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Diego Lora Pagola es un político del PP curtido en mil batallas, casi todas ellas victoriosas (y las que no, muy bien planteadas), que goza en su partido de una larga confianza que se ha ido ganando a pulso, desde que a finales de los años setenta del pasado siglo comenzase a trabajar como gerente provincial en Gerona de lo que entonces era aún Alianza Popular. Experto conocedor del aparato del partido y de los entresijos de su funcionamiento, colaboró en las campañas electorales que llevaron a Aznar a la Presidencia de la Junta (1987) y a la Moncloa (1996) y también en las dos últimas campañas de Rajoy, coordinando los actos públicos; actualmente, como miembro del Departamento Territorial en Madrid, trabaja en la organización del congreso nacional que los populares celebrarán en Sevilla del 17 al 19 de febrero.
No pocas de las páginas de ese amplio currículo, el de un político cuya labor ha sido en los últimos años más relevante que reconocida públicamente puesto que buena parte del trabajo lo ha realizado de puertas para adentro, manejándose con soltura en las distancias cortas, las escribió a lo largo de una década y media en Ávila, a donde recuerda que llegó en el año 1986 procedente de Gerona. El comité ejecutivo provincial de Alianza Popular había dimitido en bloque, y al frente del nuevo organigrama que hubo que hacer casi de urgencia se situó Feliciano Blázquez. José María Aznar, que había sido elegido diputado nacional por Ávila en las elecciones de 1982 y 1986, solicitó la presencia en Ávila de Diego Lora y le encargó la responsabilidad de la gerencia provincial de aquel partido que casi echaba de nuevo a andar.
Recuerda Diego Lora que llegó a Ávila un «viernes de mercado» y que la ciudad, envuelta aún en aquella pátina con luces y sombras de un pasado que no acababa de irse, le asustó «un poco». Esa primera impresión, recuerda ahora, la cambió de inmediato y «para bien», una vez que «fui entrando en la ciudad y me di cuenta de que había llegado a una sociedad alucinante, abierta, muy sincera y muy acogedora». Conocía la capital abulense «tangencialmente, de haber pasado alguna ver por ella», pero cuando la vivió plenamente descubrió, además de esa «excelente gente», un «conjunto patrimonial alucinante, como no he visto en ningún otro sitio».
Su primera labor en Ávila fue «montar el partido que había quedado desarmado» y trabajar en conseguir los mejores resultados posibles en las siguientes elecciones, labor que entonces era «bastante dura» debido a que en Ávila «el CDS era el partido que lo tenía más fácil».
Realizada esa labor, con la que se consiguió que el nuevo PP se afianzase con unos pasos que poco después le llevarían a dominar todo el territorio abulense, a Diego Lora se le encomendó la tarea de «desabonar» Castilla-La Mancha, comunidad a la que dirigió sus pasos pero de la que, a consecuencia de un accidente familiar, volvió pronto hacia Ávila.
Le ofrecieron un puesto en el Ayuntamiento de Ávila en las elecciones municipales de 1991, donde durante esa legislatura, con Ángel Acebes como alcalde, ocupó el puesto de concejal responsable de Régimen Interior, Asuntos Generales y Personal, labor que compatibilizó con la de diputado provincial. Entre sus labores como edil, recuerda, le tocó lidiar con la negociación colectiva en el Ayuntamiento, un trabajo que abordó «dialogando y consensuando mucho» (quienes le tuvieron enfrente aseguraban que era un negociador «duro» pero en el que se podía confiar) y del que nació «un pacto social que se mantuvo mucho tiempo».
Siguió en el Ayuntamiento abulense en la legislatura 1995-1999, con Dolores Ruiz-Ayúcar como alcaldesa, ocupándose entonces de las mismas responsabilidades, aunque ahora con el rango de teniente de alcalde y compatibilizando ese puesto con el de senador en la VI Legislatura, cargo que también había ocupado durante los últimos meses de la V Legislatura tras sustituir a José María García Tiemblo.
ciudad moderna
Durante esos ochos años trabajando en el Ayuntamiento abulense, recuerda ahora, «Ávila dio el salto hacia delante, pasando a consolidarse como una ciudad moderna; apostamos por gente nueva, joven y con ganas para hacer una ciudad con proyección, y creo que lo hicimos bien». Con Ángel Acebes como alcalde, recuerda Diego Lora, «se consiguió la iluminación de la Muralla y se dieron los primeros pasos para hacerla accesible al público» entre otros «muchos logros»; fue aquella «una legislatura fundamental para el desarrollo de Ávila», pasos de futuro que continuaron con Dolores Ruiz-Ayúcar, alcaldesa de 1995 a 1999, años en los que Ávila también conoció el logro de sacar adelante un Plan General de Ordenación Urbana acorde al momento histórico que se vivía.
