Diario de Ávila
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jueves, 09 de febrero de 2012
Opinión
Fragua histórica

Buscando a la sociedad civil

Abel Veiga - domingo, 14 de marzo de 2010

No es posible, siquiera utópico. ¿Dónde está la sociedad civil? ¿Donde el latido de una sociedad que ha olvidado la crítica, la reflexión, la consciencia de la realidad?, ¿realmente está desestructurada?, ¿y las miles de asociaciones y fundaciones? Cobardía y atonía intelectual. Nadie da un paso al frente, se disiente en privado, en la evanescencia de lo íntimo y se mira hacia otro lado, el de la indiferencia de lo ajeno, lo próximo que hacemos lejano. Vivimos en la cultura de la subvención, del mercadeo de ideologías y afinidades. Pero falta hondura intelectual, libertad de reflexión sin tapujos ni complejos. Vivimos adocenados en nuestro pobre regazo, en un vaporoso egoísmo. No queremos ver, no queremos escuchar. Tiempo de aflicción, sociedades inermes, abúlicas de sí mismas, irreflexivas, desvertebradas. Se habla de regeneración democrática, política, de actitudes y comportamientos morales. Tiempos éstos donde los valores se mitigan y se desvanecen. No retorno. Callejones somnolientos sin salida. Ataduras propias que nos hacemos voluntariamente. Tiempos donde no cabe crítica ni autocrítica, mas sí hedonista autocomplacencia. Tiempos de raquitismo intelectual, de falta de liderazgo, de entusiasmo y de ilusiones. ¿Quién será capaz? ¿a qué esperamos fundidos en nuestro vacuo inconformismo? ¿qué nos está pasando? Somos una sociedad adormecida y pasiva. Reclinada en nuestro egoísta regazo. El espejo y el alma de la vida, la vida política, económica, social, cultural, etc. El reflejo en el que se proyecta una desmoralizada e inapetente clase política que hace tiempo ha olvidado practicar la nobleza de la política, pues noble y honesta ha de ser en cuanto servicio público por y para la sociedad. Pero la realidad es distinta, caprichosa, ebúrnea, apática. Todo parece valer, nadie es capaz de alzar su disconformidad, de llamar a las cosas por su nombre. Es fácil y sin embargo hercúleo, ímprobo.

No hay conciencia crítica, estamos anestesiados, narcotizados de nosotros mismos, incapaces de ver más allá de nuestros intrascendentes egos. Es el nirvana de la autocomplacencia. De la soledad más insonora y pasmosa, de la soledad más asocial e insolidaria. Este país sigue dormido en su impenitente siesta, desmadejado y huidizo. Quebrada la memoria, huida la responsabilidad y el sentido de Estado, ya todo es posible. Y los políticos espejos intrascendentes de una realidad sonora, atónita, insensible. El reflejo de lo que queremos ser sin duda. Las normas valen hasta que dejan de valer, es la única interpretación en este estío de incomprensiones, de veleidades y ambigüedades deliberadas. Tiempo de aflicción, pero no de reflexión serena, seria y audacia. La audacia que hace falta en tiempos de incertidumbres, de relatividades varias, de vacío mordaz y contumaz. Alguien dijo una vez que la política es algo demasiado serio para dejársela sólo a los políticos. Tal vez tuviera razón, sin duda si enfrente hubiere una sociedad civil que no claudicase de sí misma una y otra vez. Una sociedad inerme, inerte, pasiva, indolente, tal vez jocosa de sí y de todo al mismo tiempo. Una sociedad donde hemos arrancado a Dios y la fe de nuestras vidas, o quieren arrancárnoslos.

Una clase política abúlica y ensimismada, egoísta y profesionalizada en lo suyo, lo único. No todos son iguales, no es justo juzgar a todos por el mismo rasero, pero es el estigma de este tiempo de vacíos e irresponsabilidades. Mal gobierno, peor oposición. Un presidente de 132 medidas que sólo dos no sabe explicar. ¿Y alguien se lo cree? Demasiadas estridencias mediáticas, proclives escenificaciones teatrales que nada aportan, y sin embargo alejan al ciudadano de la política, de lo público, del interés general. Qué decir de las perennes tensiones del centro y la periferia, sarcófago éste siempre abierto en llaves rotas. Sí, aflicción, cobardía política y moral, falta de ética y rayana irresponsabilidad cercana en la amenaza. Treinta años siempre abrazados a la misma letanía cansina y tremebunda. Y tal vez la polvareda en el camino orteguiano de una historia que nos abraza y reinterpreta a su antojo. Tres décadas asistiendo al mismo discurso irredento y reivindicativo. La cúspide de nuestro ordenamiento jurídico es la que es, y no la de la conveniencia de unos mediocres políticos que contra viento y marea, legalidad y reglas de juego, son capaces de saltarse los límites, los consensos y las normas de convivencia orquestadas al comienzo de la transición.

Clamamos por una regeneración democrática y política, pero ¿acaso puede o está legitimada a pedirlo una sociedad civil claudicante de sí misma, adormecida, cegada de vanidad y autocomplacencia hedonista? Cuán difícil es hallar políticos con credibilidad, con honestidad, con creatividad y confianza que generen ilusión en la sociedad, que gestionen, que sean audaces, valientes, que innoven, que aventuren, que arriesguen. Sólo así se puede hacer avanzar a un país, pero antes a su sociedad, motor de aquél. Probablemente tenemos los políticos y los líderes que nos merecemos, pero seguramente los políticos tienen también la sociedad que se merecen, la sociedad adormecida, ensimismada de sí misma, abúlica y apática. Y yo me pregunto, ¿es posible la sociedad civil en este escenario pasivo e indolente?

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