Este jueves, el cardenal Antonio Cañizares se convertirá en el primer doctor Honoris Causa de la Universidad Católica de Ávila, una institución que él impulsó y que siempre será su casa.
¿Qué supone para usted su nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica de Ávila?
Sobre todo supone para mí un profundo agradecimiento a las autoridades de esta queridísima universidad por este gesto que, con toda sencillez y verdad tengo que decir, es señal de la gran magnanimidad de sus promotores. En su momento, hice lo que tenía que hacer en mi responsabilidad de obispo de Ávila; y, hoy, al recibir este doctorado, se aviva en mí una nueva responsabilidad y un nuevo deber para con esta universidad, que pusimos bajo el patrocinio de Santa Teresa de Jesús, Doctora universal de la Iglesia, la gran santa de Ávila.
Usted será el primer Doctor Honoris Causa de la UCAV y usted fue el impulsor de la universidad. ¿Cree que, de algún modo, con su nombramiento se cierra un círculo?
No creo que se cierre ningún círculo, al menos para mí. Ahora perteneceré a la universidad, desde dentro, como uno de sus doctores. Y estaré al servicio de ello y disponible para cuanto me pidan sus responsables. Haré todo lo que sea necesario por ella. Seguiré rezando intensamente por esta joven universidad, que, puesta en manos de Santa Teresa, de alguna manera «fundación teresiana», llevará a cabo también un magisterio Universal, como el de la Santa, y en la misma dirección que de la Santa aprendimos.
¿Qué valoración hace de la evolución de la UCAV, una institución académica tan vinculada a su figura?
No me corresponde a mí hacer una valoración de la universidad; sus responsables, me consta, son los que están llevando a cabo permanentemente esta valoración y seguimiento. Lo que sí puedo asegurarle es que, desde el momento de su gestación, se pensó en una universidad pequeña con clara identidad católica y de calidad educativa, y en ese camino siguen trabajando quienes forman esta universidad con empeño, ilusión, ánimo renovado cada día, con gran esperanza y, ¿por qué no decirlo?, con una confianza admirable puesta en Dios, que es quien realiza nuestras empresas. Y la inestimable ayuda de Santa Teresa, porque cuando una obra se pone en sus manos sale adelante, ¡eso sí, con sacrificio!, y está bien fundado. Por lo que a mí respecta, fui sólo un instrumento para llevar a cabo lo que Dios quería, y encontré una colaboración y un apoyo grandísimo, espléndido, firme y decidido en algunas personas, sin las que la universidad nunca hubiera nacido ni hubiese sido posible: por todos ellos siento un profundo afecto, una gran admiración y un agradecimiento sin límite.
¿Qué le une a la ciudad de Ávila? ¿Qué siente cuando regresa aquí?
A la ciudad y a la diócesis de Ávila le debo gran parte de lo que soy. Está en lo más personal de mi vida; me puede creer, no soy lo que soy sin Ávila. Dios me trajo aquí para ser obispo; me hizo Pastor y Apóstol de la Iglesia, me llevó, guiado de santa Teresa, de sus santos abulenses, y de las buena y recias gentes abulenses arraigadas en su cristiana, a percibir muy hondamente que sólo Dios es necesario, que sin Él el hombre perece, que sólo Él basta, y hacer de mi vida enteramente, con todas mis fragilidades, deficiencias y pecados, una dedicación al anuncio del Evangelio, que es fuerza de Dios, Dios mismo.
Pocos días después de hacerse mi nombramiento como obispo de Ávila, alguien muy relevante en la Iglesia me dijo: «Va usted a ser obispo, obispo de Ávila; de Santa Teresa y san Juan de la Cruz, debe aprender a ser obispo, hoy, y, como ellos, ha de buscar ante todo y sobre todo a Dios, no anteponer nada a Él, y entregar a Dios a los hombres: ahí tendrá el norte y el fundamento de su vida y de su obra de pastor; en definitiva, como el mismo Jesús que por encima de cualquier otra cosa, nos trajo a Dios, que es Amor, al que los hombres necesitan para vivir; éste va a ser, éste está siendo el gran desafío de nuestro tiempo».