Entre las muchas anécdotas que guarda de aquellos años le vienen al recuerdo «las fiestas que organizábamos, que creo que estaban bastante bien… trajimos, entre otros grupos, a Mecano y llenamos la plaza de toros»; también rememora que «me tocó recorrer toda la Muralla con los miembros de Scotland Yard por motivos de seguridad», porque iba a venir a visitarla el entonces premier británico, John Mayor, pero al final la visita se suspendió. La Muralla centra también otra de las anécdotas que recuerda, cuando unas 10.000 personas se dieron la mano para abrazar todo el perímetro del monumento y lograr así superar un reto lanzado por un programa de televisión.
Diego Lora permaneció en Ávila hasta el año 2002, los tres últimos no ya en el Ayuntamiento de la capital sino en el de Mingorría, a donde fue enviado para hacerse con la Alcaldía (no lo consiguió aunque fue el candidato que más votos consiguió, ya que PSOE e IU pactaron para hacerse con el poder), y volvió a repetir como diputado provincial.
Su primer destino tras ese puñado de años en los que ejerció como abulense fue la sede del PP en Génova, donde trabajó como coordinador territorial. Desde allí se dirigieron luego sus pasos a Segovia, ciudad en la que volvió a mostrar sus tablas como "recomponedor" del partido, tarea en la que trabajó al lado de Javier Encinas, ex gobernador civil y ex delegado del Gobierno en Ávila.
Su buen hacer, que los "adversarios políticos" han definido como la tarea de un "apagafuegos" o la de un "pacificador" («también hay quien me dice que soy un perro viejo», apunta con ironía), le llevó luego a Castilla-La Mancha (como coordinador) y a la Regional de Madrid. Dos retos interesantes en su trabajo fueron los destinos en Navarra, donde fue enviado para crear el PP tras la ruptura del partido con UPN después de muchos años unidos, lo que obligó a partir de cero; y Asturias, donde tuvo que ir a «templar gaitas» como coordinador, tras la ruptura de Álvarez Cascos, otrora vicepresidente del Gobierno, con el partido al que siempre había pertenecido.
Allí donde surgían problemas en el seno del PP o en sus alrededores era enviado Diego Lora, discreto, experimentado y eficaz, para ayudar a que las aguas volviesen a su cauce, auxiliado por una experiencia propia y una confianza ganada a pulso que siempre le ha hecho enfrentarse a las situaciones difíciles más como ante un reto frente al que superarse que como ante un problema al que temer.
Diego Lora aún recuerda con cariño, y quizás un punto de nostalgia, sus 18 años en Ávila, una ciudad en la que presume de «haber dejado muchos amigos, a algunos de los cuales aún sigo viendo de vez en cuando», y en la que trabajó «muy cómodo», ayudado siempre por «una oposición con la que nos llevábamos bien y con la que había mucho diálogo»; y permitiéndose una broma explica que en aquellos años «se trabajaba con otros valores, con un talante real, poniendo de verdad los intereses de Ávila por encima de los colores políticos».
Aunque él no quiera presumir de ello, está claro que Diego Lora sabe mucho, de su partido y de los "adversarios", y por eso en algunos sentidos vale más por lo que calla que por lo que dice, una peculiaridad que comparte con los practicantes del oficio del periodismo, profesión con la que siempre ha mantenido una buena relación y en la que cuenta con buenos amigos.
Si alguno de los muchos días que sigue viniendo por Ávila se "pierde" por la ciudad quizás habría que ir a buscarlo al lienzo sur de la muralla, su «rincón favorito» de la capital, ese secular recorrido en el que «la Muralla - describe admirado- se incrusta en la piedra para ofrecer un espectáculo increíble, magnífico».