturista, y valiente, para empezar a liberar a la sociedad, antes de que vayamos al abismo. Y además lo necesitamos, pero alejado de un liberador. Tenemos que empezar a mirarnos a nosotros mismos y exclamar: el rey está desnudo, no buscar en el desfile de la fábula a otro para darnos cuenta que se puede vivir en el engaño muy fácilmente.