Nada menos que seis foros de negociación tiene abiertos el Gobierno central en búsqueda de eso que antes el presidente Rodríguez Zapatero llamaba «pactos de Estado», pero que no se sabe en virtud de qué pirueta mental ahora llama «consenso nacional». Seis foros, seis procesos de negociación, sin que ninguno aborde en su conjunto y a fondo la situación.
Así, hay que hablar en primer lugar de la Comisión tripartita que preside la vicepresidenta Salgado y que debería estar llamada a ser la cabeza visible de todas las actuaciones. Por su parte, las reformas del mercado de trabajo y de las pensiones, han quedado en manos de la Mesa para el diálogo social -es decir, de los sindicatos- y del parsimonioso Pacto de Toledo. Parecen concluidos, aunque no cerrados, los contactos del portavoz socialista, José Antonio Alonso, con los Grupos parlamentarios. Y cierran la tabla los pactos para la Educación y la Energía, proyectados hace meses como los nuevos pilares de la famosa economía sostenible.
Dicen los comentaristas monclovitas que al Partido Popular no le interesan los acuerdos «porque necesita la crisis económica como espacio de oposición». Otros, sin embargo, piensan que, por muchos aspavientos que haga, quien realmente no está por la labor es al Gobierno, que así podrá seguir manteniendo al PP contra las cuerdas echándole a la opinión pública encima. Es decir, como siempre.
Sea como fuere, muchas veces me pregunto qué pensarán más allá de nuestras fronteras cuando comprueban cómo una propuesta sobre la reforma de las pensiones es corregida a la baja en menos de seis horas. O cómo se contradicen las vicepresidentas sobre el sueldo de los funcionarios. O cómo el secretario de Estado de Economía, José Manuel Campa, viaja al corazón de los mercados financieros internacionales para intentar calmarlos y cómo a los pocos días el presidente del Gobierno y su delfín el ministro Blanco les dedican una lluvia de improperios.
También resultará difícilmente entendible cómo al tiempo que se intenta recuperar el sector de la construcción como motor del crecimiento se mantiene la idea de reducir a partir de 2011 las deducciones por la compra de vivienda, a la vez que algunas comunidades autónomas ya se han puesto a la tarea de subir el impuesto de transmisiones patrimoniales. ¿Hay quien dé más?
Así pues, ¿qué pretende con toda esta movida el presidente Rodríguez Zapatero? ¿Solucionar de verdad los problemas o buscar cómplices con los que compartir el fracaso? ¿Ir ganando tiempo hasta que la crisis escampe? La situación me recuerda aquello que se decía del viejo servicio militar: actividad sin objeto. Pero no están los tiempos precisamente para eso.