Cuando regreso aquí, a mi querida Ávila, siento estremecimiento, como el primer día, emoción, gozo, esperanza, deseo de ser más de Dios y ser su servidor y un testigo fiel y sencillo suyo que hable de Él a los hombres con palabras verdaderas para que encuentren este único tesoro, Dios, por el que merece la pena darlo todo, porque es Él mismo quien lo llena todo y se da para que gocemos de su amor y de su inmensa misericordia. Por supuesto, cuando regreso a este lugar, tan entrañable, siento la alegría de venir de nuevo a mi casa, me encuentro con mi familia que son todos los abulenses, se recrean muchos y buenos recuerdos, tantas personas y situaciones inolvidables…, y crece mi amor y mi cercanía hacia esta diócesis, a la que le debo tantísimo por muchos y grandes motivos.
La ciudad vivirá un año muy especial en 2015, cuando se conmemore el V Centenario del Nacimiento de nuestra figura más universal, Santa Teresa de Jesús. ¿Qué le sugiere esta efemérides?
Todo cuanto Santa Teresa es; agradecimiento a Dios por esta santa, cima de santidad, y, por ello mismo, cima y cumbre muy alta de humanidad, de la verdad del hombre y de una humanidad nueva hecho de hombre nuevos. Sugiere y aviva la necesidad que tenemos hoy de una renovación honda de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. Me sugiere, sencillamente, DIOS, a quien conocemos por su Hijo «muy humanado y llagado», el único que salva, el único en quien encontramos la esperanza grande para caminar hacia el futuro que nos aguarda; me sugiere todo lo que significó y significa para España, para la Iglesia en todo el mundo, en aquel momento y en el nuestro. Ese quinto Centenario debiera ser un gran acontecimiento para Ávila, por supuesto, también para España, para la Iglesia: es tanto santa Teresa, le debemos tanto, podemos y debemos aprender tanto de su magisterio universal, de la senda que ella siguió, siempre como «fiel hija de la Iglesia». Me imagino que ya se estará preparando algo importante para esa efemérides.
¿Qué destacaría de la labor que lleva a cabo en el Vaticano?
Mi labor en Roma es colaborar con el Papa para que se lleve a cabo la renovación litúrgica que ha indicado el Vaticano II en la Constitución sobre la sagrada Liturgia, secundar sus indicaciones, impulsar un fuerte de formación litúrgica para que las celebraciones sean lo que deben ser, y para que todos -sacerdotes y fieles- vivamos intensamente cada una de las celebraciones y vivamos de ellas, sean nuestra vida y se manifiesten en la vida diaria cuanto se significa y acontece en la celebración.
Mi intención al frente de esta Congregación es la del Papa: promover un «cristianismo teologal», contribuir, desde el cometido propio del servicio a la Liturgia, a lo que es prioritario: hacer a Dios presente en este mundo y abrir a los hombres el camino hacia Dios y con Él. Lo que hago al frente de esta Congregación desearía, ése es mi deber, contribuir claramente a que el mundo y los hombres reconozcan a Dios y le adoren: ahí está el futuro, que todo en la Iglesia seamos verdaderamente adoradores de Dios y le tengamos a Él en el centro de nuestra vidas, que reconozcamos que Dios es Dios; ése es el cometido de mi trabajo: reavivar el sentido del culto verdadero y de la Liturgia, por la que se reconoce que Él es el centro, origen, guía y meta de todo y de todos, que es en la liturgia donde Dios actúa y nos hace partícipes de su vida, de su amor, de su misericordia, de su salvación, nos transforma y nos identifica con Él. Ayudar a que la eucaristía sea en verdad fuente y culmen de toda la vida cristiana, que vivamos la eucaristía y vivamos de ella. Si esto sucede cambiará el mundo.